Inflación, hambre y pobreza: la radiografía del país

La siguiente es una explicación profunda y exhaustiva desde el punto de vista estructural de algunas circunstancias calamitosas que vive el país. Entre esas -como no- la inflación rampante: particularmente la subida de precios de los alimentos que en la actualidad tienen aguantando hambre a la población en general. Al mismo tiempo, se demuestra con datos y hechos la culpa que le cabe sobre esas circunstancias a los expresidentes, especialmente al clientelista Gaviria y al nefasto Uribe.

Por: Urías Velásquez /twitter: @uriasv

Mientras se mantenga la misma clase en el poder en Colombia cada día que pase se hará más difícil vivir. Y para sustentar la afirmación baste con decir que mientras el salario mínimo legal se aumenta en un 10 por ciento, el costo de la vida se dispara en proporciones nunca antes vistas, más allá del 30 por ciento.

Si, los precios de los alimentos están aumentado sin control; una libra de papa, por ejemplo, se situó en 1800 pesos, aumentando un escandaloso 30 por ciento, una libra de yuca aumento hasta un 40 por ciento, el queso se duplicó de precio, la carne se incrementó en más de 25 por ciento, el pollo aumentó su precio en un 28 por ciento, la comida para perros se incrementó más del 20 por ciento, igual la para gatos, algunos arriendos se fueron al doble, y los servicios públicos, especialmente la energía (luz), se tornaron a precios francamente caprichosos e imposibles de pagar.

En síntesis, si antes, los colombianos -de acuerdo con el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE)- no llevábamos un tercer plato a la mesa, de ahora en adelante, con dificultad llevaremos dos. ¡Estamos inmersos en una situación verdaderamente calamitosa! Muchos colombianos apenas si podremos consumir alguna comida decente al día. Y me perdonarán por el siguiente augurio, pero este año el número de pobres se disparará a cifras nunca antes vistas; fácilmente seremos ya no los 30 millones de pobres que dice el DANE, sino 40 o más.

Sí amigos, la pobreza extrema se percibirá con más fuerza mientras el uribismo criminal, clientelista y corrupto siga en el poder. Cosa que seguramente sucederá -si lo permitimos, claro-, porque si algo sabe hacer la clase dirigente de este país es robarse las elecciones, lo hicieron en el 70 con la dupla Lleras-Pastrana y lo repitieron en el 2016 cuando con los dineros de narcotraficantes como el  ‘Ñeñe’ Hernández sentaron en el solio de Bolívar a Iván Duque, un títere sin alma, un ser frívolo, que se sienta a comer como marrano las viandas más costosas mientras habla de la pobreza de su pueblo en directo por la televisión nacional.

Un libreto que ya le conocíamos a su dueño, el expresidente y expresidiario Álvaro Uribe Vélez, cuando dejaba esperando a los indígenas de la minga dos días enteros para, luego, presentarse en horas de la tarde con comidas caras en charolas de plata que ingería públicamente mientras quienes lo habían esperado durante largas horas de ayuno pasaban saliva, todo eso con trasmisión en directo de los medios de comunicación siempre afines a la humillación del pueblo y las barbaridades del régimen, cualquier cosa, siempre y cuando hubiese dinero para los periodistas prepago y pauta para los dueños de los medios -cosa que los gobiernos nacionales siempre supieron garantizar-.

Un país al garete, eso es lo que tenemos y le debemos a tantos años de saqueo al que nos ha tenido sometidos la clase dirigente colombiana. Porque una cosa si es cierta: el aumento de precios indiscriminado NO es una situación casual o coyuntural. Nada de eso, es el resultado de una política de corrupción y muerte sistemática que se le ha impuesto durante siglos a Colombia, pero que se ha profundizado como nunca durante los últimos 30 años de la historia nacional.

Si señores, y a continuación me tomaré lo que resta de este artículo-ojalá muy distribuido- para mostrarles el por qué aseguro y digo que los responsables de la debacle de precios que vive el país y la incapacidad del Estado para contenerlos es culpa directa de los últimos cinco presidentes: Cesar Gaviria, Ernesto Samper, Andrés Pastrana, Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos.

Nótese de una vez que no menciono entre los presidentes a duque -así escrito con minúsculas para ponernos al nivel de personajillo- y lo hago adrede porque todos sabemos que duque no es más que un simple monigote de Uribe, tal y como lo fue Sanclemente del truculento Caro por allá en el año 92 del siglo XIX.

