Ni un zapateiro más, ni en Colombia ni en el mundo

Por: Rafael Ballen

 

Colombia y el mundo tendrán seguridad y paz el día en que sobre la faz de la tierra no haya un solo zapateiro, que con sus armas y sus voces violentas nos amenace. La metáfora de esta nota es la respuesta a la que el general Eduardo Enrique Zapateiro le dijo a Semana: «El día que me vaya de esta amada institución dejaré muchísimos zapateiros. Entonces, jamás me iré, porque ellos seguirán el legado».

El asunto es tan simple que, ninguna mafia en el mundo es capaz de sobrevivir si detrás de ella no hay una manada de zapateiros que la proteja, la apoye y le preste sus servicios. Por desgracia,  en Colombia no es una sola mafia la que opera, sino muchas. Coaligadas en una simbiosis para el crimen están el narcotráfico, el paramilitarismo, la politiquería y el robo de tierras a los campesinos. Que esas mafias han recibido el auxilio de muchos zapateiros de distintos rangos, no es un secreto. Los tribunales están llenos de expedientes con declaraciones de muchas personas, inclusive de zapateiros en servicio activo y retirados. Ante la JEP lo dijeron recientemente alias Otoniel y diez zapateiros comprometidos en los falsos positivos.

Al tema de las mafias y los zapateiros hizo referencia Petro, sin dar detalles: «Mientras los soldados son asesinados por el “clan del Golfo”, algunos de los generales están en la nómina del clan. La cúpula se corrompe cuando son los politiqueros del narcotráfico los que terminan ascendiendo a los generales».

En la denuncia pública de Petro hay muchas verdades. Menciono una, la más demoledora: muchos parapolíticos, que dieron su voto en el Senado para que algunos coroneles ascendieran a generales, están presos o ya purgaron su pena. Contra esas verdades se llenó de ira el Zapateiro real, el que según él, es el comandante y la inspiración de «muchísimos zapateiros». Su rabia y sus voces agresivas es la reacción a la verdad, pues «los malvados consideran como el más odioso de todos los hombres al que les diga la verdad»: Platón (República, libro iv).

Examinar la esencia de esta nota en una cuartilla es imposible. Ni siquiera esbozarla. Apenas sí nombrarla. El mundo no tendrá sosiego ni paz mientras se necesiten ejércitos y armas para zanjar las diferencias. La existencia de los ejércitos es la demostración de que los pueblos son incapaces de resolver sus problemas con el diálogo y tienen que recurrir a los fusiles, los tanques, las ojivas y las Mini Uzi, con las que los zapateiros protegen las mafias. Al nombrar la esencia, nos sirve de apoyo un pasaje del Gorgias de Platón.

El tema de este diálogo es la retórica y se presta para filosofar sobre lo justo y lo injusto, la felicidad y la desgracia, la moderación y la intemperancia. Sócrates es el perseverante maestro de la palabra a quien le toca intervenir hasta el final, porque —según él— la conversación no se puede dejar a medias, es preciso ponerle cabeza para que no ande descocada de un lado a otro. Calicles —el zapateiro de la época— es el agresivo partidario de la fuerza, que no vacila en agredir con la palabra cuando se le presenta la ocasión, y cuando se queda sin argumentos, se levanta de la mesa diciéndole a su interlocutor: «No me interesa  absolutamente nada lo que dices. Tú sabrás qué hacer: terminar este diálogo, continuarlo con otro, o bien preguntándote y contestándote tú mismo».

Con los personajes del Gorgias, cabe preguntar: ¿es hora de convencer con la palabras o vencer con los fusiles?, ¿la humanidad ha alcanzado el grado de civilización superior para utilizar la razón en defensa del mundo y de todo lo que sobre él han  construido miles de generaciones, o se encuentra en estado de barbarie y quiere diezmar la especie?, ¿hemos logrado la madurez necesaria para acabar la guerra, o seguimos empeñados en matarnos unos a otros?

Sí, tenemos que admitir que hemos logrado un alto grado de civilización, pero los calícleses contemporáneos, es decir los zapateiros de hoy, y quienes usufructúan la guerra rechazan el diálogo, porque la confrontación bélica les permite mantener sus privilegios e injusticias.

Los beneficiarios de la guerra piensan que, mientras haya zapateiros y armas dormirán tranquilos en sus haciendas, en sus centros comerciales, en sus bancos, en sus medios de comunicación, en sus transnacionales sin alma. Tienen la certeza de que, podrán vivir eternamente, de espaldas a la horrible presencia de la miseria, sin voces molestas, que los señalen y les exijan.

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