viernes, junio 21

Políticos que le temen a la política, pero cobran por hacerla

El triunfo del doctor Múnera Ruíz es el reconocimiento a una vida de trabajo por la Universidad Nacional y la mayor promesa de cambio para la universidad pública en décadas.

Para tener un circo no se precisa de una carpa o de unos cuantos disfraces. Quien esté interesado en montar uno puede hacerlo en un parque, en un andén y hasta en un templo. Hace unas semanas dos legisladores se propusieron montar el suyo en el recinto de la comisión cuarta de la Cámara de Representantes, prevalidos de la buena ubicación y amplia cobertura del Congreso. Aprovechando un debate de control político al que estaba citado el director de la Unidad de Gestión de Riesgos, Carlos Carrillo, los representantes Duvalier Sánchez y Catherine Juvinao pusieron en práctica una técnica que, aunque frecuente en el ejercicio parlamentario, requiere de una destreza de la que al parecer carecen: decidieron aleccionar, con tono y mueca de maestros de preescolar, al funcionario citado, olvidando que este se ha enfrentado a contendientes mayores –en edad, en cargo y en capacidad– y que en todo caso lleva más tiempo en política que ellos, y salió muy mal, como verán a continuación. 

Con gran habilidad el director Carrillo repelió la estrategia de los honorables representantes, para luego cuestionar sus intenciones y confrontarlos por su conducta precedente, en particular dado su cambio de ánimo respecto del gobierno por el que hicieron campaña en las elecciones. Advertida la mala factura de su plan, los parlamentarios pasaron a una nueva fase, estridente por demás, con la que buscaron acallar al citado e incluso a la presidente de la Comisión. 

Mientras el director Carrillo exponía su postura, los representantes Sánchez y Juvinao iban y venían, miraban el celular, conversaban con el vecino o, como lo manifestó el citado, “seguramente andaba dando entrevistas o haciendo un TikTok”. Cuando el doctor Sánchez volvió al recinto y le fue concedida la palabra se avocó a una defensa de su ‘compañera’, la representante ‘Cathy’ Juvinao, dejando en el olvido los asuntos por los cuales minutos antes se preciaba de haber traído a discusión en calidad de “citante principal”. 

Pero lo peor vino después: sin motivo aparente, el representante Sánchez golpeó la mesa y gritó con rostro contrariado y puño cerrado que el director Carrillo “no tenía vergüenza”. Eso sí, ninguna vergüenza o contrición mostró el parlamentario por haber abandonado el debate que había convocado. Luego de explicar sus necesidades fisiológicas inaplazables, Sánchez espetó, con gallo incluido, un “cállese” dirigido a Carrillo, funcionario llamado a la Comisión a responder. Lo más divertido de este espectáculo –a cargo de dos exponentes de la política de buenas maneras– es que justo antes de mandarlo a callar, el “citante principal” le pedía a Carrillo que “responda [y] sea claro”. ¿Acaso el representante creía que en un debate de control político él hablaba y el citado se sentaba a aguantar? ¿Pensaba que el citado solo podía contestar con sí o no? 

Terminó el representante Sánchez con una constatación del absurdo: luego de perder el juicio y callar al funcionario que atendió su llamado al debate, expresó que “esto es serio” y con voz lacrimosa se refirió al director por su nombre de pila, cosa que no había hecho antes, y empezó a tratarlo de “tú”, como un buen maltratador que en lugar de asumir su responsabilidad pretende encubrirla con caricias. 

Después siguió la representante Juvinao, quien venía de atender otras ocupaciones tan inaplazables como el baño de Duvalier y llegó bien acompañada por su funcionaria de prensa equipada con cámara y situada en buen ángulo. Juvinao reprimió al citado por exhibir “una actitud” que “no es la de un funcionario de este nivel” y remató con que “ni siquiera en las formas” ha podido el gobierno “dar ejemplo”. Concluida la clase de moralidad, y como si se hubiese desdoblado en otro personaje, la doctora Juvinao gritó a la presidente de la Comisión –mujer como ella, ¿no es violencia política de género?– para que “hiciera sentir su autoridad” porque el citado la estaba escuchando con atención y reaccionaba a lo dicho por ella. ¿Pretendía la representante Juvinao que la presidente enviara al citado a un rincón del salón? ¿O prefería la doctora que le cubrieran el rostro a Carrillo con una bolsa de papel, por aquello de hacer “sentir su autoridad”?

Creímos que todo estaba perdido hasta que llegó el turno de Carrillo para contestar y lo hizo, como acostumbra, con maestría. Desenmascaró a los dos parlamentarios de marras, dejó en evidencia sus intenciones y los confrontó por sus contradicciones: si tanto les disgusta el gobierno que su colectividad respalda, ¿por qué no se salen del partido? La respuesta se suele perder entre las formas y buenas maneras en las que los mentados legisladores son expertos, pero es bastante sencilla: porque pierden la curul y de paso el sueldo. 

Pasando a un tema más grato, nos place llamar al doctor Leopoldo Múnera Ruiz rector de la Universidad Nacional de Colombia. Quienes hemos tenido oportunidad de conocerlo sabemos que es el fruto de una familia pensante, trabajadora y ante todo honrada. Por coincidencias de la vida Germán conoció a buena parte de su familia y dado lo anterior puede afirmar, sin temor a equivocarse, que son un ejemplo para Colombia. Aplausos para Alberto Múnera, su padre, y para toda la familia. Nuestros mejores deseos para el rector Múnera Ruiz. 

Fe de erratas: en columna anterior incurrimos en un yerro mayúsculo: conjugamos mal el verbo hallar y lo confundimos por haber. En lugar de “hayamos” queríamos decir “hallamos”. Se nos pasó a los autores y al editor –como le puede ocurrir a cualquiera– y por ello nos disculpamos. 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *