Con tal de salir en televisión violaron la Constitución

 

Por: Germán Navas Talero y Pablo Ceballos Navas

Es curioso que quien más viola la ley es precisamente el que la fabrica.

En un país de leguleyos parece que lo que menos importa es el Derecho. La última embarrada del Congreso duquista, con la virginal mirada de los partidos mayoritarios, consistió en que los señores Juan Diego Gómez –descendiente de La Ballena– y Jennifer Arias –mejor conocida como ‘la copietas’– resolvieron prorrogarse su periodo como congresistas y, tras 12 horas de legalmente dejar de serlo, presidieron la instalación de las nuevas cámaras, e incluso, posesionaron a los nuevos legisladores. Resulta que tanto Arias como Gómez no fueron elegidos en los comicios de marzo y por tanto, a las 23:59 horas del día 19 de julio, terminó su periodo como congresistas de la República, con lo cual no podían ejercer como tales y mucho menos integrar las mesas directivas de la corporación. Dicho de otra forma, tenía el mismo derecho de presidir el inicio del periodo de sesiones legislativas el señor que vende obleas en la Décima con Quinta. Solo faltó que la señora que vende helados en una de las esquinas de la Plaza de Bolívar convocara al presidente de la República para que diera posesión al nuevo Congreso.

El verdadero problema no está en que ellos tejieran esa filigrana jurídica, sino en que los partidos mayoritarios –y a partir del 7 de agosto, bancada de gobierno– no hubiesen dicho ni pío y permitieran que dos personas sin ninguna legitimidad los invistieran y les tomaran juramento. Para la posteridad: quienes presiden la sesión inaugural deben ser congresistas de la mesa directiva de la legislatura anterior y si no hay uno en ejercicio, la ley prevé que por orden alfabético se designara a la persona que debe adelantar esta ceremonia, por ejemplo, los señores Albán o Acosta. Curiosamente hubo una persona dentro del Congreso que sin ser abogado lo advirtió, el representante Juan Carlos Losada (@JuanKarloslos), quien solicitó una moción de orden en el Elíptico y señaló la irregularidad que había tomado lugar allí y sus posibles implicaciones.

Todo indica que algunos legisladores tenían afán de repartir la torta grande y de sacar a los porrazos a Jorge Mantilla, excelente Secretario General de la Cámara, para en su lugar meter a un caribeño de apellido Lacouture, ficha de los godos y particularmente del senador Trujillo. Estaban tan urgidos que olvidaron aceptarle la renuncia al señor Lacouture, quien hasta hacia unas horas se desempeñaba como magistrado del tribunal electoral, pero ello no impidió concretar la marrulla, solo les tomó unas horas más. Dicen los entendidos en la materia que las inhabilidades e incompatibilidades de los magistrados del Consejo Nacional Electoral son las mismas que las de los magistrados de las altas cortes, de ser esto así, el señor Lacouture estaría inhabilitado para ocupar el cargo de secretario general de la corporación a cuyos miembros investigó y en algunos casos calificó como consejero electoral.

Obvio es que esto les tiene sin cuidado, pues si hay unos seres ignorantes de la ley son quienes la fabrican. A uno le da risa escuchar, cada vez que la Corte Constitucional les tumba una ley, a uno que otro parlamentario diciendo que el alto tribunal está usurpando su función y excediendo las que le son propias. Lo que no ven ni entienden es que como son tan brutos y legislan mal, la Corte se ve obligada a corregirles las planas y a dictar sentencias de exequibilidad condicionada mientras los geniales congresistas son capaces de hacerlo bien y en derecho.

Durante la ceremonia de instalación del nuevo Congreso, el chino Iván –no el terrible ni el magnífico sino el presidente en la sombra– hizo otra jugadita de esas de pésima educación que acostumbran quienes integran su partido. Al terminar su discurso y ad portas de comenzar la réplica de la oposición, abandonó el recinto de la Cámara y entregó vía decreto sus orejas al mincalzoncillos Daniel Palacios, para que fuera él quien escuchara los justos reclamos de este sector político que a partir del 7 de agosto conformará el nuevo gobierno. Si esta sesión la hubiese liderado el eterno candidato Gabriel Antonio Goyeneche o la loca Margarita o el bobo del tranvía, seguro que lo habrían hecho mucho mejor que quienes intervinieron el pasado 20 de julio. Algunos chismosos afirman que el afán de Duque por regresar a la Casa de Nariño se debía a un interés por ver cuáles cajas y cubiertos podía llevarse como souvenirs y qué contratos quedaban para dar a sus amigos antes de que Petro asuma el 7 de agosto.

Por estos días se comentaba que Duque se daría un último viajecito, no sabemos a dónde diablos, antes de entregar la aeronave al nuevo presidente. Supimos que como buen fresco que es hará lo del amigo a quien le prestan el carro y lo regresa con cero de gasolina. También nos enteramos de que quien más ha sentido el retiro de Iván es su hermano Andrés, el que se encargaba de equilibrar el peso del FAC-001 durmiendo en la parte posterior, arriba de donde van los equipajes, que es lo que se hace cuando un avión va muy desocupado y se le pone lastre como sobrepeso.

En Colombia hay un modelaje de los Ivanes. Iván Duque, Iván Cepeda, Iván Márquez e Iván Velásquez. Sobre este último valga decir que ha sido un duro, como dicen del pan francés. Puso orden con la parapolítica; puso orden en Guatemala y ahora Petro lo ubica en primera línea para que ponga orden donde no hizo sino desorden el señor Mamolano. De Molano, quien saldrá como pepa de guama en los próximos días, se sabe que está siendo llamado por los países que requieren mercenarios para que este joven tan valioso les organice enredos en el Caribe y más allá. Si prefiere otro trabajo, puede optar por ser defensor de los sicarios capturados en Haití y presuntos responsables del magnicidio del presidente Moise, quienes insisten en llamarse víctimas de la “falta de justicia” y exigen ser repatriados a su país en busca de impunidad.

Adenda: los autores de esta columna no pudimos entender aquello de la “paz con legalidad” que tantas veces mencionó el preDuque en su discurso ante el nuevo Congreso. No sabemos cómo puede haber paz cuando no hay legalidad, dado que la primera lleva implícita la segunda. Como de costumbre, le vendría bien al futuro ex-presidente retomar las lecciones de derecho constitucional o siquiera leer el artículo 22 que define la paz como un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento.

La coletilla de hoy, a cargo del ex-magistrado José Gregorio Hernández, es anillo para el dedo: “Instalado el nuevo Congreso, los no-reelegidos pasaron a ser particulares. Luego, tras el acto de instalación, no podían ejercer como congresistas y menos presidir las sesiones.”