En qué irá la reforma a la salud

 

Por: Germán Navas Talero y Pablo Ceballos Navas

Procuremos siempre alegrarnos con la risa del vecino y con la suerte de este. Lo mejor que nos puede pasar es que a nuestros cercanos les vaya bien. La envidia es el más repudiable de los pecados capitales.

A estas alturas de la vida el pobre enfermo no sabe quién se hará cargo de sus achaques una vez se apruebe la reforma a la salud. Lo que algunos economistas dicen y con razones de peso –y de a peso– es que no se justifica que, teniendo la clientela y el capital, haya que pagar un jurgo de plata a un intermediario para que haga lo que bien podría hacer el que pone la mayor parte de los dineros, a saber, el Estado. Estos intermediarios manejan, sin especiales deberes ni responsabilidades, todos los recursos provenientes de los aportes de los trabajadores y de los auxilios estatales y aun así tienen un rosario de excusas para no prestar los servicios que están obligados a conceder. ¿Se justifica pagarle a un tercero para que se enriquezca con dinero que no sobra? Lo cierto es que a diferencia de los particulares, al Estado no lo mueve un ánimo de lucro y tampoco requiere ni busca establecer un negocio con los usuarios del sistema. Creemos que esta es una buena oportunidad para discutir sobre la eficiencia en el uso de los limitados recursos con que cuenta el Estado para atender las necesidades de salud de su población.

–Por otro lado– Nos avecinamos a las elecciones de mandatarios regionales y locales, como también de concejos municipales y juntas administradoras locales. Ya se hacen toda clase de promesas; se ven lágrimas de arrepentimiento; dichos como “yo sí voy a hacer lo que mi antecesor no fue capaz”, o viceversa. Prometen que los servicios públicos serán “realmente públicos”; que el transporte público resolverá la inmovilidad en las grandes ciudades; que las vías que llevan 50 años en construcción por fin se entregarán, o que el consabido Metro de Bogotá verá la luz al final del túnel. Tonto aquel que les crea, ya vimos como Claudia y Enrique prometieron de todo y de nada, y hay más nada que todo, eso sí, tenemos la foto de un vagón de metro aun cuando no tenemos rieles para hacerlo andar.

Y ni qué decir de las carreteras nacionales, cuyos diseños parecen ser los que hizo el presidente Mosquera hace más de un siglo y que han quedado en bonitos dibujos o, en el peor de los casos, en mediocres construcciones que amenazan ruina cada tanto. Desde su génesis ha habido derroche, corrupción y descuido generalizado, como ejemplo conocido por muchos véase la autopista Bogotá-Girardot. Viajar por esta y por otras “autopistas” a más que un riesgo es una tortura, no solo por su condición sino también por los límites de velocidad arbitrarios, carentes de sustento técnico o sentido común, que obligan a recorrer el país a paso de tortuga, en evidente distinción de los países del norte donde la media alcanza las 60 millas por hora. La autorización del Estado colombiano a sus ciudadanos para movilizarse –o inmovilizarse– vino, como es costumbre, con una prohibición.

–Cambiando de tema– Llama nuestra atención la advertencia que se le hace a Gustavo Bolívar respecto de a quién le corresponde investigarlo penalmente, ni más ni menos que a la Fiscalía politizada de Barbosa. Lo cierto es que Bolívar ha obrado con total rectitud y sus actuaciones pueden ser examinadas en tanto diáfanas, por lo que no queda sino pensar que en el búnker están preparándose para inventar cargos en su contra. Recordemos que Gustavo Bolívar se perfila como candidato a la Alcaldía de Bogotá y es uno de los más opcionados para ganar. Por estos días el nombrado candidato hablaba de una ciudad de quince minutos, vanguardia en el mundo y que se separa diametralmente de la crisis que promovieron como “proyecto de ciudad” los alcaldes Mockus, Peñalosa y Claudia López.

Hay gente que ataca a Gustavo Bolívar –sin ninguna prueba– y le acusa de estar ‘de paseo’ en París, aun cuando han sido públicas las reuniones que el exsenador ha mantenido con la alcaldesa de la ciudad de la luz y con académicos residentes en esa ciudad. Esto denota ignorancia, pero sobre todo envidia. No olvidemos que los pecados capitales son la soberbia, la avaricia, la lujuria, la ira, la gula, la pereza y la envidia. El de más común ocurrencia en nuestro país es el último, pues acá no se sufre de dolor sino de saber que otros no lo padecen. En pequeñas reuniones se percibe que lo primero que acostumbra a hacer el colombiano es observar a su contertulio a fin de anotar sus defectos y estar preparado para aprovecharse de ellos. Casualmente escuchábamos a una pareja comentando la suerte de un amigo de ellos que se ganó un seco de lotería y decían que era “una desgracia” que se la hubiese ganado pues “no se la merecía”. Como si el albur dependiera del merecimiento. Nuestra reacción de asombro se acompañó con algo de repugnancia. Si podemos decir algo a este respecto diríamos que es imperativo alegrarse del bien ajeno.

Adenda: Esta semana nos enteramos por parte de nuestro periodista colaborador, Francisco Cristancho R., de un par de personas cercanas que adelantaban los trámites para su pensión. La primera de ellas lleva alrededor de año y medio tratando de que su fondo responda de forma justa; la segunda, radicó sus documentos a finales de 2022, y Colpensiones ya le entregó su resolución. ¡Punto para Colpensiones!

Y para terminar: Muy interesante el concepto que da el expresidente Ernesto Samper Pizano en la coletilla que acompaña esta columna, que versa sobre las intervenciones del presidente Petro en el Foro Económico Mundial. Recomendamos su lectura a continuación.

Coletilla a cargo del ex-presidente de la República, Ernesto Samper Pizano: “El presidente Petro habló en Davos, que es como el refugio de los dinosaurios capitalistas, y habló bien y duro. Se refirió a la necesidad de cambiar de modelo de desarrollo: el modelo neoliberal entre el año 2016 y 2021 no solamente bajó a la mitad en las cifras de crecimiento respecto de la década anterior sino que además generó el doble de pobreza, así que si no sirve el modelo habrá de cambiarse. Por un modelo más solidario, ambientalmente más sostenible –como propuso el presidente– pero ante todo más productivo, pues la producción no es monopolio de un modelo económico. Se requiere enfocarse en el tema del valor para mejorar las condiciones de producción y fueron este y otros temas los que con el ministro de hacienda, José Antonio Ocampo, llevó el presidente a esta cueva de estalactitas en Suiza.”

Hasta la próxima semana, apreciados lectores