Arte, cultura y paz. Una utopía posible

¿Cómo se puede vivir sabroso sin música? ¿Cómo podríamos ser potencia de la vida sin poemas o colores? ¿Cómo podemos hablar de sensibilidad sin teatro?

Llevo un tiempo considerable pensando que el arte ha estado presente en el conflicto, no solo de Colombia sino del mundo entero, y que por esta razón no deberíamos solo dejarlo en el estatus de “herramienta para”; estoy completamente segura que el arte ha sido de manera directa o indirecta “actor” en el conflicto, y eso lo hemos visto, sentido y vivido en los diferentes espacios de memoria que se han venido gestando desde hace ya varios años a lo largo y ancho del país.  

Galerías de memoria, obras de teatro, canciones y sonoridades, poemas e innumerables instalaciones multimediales, han sido parte de los diferenes lugares de memoria del país, –que con seguridad, serán indispensables en el Museo de Memoria que se construye– también han venido acompañando la entrega deinformes de víctimas y organizaciones a la Comisión de la Verdad, a la Jurisdicción Especial para la Paz y a la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas. Por supuesto, estas instituciones han reconocido y han trabajado de la mano con estas apuestas creativas de memoria, de verdad y de reconocimiento. Pero también, de formas más autónomas, colectivos y artistas movilizan sensibilidades éticas y políticas en diversos espacios, como Marta Gómez cuando, con voz muy alta, nos dice con música que: para la guerra nada”,o Edson Velandia y sus rasqas que nos invitan a pensarnos en medio del juego de palabras con una nevera vacia, o colectivos de grafiteros que sobre y con los muros nos insisten: “hasta que la dignidad se haga costumbre”.

El arte, las prácticas artísticas y culturales, pueden ser entonces actores en la reconstrucción del país y en la construcción de paz, así como lo han sido en la construcción de memoria y serán fundamentales para hacer de Colombia una sociedad sensible.

Estremece el recuerdo de las letras de Macías El Cantor de Lejanías, víctima del conflicto, con aquellas canciones que son al tiempo testimonios de momentos dolorosos de esa guerra en el Nordeste Antioqueño, o de Víctor Rodríguez, cantautor de Güapi, Cauca, reconociendo la persistencia de las familias buscadoras de personas desaparecidas en medio de un Reconocimiento de la Comisión de la Verdad en agosto del 2019 – Reconocemos su búsqueda-. Tengo en el corazón, hoy tambien,  un festival que se hace y nace al cobijo del páramo, entre frailejones y zarigüeyas, el Festival de Títeres Andariego, liderado por la Corporación Sumapaz Ancestral, donde niños y niñas de los diferentes colegios, barrios y veredas de Arbeláez (Cundinamarca), durante dos semanas, se reunieron a construir máscaras y muñecones y se hacieron llamar: La Chinamenta, inundando las calles del pueblo en la inauguración de su festival. Qué más aporte a la paz que ver niños y niñas de regiones que han sido abrumadas por el conflicto, sonreir y jugar en comparsas, viendo obras de títeres que invitan a la esperanza, pero también a la resistencia y la dignidad. Títeres, música y comparsa que aportan a su sensibilidad, a la de ellos y seguramente a la de sus familias.

El país entero puede tener en cada rincón festivales de teatro, música y poesía,festivales que nos harían únicos en el mundo entero. El país puede pensarse desde las artes y la cultura para salir del lodazal al que nos han querido confinar.

Este merece ser ya un país multicolor, donde el Ministerio de Cultura se articule con la paz, la memoria y la reconciliación con un capítulo que le cumpla a los acuerdos, pero que sobre todo, que le cumpla al país, haciendo real un derecho constitucional: el acceso a las artes y la cultura.

Entonces, ¿cómo se puede vivir sabroso sin música? ¿Cómo podríamos ser potencia de la vida sin poemas o colores? ¿Cómo podemos hablar de sensibilidad sin teatro?

Gina Jaimes Abril

Artista y Soñadora

HAMLET

Escena VIII
HAMLET Y DOS CÓMICOS
Salón del Palacio.