Los viajes de Gulliver y de Duque

Por: Germán Navas Talero y Pablo Ceballos Navas

No por ponerse tacones altos el enano deja de serlo, se verá algo más alto, pero nunca más grande.

Cuando uno ve el grupo turístico que con nuestros impuestos viaja a mamar gallo a Europa, como despedida del mandato de Iván Duque, no queda más camino que recordar la obra de Jonathan Swift: Los viajes de Gulliver. Recordemos que él hizo cuatro viajes, a los cuales nos referiremos, pues se parecen a los que el ‘Gulliver’ colombiano –nuestro presidente– quiere reconstruir.

El más mentado de todos es el de Gulliver en el país de los enanos, lugar en el que se encuentra con hombrecillos chiquiticos, que es como Iván quiere ver la humanidad: ¡a sus pies! Se afirma que los enanos se ponen tacones, no para crecer, sino para verse más altos; similar a cuando Duque va a decir mentiras y se empina para que en Europa crean que él es un gigante, cuando lo que es, es un enanito de Lilliput. Parece que Swift pensó en un duque llegando a Haití cuando imaginó el desembarco en su célebre obra. Para dar de comer a Gulliver en ese país de enanos, tenía que dejar de comer más de la mitad de su población al día, proporcional –mutatis mutando– a lo que cuesta al fisco el periplo de Duque. Conforme a lo descrito en la obra, la ración de comida de Gulliver alcanzaba para alimentar 1.728 lilliputences, ¿se imaginan ustedes cuántos colombianos podrían comer con los miles de millones que se gastaron en el último viaje? Y ni qué decir de los viajes pasados.

Curioso de Lilliput es que quien respeta las leyes allí durante 73 meses consecutivos recibe un premio, mientras que en Colombia a quien respeta la ley le dicen ¡PENDEJO! y lo hostigan permanentemente. En su segundo viaje, la cosa es a la inversa, Gulliver llega al país de los gigantes. Allí no le comen cuento, las gentes son mayores –en tamaño y otras cosas–, de hecho, es tan insignificante que casi se lo comen las pulgas y los sapos, mientras que las ratas –asemejándose a los políticos desempleados– le hicieron huir para no caer en sus voluminosas panzas. Tal cual Gulliver en el país de los gigantes, así se exhibe el presidente Duque en el extranjero, como un fenómeno. La gente va a verlo como curiosidad, pues nadie puede creer que ese señor sea gobernante de un país. Es tan incómoda la cosa que en ese segundo viaje los enanos se burlan de Gulliver, como suele ocurrir en las conferencias internacionales cuando nuestro presidente hace uso de la palabra: hasta los países más pobres y los regímenes más autoritarios hacen sorna de lo que allí expone. Por su parte, los países gigantes y ricos lo escuchan y se ríen, porque ellos saben que en Colombia tan solo 100 sinvergüenzas pueden pelecharse el producto interno bruto del país, como en realidad viene aconteciendo.

Gulliver sale del país de los gigantes y en su tercer viaje cae en un exótico lugar de nombre Laputa, pero por la pésima pronunciación de la comitiva colombiana terminan por llamarlo La Puta. Cuando les invitan a una recepción allí, nuestros avezados diplomáticos no van al palacio de gobierno sino a la casa de las putas, que parece ser lo que les gusta a ellos, replicando el comportamiento de los cuerpos de seguridad de países extranjeros cuando visitan Colombia. Recordarán ustedes que a los gringos en Cartagena no les gustan las murallas, prefieren las “morrallas”. Según el cuento, al visitante en este nuevo país acostumbran a jalarle las orejas para que ponga atención, ¿se imaginan cuántos jalones de oreja tendrían que darle a la comitiva colombiana para que dejaran de pensar en vallenatos y partidos de fútbol perdidos? Si sus interlocutores supieran con qué clase de gente están sentados, no gastarían tantos esfuerzos. El que más atención pone en las reuniones seguramente está dormido, hablamos de la bella durmiente Andrés Duque, hermano del presidente, quien cree que por viajar en el avión presidencial le van a dar millas como en Avianca. Que se desilusione desde ahora, la Fuerza Aérea no otorga millas libras, pero por curiosidad y si viaja acompañado por Mamolano, puede que le enseñen cómo se bombardean campamentos llenos de niños reclutados forzosamente. En Laputa el piso está desequilibrado, hay caos por doquier y las casas parecen tugurios de Caldas pues se desmoronan fácilmente. Parece que Gulliver y los colombianos se amañaron mucho allí.

