Un reto monumental

Por: Jaime Gómez – analista Internacional – Vocero en asuntos de política exterior del partido Iniciativa Feminista de Suecia

Las últimas semanas del mes de junio del 2022 se recordarán como una de las más históricas en la vida de la sociedad colombiana. Como reza el texto de la canción, “aquel 19 será…” recordado para siempre como el día en que llegó al gobierno una propuesta política progresista encabezada por Francia Márquez y Gustavo Petro, luego de una campaña electoral en la que el papel y la mística de la juventud, de las poblaciones afro, de las poblaciones ancestrales y de aquellos sectores que han sido históricamente excluidos fue fundamental.

El siguiente hecho histórico fue el acercamiento de diversos sectores políticos colombianos al llamamiento a un Acuerdo Político Nacional lo que ha permitido que, en pocas semanas, la propuesta de gobierno del Pacto Histórico tenga mayorías en el Congreso.

Un tercer hecho es el encuentro, que muchos denominamos histórico, entre el presidente electo Gustavo Petro y el expresidente Álvaro Uribe. Mas que el encuentro entre dos personajes de la vida política colombiana, es el encuentro entre dos visiones de país: una representada en los 6402 asesinatos de estado cuyo mayor énfasis se dio durante el gobierno de Uribe y otra que representa la inclusión y la reconstrucción del tejido democrático a partir del respeto al derecho fundamental a la vida en todas sus formas.

El cuarto hecho fue la presentación del documento final de la Comisión de la Verdad con la evidente ausencia del presidente saliente, Iván Duque. Aún retumban las palabras que el presidente de dicha Comisión, Francisco de Roux, pronunció cuando en un esfuerzo por explicar la dimensión del conflicto interno colombiano, afirmaba que “si hiciéramos un minuto de silencio por cada una de las víctimas del conflicto armado, el país tendría que estar en silencio durante 17 años”.

Todos esos hechos tienen un común denominador: el afán por alcanzar la paz mediante la superación del clima del conflicto social y armado colombiano por otro, en donde el diálogo y la discusión política sean las herramientas prioritarias para dirimir los conflictos. Se trata de convertir un conflicto en un ejercicio pedagógico en donde todas las partes ganan si dialogan y en donde la posibilidad de la paz se afianza de manera sólida y continuada.

Mirándolo desde una perspectiva histórica, afirmaría que la firma de los acuerdos de paz entre el M-19 y el gobierno nacional en marzo de 1990 fueron la gran antesala que abrieron la posibilidad de esperanza democrática que experimentamos hoy. Dichos acuerdos allanaron el camino para que muchos años (y miles de muertos) después, existieran nuevamente las condiciones para la firma de los acuerdos de paz entre las FARC-EP y el estado colombiano. Dichos acuerdos permitieron que, por primera vez, el tema de la lucha antiguerrillera no fueran eje central de una campaña electoral, sino que se colocó sobre el tapete, el debate profundo sobre otras temáticas sociales, de género, de paz, de cambio climático y de políticas económicas. Como siempre en la historia, unos sucesos llevan a otros y la concatenación de todos ellos forman el hecho histórico.

A quienes aún se encuentran en el séptimo cielo por este triunfo electoral, lamento informarles que las elecciones presidenciales fueron la parte fácil en el difícil proceso para restablecer la democracia en el país. Lo que se viene ahora, ser gobierno al servicio de las mayorías, es la parte complicada y los niveles de complejidad se elevan. Conformar equipos de gobierno con representación regional, étnico, social y de género no es tarea fácil. Como tampoco lo es elegir las prioridades para encausar los escasísimos recursos económicos cuando cuatro años de mal-gobierno han dejado una deuda externa que asciende al 54% del PIB y un índice de pobreza cercano al 40% de la población. El gobierno del Pacto Histórico encontrará las arcas del estado vacías.

Igualmente, será complicado romper la costumbre de mantener las mayorías parlamentarias recurriendo a la mermelada. Y ni hablar de la complejidad en el tema de la paz, no cualquier paz, sino la paz total. Sentar las bases para solucionar el eterno problema de la tenencia de las tierras en Colombia no es asunto de poca monta. La esquiva y aplazada reforma agraria es estratégicamente importante para que la paz no sea flor de un día. No será fácil implementar las conclusiones de la Comisión de la Verdad y simultáneamente reunir voluntades políticas entorno a los diálogos y posibles negociaciones con el ELN que tuvo un férreo contradictor en el gobierno de Duque, aun a costa de la violación a las normas internacionales por parte de ese gobierno. Llamar a un sometimiento a la justicia a los grupos paramilitares requerirá de un manejo de filigrana para no hablar del clima anti-Petro, anti-acuerdos de paz, anti-JEP y anti-comisión de la verdad, al interior de las fuerzas armadas y grupos vinculados a la extrema derecha.

Si bien el Pacto Histórico ganó las elecciones presidenciales, no podemos hablar de la derrota total del proyecto de estado paramilitar, una de cuyas expresiones es el llamado “uribismo”. Está golpeado, pero subsiste en el Congreso de la república, tiene expresiones políticas en varias regiones y municipios y aún posee un cierto caudal electoral que no es de ignorar. Tampoco se trata de que la expresión ultraderechista en la política desaparezca, sino que se pueda expresar dentro de canales institucionales, sin tener que recurrir a la lucha armada paramilitar. Y ese es el problema. Históricamente, la derecha colombiana ha jugado a la estrategia de “todas las formas de lucha”. Desde la lucha parlamentaria hasta el uso de la violencia estatal y la organización paramilitar pasando por la compra de voto y otras formas de corrupción que le aseguraron a esa derecha, la permanencia casi continua en el poder. De lo que se trata ahora, es pasar de ser resistencia a ser poder, como bien lo argumentó a lo largo de la campaña presidencial, la vicepresidenta electa, Francia Márquez. Y eso solo se logrará, manteniendo viva la conexión, la comunicación con todos esos sectores que centenariamente han sido excluidos para que sean protagonistas de su propia realidad. Será posible solamente si se logran crear los mecanismos para empoderar esos sectores, tantas veces silenciados, tantas veces vilipendiados, tantas veces ignorados, tantas veces masacrados. Solo con los “nadies” será posible ponerle carne a ese cuerpo social que ahora enfrenta la titánica tarea de construir democracia participativa y sanar las heridas sociales expresadas en pobreza, en violación a los derechos humanos y a los derechos políticos, sociales y culturales de los pueblos, en un desconocimiento casi total a los derechos de la naturaleza por parte de grandes intereses económicos, a la terrible desigualdad y violencia de género, al desconocimiento de los derechos de la población afro y comunidades ancestrales, de la población LGBTQI+. En fin, a la ausencia de seguridad humana. Esa corrección del rumbo deberá traducirse en paz social y respeto a la vida en todas sus formas. ¡Esa es la dimensión del reto!

Jaime Gómez. Analista internacional y vocero en asuntos de política exterior del partido Iniciativa feminista de Suecia