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Fraude

De los narcocasetes a una conclusión que se citó durante años: «Duque no es el presidente legítimo de Colombia».

El 5 de julio de 2020, esta columna leyó en clave electoral las interceptaciones al «Ñeñe» Hernández. Lo que se citó de ella durante los años siguientes no fue su análisis del fraude sino la frase con que cierra.

El punto de partida

Las interceptaciones al celular de alias «Ñeñe» Hernández, captadas por la Fiscalía en una investigación por homicidio y filtradas a la prensa esa temporada, muestran —según la lectura del texto— una operación sistemática de compra masiva de votos con dinero del narcotráfico en beneficio de la campaña de Iván Duque.

La columna las llama «los nuevos narcocasetes», por analogía con el escándalo de 1994 que marcó la elección de Ernesto Samper.

La aritmética

La parte analítica reconstruye a quién iba dirigida la operación. El argumento es que no fue indiscriminada sino quirúrgica: los siete departamentos del Caribe, donde el resultado de primera vuelta había favorecido a la candidatura de izquierda, y las zonas de Santander y Antioquia donde había votado Sergio Fajardo.

La tesis es explícita y cuantificada: comprando en torno a un millón de votos entre electores propensos al cambio, el resultado de la segunda vuelta se invertía. No hacía falta convencer a nadie, solo poner al elector pobre a escoger entre una expectativa a cuatro años y un pago inmediato.

El giro: de la denuncia al argumento

La segunda mitad abandona el terreno electoral y plantea la cuestión en términos de qué clase de nación resulta de un origen así. Sostiene que una nación no puede pensarse como surgida del delito, porque una comunidad política solo nace del acuerdo libre de sus ciudadanos y del voto transparente.

Aquí aparece la analogía que estructura el texto y que le dio su fuerza retórica: el método ya no es comprar a la persona, como en la esclavitud cuya abolición costó una guerra civil a la república que fundó Bolívar, sino comprar su voto, es decir, su derecho a elegir. La conclusión es la misma en los dos casos —no hay libertad cuando el voto está constreñido por dinero sucio— y la continuidad territorial y racial entre una cosa y otra no es casual.

Cita a Jorge Eliécer Gaitán y su descripción del electorado como un rebaño de «siervos anónimos», formulada setenta y dos años antes, para sostener que el desprecio por el elector es una constante y no una desviación.

La conclusión que se citó

El texto termina con dos afirmaciones que son la razón por la que decenas de medios enlazaron a esta página.

La primera es un llamamiento a la conciencia ciudadana: no dejarse comprar el voto jamás, porque por ese camino se elige a los propios victimarios; y hacer renacer la Constitución de 1991 para que los dueños del país no sean asociaciones para delinquir.

La segunda es la frase que abrió un ciclo político entero: «Duque no es el presidente legítimo de Colombia», y por eso el llamamiento a la ciudadanía para cambiar el rumbo del país.

Cómo se leyó

Buena parte de la cobertura la interpretó como un desconocimiento del gobierno y un llamado a la desobediencia civil, y así se tituló en varios medios. Otros verificadores matizaron que el texto no llama a desconocer las instituciones sino que impugna el origen del mandato, distinción que el propio texto sostiene.

Esa discusión —si impugnar la legitimidad de origen equivale a desconocer al gobierno— ocupó la política colombiana durante el resto del cuatrienio, y una columna publicada seis días después en este mismo medio la retomó de frente.

Fuentes