Si le dicen Bolsonaro, oféndase

 

Por: Germán Navas Talero y Pablo Ceballos Navas

La política colombiana es tan poco seria que sus capítulos cotidianos podrían transmitirse como telenovela para entretención de los televidentes.

Cuando uno escucha las intervenciones de algunos políticos no logra descifrar si están hablando en serio o echando un chiste.

La mayoría de los cuentos infantiles que tuvimos oportunidad de conocer comenzaban con la frase “había una vez” y a renglón seguido se despachaba el autor con la fantasía. Ahora ese “había una vez” podría aplicarse a unas de esas polinovelas –o sea, novelas políticas– que mantienen en ascuas a la opinión pública y que en esta ocasión podría titularse: Las peripecias de Polo Polo. Polo no solo es un modelo de la Volkswagen, también es el nombre de un partido político, así como la denominación de los extremos norte o sur de la Tierra. El personaje principal de este episodio, Miguel Polo Polo, parece sacado de un cuento de mentiras y decimos eso porque él anda de mentira en mentira. El joven que desempeña el cargo de rascador oficial de la senadora Cabal fue elegido como representante a la Cámara por la circunscripción afro, pero resulta que unos años atrás reclamó un beneficio estatal identificándose como indígena. ¿Cuándo mintió? ¿La primera o la segunda vez?

Lo cierto es que su polinovela tiene atentas a no pocas personas, pues demandado como lo está ante el Consejo de Estado las apuestas están divididas respecto de su permanencia. Todos los días se conocen “primicias” de que se va, horas después, que se queda y así transcurre la semana. Un sector importante de la opinión pública considera que Polo Polo es indigno de la representación que ostenta en razón de las mentiras que empleó para alcanzarla. Por lo mentiroso, por lo hablapaja y por minisaurio –o sea, lagarto joven– a nosotros sí nos incomoda. Mientras escribimos esta columna desconocemos si el alto tribunal lo desvestirá o le dejará su investidura. Como esto parece un drama político de suspenso, les dejamos aquí el interrogante.

Mirando otro aspecto de la política nacional, también de suspenso, está la anunciada salida de Rodolfo Hernández del Senado. Si se va, dejará solitos a los tibios, que ya sabemos quiénes son: aquellos que en el momento de tomar una definición resuelven irse por la opción que menos los comprometa. No damos nombres propios porque ustedes ya los conocen. Rodolfo les mamó gallo y despreció la curul que le correspondía como segundo en votación porque definitivamente no le gustó ser senador –no confundir con cenador, porque sabemos que eso de cenar, con c, le encanta. Se dice que tiene buen apetito y adora el mute y la pepitoria–. Lo cierto es que no sabemos cuántas veces ha renunciado ya y cuántas se ha arrepentido. Mientras Polo Polo se aferra a su curul en la Cámara, Hernández sale del Senado dando un portazo. A ambos les vendría bien tener un poco de seriedad y honrar sus compromisos con el país.

Consideramos al presidente Petro por tener que aguantar a una oposición compuesta por individuos de esta clase –y eso que no nos hemos referido a la señora Cabal–. Los otrora seguidores de Rodolfo afirman que su imagen se desgastó y nosotros estamos de acuerdo, se desgastó como llanta vieja y se chispoteó. Todo parece que ni Polo Polo ni Rodolfo tienen personalidades sellomáticas o anti-pinchazos.

Aplaudimos y pateamos el piso con la noticia de la aprobación en segundo debate del proyecto de ley que busca despenalizar totalmente el consumo de la maria juana, –perdón, de la marihuana– porque consideramos que puede hacer más daño el whisky que se sirve a diario en los cocteles, o el vodka, para el guayabo dominical, que un cacho ocasional. Si es pecado fumar, entonces que quienes lo hacen respondan por ello en el cielo o en el infierno, pues no le compete cobrárselos al gobierno de la tierra. Dentro de los pecados capitales están la avaricia, la gula y la pereza –entre otros–, pero en ninguno está comprendida la marihuana o el whiskycito. Los cristianos dicen que todo lo que no es pecado está permitido, así que, respetados creyentes… ¡a tomar y a fumar!

Unos conocidos nuestros que no saben gran cosa de economía están preocupados por el tema de la inflación que asusta a todo el mundo por estos días. Hubimos de aclararles que esa inflación no es la misma resultante del embarazo, sino que son dos cosas distintas; porque si la inflación de los economistas se pudiera controlar, como la de las damas, la solución sería ponerle condón o darle anticonceptivos al mercado y así nos evitábamos estas circunstancias que se anuncian tan complejas.

Y como de dramas de suspenso venimos tratando, hay una novela de la que todos los colombianos esperan el siguiente capítulo. No se trata de Betty la fea, esa sabemos cómo termina, nos preocupa la que bien podría llamarse Álvaro el feo, que versa sobre el proceso que se cursa contra el ex-pre por la feria de testigos y las vainas que se inventaron para defraudar a la justicia. De este dramatizado a la audiencia le ha disgustado la repetición de algunos capítulos y afirman que los que están dando por estos días ya los habían visto hace unos meses, cuando el coprotagonista era otro mandadero del fiscal general y no el que está ahora. Como todo es susceptible del albur, hay quienes han apostado desde ya al éxito de la segunda solicitud de preclusión, mientras que otros de tercos han hecho lo contrario. Eso sí, la decisión se anticipa más demorada que la radionovela Derecho de nacer (de Félix B. Caignet). En esta oportunidad, el director podría titularla El derecho de mentir.

Diccionario de sinónimos: nos pusimos a averiguar qué es un Bolsonaro en el lenguaje común y concluimos que un Bolsonaro es lo mismo que un cojonudo para un español, un boludo para un argentino o un huevón para un colombiano. Así pues, si alguien lo llama Bolsonaro ya entendió qué le están queriendo decir.

Coletilla a cargo del ex-presidente de la República, Ernesto Samper Pizano Nuestro habitual colaborador nos envía su opinión de actualidad: “Las elecciones en Brasil están al rojo vivo, aunque no cabe duda según todas las encuestas que, por fortuna para Brasil, va a triunfar Lula, nos deja el sabor amargo pensar que en más de un 40 por ciento de los brasileños, que puede ser casi 100 millones de personas –en total, no de votantes–, como los 76 millones que tiene Trump, siguen a dos personas tan locas, tan tenebrosas y que podrían hacerle tanto daño a sus países como sería el caso de Brasil y de Estados Unidos. Definitivamente el mundo no está sano, no sé si será el resultado del COVID o el miedo a la amenaza nuclear o cambios indescifrables producto del cambio climático, pero estamos en una especie de apocalipsis en cámara lenta.”

Hasta la próxima semana.