El cuarto viaje es a Balnibarbi, que es parte del reinado de Laputa. Sus residentes tienen la cualidad de que quieren reformar todo lo hecho hasta ahora. Al llegar, el mincalzoncillos (también conocido como minInterior) ordena a sus delegados que tomen nota atenta para replicar en Colombia todo lo que ha sido mal hecho. En Balnibarbi se propone, entre otras iniciativas, despedir a las patadas a los servidores públicos y creemos que acá podríamos hacer lo mismo con uno que otro ministro que le mama gallo a la moción de censura y, como premio, de salida les regalan una embajada. Si vivieran en Balnibarbi les darían por despedida una patada en bajada.

Iván Duque estará en su casa, según dice él mismo, pues en el viaje visitará el Gran Ducado de Luxemburgo y los ignorantes que lo acompañan creen que ese país es de su jefe y no de una familia real europea. El sempiterno viajero está convencido de que como es Duque al igual que su hermano, le darán visa de residente a la llegada. Habrá que preguntarle a un genealogista para que nos diga si el presidente y su hermano son Duques de verdad o de mentiras. No sabemos qué tan fluido sea el francés o el alemán del mandatario o el de sus acompañantes, seguramente nadie habla ni pío y por ende, tendrán que emplearse varios traductores.

De colada al viaje va la jefe de gabinete, cargo que se inventó Duque para ocupar a una consentida de Uribe, la señora María Paula Correa. Está también en la comitiva la ministra de Comercio, Industria y Turismo, quien tal vez es la única que tiene oficio porque el objeto del viaje es 100% turístico. Calentando asiento va el minAmbiente, un señor Correa Escaf, ¿a qué va este pisco? No tenemos idea. Viaja también la ministra de Transporte, que va a este viaje a averiguar cómo es que se construyen puentes que no se caigan. Va con el presidente el director de la Policía, suponemos que a copiar el color de los uniformes y las patrullas a efectos de hacer una nueva ‘inversión’. Igualmente asisten otros burócratas que nada tienen que hacer allá, cuyos nombres y cargos reseñó Laura Gil en su investigación publicada en la Línea del Medio.

Germán y Pablo nos preguntamos uno al otro y no pudimos contestar a lo siguiente: ¿para qué diablos sirve este viaje de despedida? Si todos sabemos que, con independencia de quien gane, nadie seguirá los planes de Duque. Nuestra conclusión es que son físicas ganas de gastarse la plata. Tras cuatro años de gobierno, de mostrar no tienen nada, ni siquiera la ratificación del Acuerdo de Escazú. Estuvimos averiguando por qué no llevaron a la martuchis y nos dijeron que se debió a que ella está muy ocupada ayudando al fantasma y a los parientes de altos funcionarios que están emproblemados con narco-sniff en el extranjero. Fuentes bien informadas nos dicen que, al retirarse de la vicepresidencia, Marta Lucía montará una oficina de representación legal para individuos implicados en chancucos por fuera del territorio nacional.

Se nos acabó la gasolina en el jet de Duque y tuvimos que bajarnos en la primera parada porque aquí no dan millas. Gracias por su lectura.

Adenda: hemos intentado encontrar en qué parte de la Constitución o en qué norma está la creación de la Cancillería y vemos que este término es fantochería de periodistas. Una vez más insistimos: en Colombia el cargo de canciller no existe, lo que tenemos es ministro de relaciones exteriores. Ya estamos hartos de que en vez de la tienda de la esquina se nos quiera convencer de que se trata de un “emprendimiento

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