Los tabúes frente a la licencia menstrual, una mirada a la cultura patriarcal

Por: Victoria Sandino

 

En muchas sociedades y culturas la menstruación es un tabú. Contiene elementos simbólicos muy diversos: la sangre, la sexualidad, la reproducción, el cuerpo de la mujer; todos ellos con interpretaciones desde el patriarcado. Sólo por mencionar algunos aspectos, la primera menstruación es un ritual que en algunas ocasiones se relaciona con el “permiso” para ser casadas casi siendo niñas.

Desde una óptica prejuiciosa, en algunas prácticas culturales o religiosas el período menstrual es asimilado con algo sucio, con lo vergonzante y ha sido considerado como una enfermedad. 

Es en ese contexto que he presentado el proyecto de licencia menstrual, que busca otorgar entre 1 y 3 días —en casos complicados— una licencia menstrual a las niñas, mujeres y adolescentes para no asistir a su escuela, colegio, centro de formación o universidad; esto con el fin de evitar el ausentismo en la educación, así como involucrar a las instituciones a promover el proceso de formación y la continuidad en el mismo.

La discusión del proyecto ha generado reacciones y preguntas como las siguientes: otorgar la licencia a las niñas, ¿no estimula aún más ese ausentismo?, ¿no incentiva a las niñas mentir para evadir sus clases?, ¿no hace más notoria su discriminación? También han surgido algunas soluciones, como las de proporcionar dispositivos menstruales y de higiene para no dejar de ir a la escuela; pedirles un certificado médico en caso de presentarse algún trastorno clínico relacionado con la menstruación, por aquello de que la infancia y la juventud mienten. Así, por ejemplo, se ha perpetuado la impunidad frente al abuso por no creerles.  

Incluso, el propio Ministerio de Salud y Protección Social envió un concepto negativo del proyecto donde afirma que la medida podría aislar más a las niñas y mujeres del entorno educativo. Afirma además, que se está patologizando la menstruación al confundirse licencia con incapacidad médica. Al parecer el MinSalud no entiende la menstruación más allá de su sentido biológico.

A manera de ilustración, en la psicobiología del ciclo menstrual, que explican los investigadores españoles Jesús Gómez Amor y José María Martínez Selva, se entiende la menstruación como un fenómeno multidimensional, expuesto a influencias no solo biológicas o psicológicas sino también sociales y culturales; su impacto es psicosocial. Entonces, no se trata de una enfermedad, pero ciertamente el proceso biológico causa un estado generalizado de malestar, que impacta el estado anímico de las mujeres, sus niveles de concentración y fatiga.

No hay dudas de que en el sistema educativo existió la tradición de que la «letra con sangre entra» y terminamos convirtiendo el proceso de la escuela en una tortura y olvida el sistema educativo que son los procesos de humanización, de solidaridad, de trabajo colectivo respetando las diferencias, de la formación de un pensamiento crítico y apertura mental la que nos hace mejores personas. 

Consiste en que las personas que conforman una comunidad académica reconozcan la existencia del otro y de la otra, le apoyen y le ayuden a crecer. Existe el mito —sobre todo en la creencia cristiana que narra la Biblia — de que la mujer debe soportar el dolor del parto y los demás dolores como parte de un castigo divino. El malestar en el período menstrual es real, no es inventado, y ciertamente no se pierde nada en el proceso de formación de una niña o una mujer en comprender que sus malestares no deben seguir siendo parte de ese castigo, sino como una mujer que puede tener fatiga, malestar, tristeza, cambios hormonales que le son propios. Reconocer esos cambios y mitigar sus impactos debe ser parte de la política pública del cuidado social. 

Al Ministerio de Salud, le recuerdo que mitigar un malestar no es patologizar. El sistema de salud colombiano puede concebir que todo malestar es síntoma de enfermedad. Pero la salud entendida como buen vivir también tiene la idea de la pausa, del descanso, del cuidado, de la calidad de vida ante la presencia del malestar. No se patologiza el duelo cuando se otorga licencia por la pérdida de un familiar. La licencia menstrual no es una incapacidad médica sino un tiempo para ayudar a mitigar los malestares sociales, culturales, biológicos, psicológicos-emocionales de este proceso natural. 

Entonces al no patologizar no procede exigir un certificado médico, y menos en un sistema donde el acceso a los servicios de salud, incluso para casos de emergencia, es ineficiente. Más dramática sería esta exigencia a una niña, por decir un caso el Chocó, que viaja hasta 16 horas al hospital más cercano a pedir un certificado a causa de una dismenorrea. 

Hay que romper con los tabúes, los imaginarios y las discriminaciones contra las mujeres. Es necesario mitigar el malestar, permitir que las niñas y mujeres no lleven estas cargas en un momento en que no se encuentran en toda la disposición, y el conjunto de la sociedad debe trabajar en destruir estos imaginarios e instalar unos de tolerancia y respeto. 

Dotar de elementos de higiene menstrual y de condiciones sanitarias en instituciones educativas, es indispensable pero no suficiente frente a la menstruación. El proyecto de ley se complementa con otras iniciativas que ya tienen curso en el Congreso, pero la menstruación no es solo de toallas y agua potable, es necesario comprender la complejidad del fenómeno y pensar en la integralidad de la solución. 

Finalmente, la inasistencia escolar durante los días más duros del ciclo menstrual ya es una realidad. Buscamos que esta realidad no tenga consecuencias académicas en las niñas y mujeres, lo que sí amenaza de forma directa las motivaciones para continuar en la escuela como se ha demostrado en estudios previos.

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