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Covid

Un contagio, un hospital y la enfermedad vivida sin privilegios.

Columna del 28 de marzo de 2021, escrita tras un contagio propio. Es el texto más personal que ha salido en estas páginas y el que menos se parece a todo lo demás.

La primera parte

Empieza con el desconcierto: no saber cómo ni por qué llegó el contagio, y la sensación de un golpe repentino que el texto compara con una imagen de canción. Describe los primeros síntomas, la incertidumbre de los días en que aún no se sabe hacia dónde irá la enfermedad y la decisión de atenderse por el circuito ordinario, sin acceso preferente.

Esa decisión es la que organiza la crónica. Lo que el texto narra no es una enfermedad sino una sala de espera.

Lo que ve desde dentro

El registro de esa espera es la parte más citada. Personas que llevaban horas sentadas, familias sin información sobre pacientes ingresados, personal sanitario trabajando muy por encima de su turno, y la aritmética elemental de las camas disponibles frente a las que hacían falta.

El argumento que extrae es que el sistema colombiano no falló durante la pandemia por falta de trabajo del personal sino por diseño: un modelo intermediado en el que la autorización precede a la atención, y en el que la primera pregunta que recibe un enfermo no es qué le duele.

El tramo italiano

Una sección del texto se traslada a Italia y recorre lo ocurrido en la primera ola en los hospitales de Florencia —Santa Maria Nuova, Santa Maria Annunziata— y las decisiones de triaje que allí se tomaron cuando los respiradores no alcanzaron para todos. Menciona a médicos y pacientes por su nombre, entre ellos Luigi Giusti y Mario Masini.

La comparación no es halagüeña para ninguno de los dos países, pero sirve al texto para distinguir dos clases de escasez: la que llega de golpe y desborda un sistema que existía, y la que estaba antes de la pandemia y solo se hizo visible con ella.

El cierre

La última parte enlaza la experiencia con la discusión política que recorren otras piezas: la propuesta de un sistema público único, la eliminación de la intermediación y la idea de que el derecho a la salud se mide en el tiempo que transcurre entre el síntoma y la atención.

Se cita también un verso de Miguel Hernández, que da el tono del cierre.