Si amigos, la culpa que los precios estén por las nubes y de que los colombianos aguantemos hambre es de Cesar Gaviria, el clientelista que también acabó con el partido liberal; de Ernesto Samper, el político que permitió que ríos de dinero entraran a su campaña presidencial; de Andrés Pastrana, el inepto y mejor amigo del pederasta Epstein que esclavizaba y violaba niñas; pero también la culpa es de Juan Manuel Santos, quizás el mejor representante de la clase criolla que durante 300 años nos ha saqueado sin tregua, y, por supuesto, que la mayor culpa le cabe al monstruo miserable y criminal que es Álvaro Uribe Vélez -sí, sobre todo a este infeliz al que bautizó certeramente el gran periodista Gonzalo Guillén como el “matarife”.

Porque vamos a ser sinceros que si de algo sabe Uribe Vélez es de matar: bajo su gobierno se asesinó indiscriminada y masivamente. Y si no me creen, permítanme citar dos terribles ejemplos: el primero, el asesinato a mansalva de por lo menos 6402 muchachos y muchachas inocentes -esto de acuerdo la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), pero hay quienes -con datos y hechos- afirman que la cifra pasó de lejos los 12 mil-. Sí, 12 mil desafortunados a los que se les sacaba de su casa con la promesa de un empleo, se los montaba en camiones, se los llevaba a áreas rurales, se los humillaba, vestía de camuflado, se les arrodillaba frente a las tumbas frías que antes le habían hecho cavar y, luego, con sevicia extrema se les pegaba un tiro de gracia para no “desperdiciar” la munición que si era bien cara  y que pagábamos todos los colombianos con el dinero de nuestros impuestos.

Y, el segundo hecho de Uribe criminal, las cientos de masacres que durante su gobierno se cometieron, tantas que no existe una cifra concreta y aceptada por los expertos: los más conservadores reconocen 300, pero hay quienes hablan de más de 500, en todo caso, todas esas con el mismo libreto: amenazar y amedrantar la población días antes, después llenar el lugar de decenas de hombres armados hasta los dientes y llegados muchas veces en carros militares, acto seguido, abandono del lugar por parte del glorioso ejército nacional que no se iba sino que se ubicaba en las entradas de la población para controlar quien accedía al lugar, pero, por sobre todo, para no permitir el éxodo de los campesinos que temieran por su vida y necesitaran huir, a continuación, violación de las muchachas del pueblo, después acostar a los desventurados bocabajo, en fila, bien juntos, siempre en la cancha de fútbol del lugar o algún pastal recto y plano, el todo es que el espectáculo estuvieran a la vista de todos: entre los asistentes obligados -claro- niños, mujeres y ancianos-. Y, finalmente, el ajusticiamiento con tiros en la nuca, eso sí, antes habiendo sido obligada la víctima y sus deudos a gritar a viva voz: “que viva el doctor Uribe y la tierra paramilitar”.

Si amigos, porque una cosa es innegable que realidades tan complejas como la subida de precios, como que a un pueblo se le ponga a aguantar hambre, no suceden de la noche a la mañana, que son innumerables las causas y que estas se tienen que buscar rio arriba, en la historia, en los acontecimientos que fueron marcando la pauta de los sucesos.

Y siguiendo ese razonamiento, puedo identificar fácilmente tres causas fundamentales de la inflación que vivimos: primera, un Estado débil que no cuenta con herramientas o capacidad de maniobra para controlar la situación y que de hacerlo únicamente tendría el contraproducente mecanismo del control de precios que a la larga sería peor. Segunda, un desabastecimiento de la producción nacional de alimentos que se ha venido gestando principalmente desde el gobierno de Gaviria y que nos ha hecho pasar de ser una despensa del mundo a un país compulsivamente comprador de alimentos. Y, tercera, una exposición exagerada del país al ambiente internacional que hace que nos golpeen de manera directa varias circunstancias ajenas a nuestra economía.

Si amigos, una debilidad del Estado que no cuenta con herramientas o capacidad de maniobra para controlar la inflación. Un Estado que no posee ya empresas rentables, que no emplea. Un Estado paquidérmico que solo es gasto y que, adicional a ese gasto, no cuenta con otro mecanismo económico diferente al control de precios para hacer frente al problema de la inflación. Mecanismo de control de precios que sería un resultaría peor que la enfermedad pues a largo plazo falsearía la economía y haría aún más inviable la producción nacional. En fin, un Estado sin fuerza a merced de los vaivenes del mercado.

Si amigos, un desabastecimiento de la producción nacional de alimentos que se da por varias circunstancias:

-un abandono total del campo por falta de políticas públicas que lo protejan, ausencia de infraestructura necesaria para mover las cosechas y, claro, el desplazamiento del campesino a sangre y fuego que impide la mano de obra rural.

-la concentración de las tierras, particularmente las productivas, y su uso en actividades diferentes a la agricultura, entre esos, los favoritos del uribismo: el turismo traqueto a las fincas de los narcos y la ganadería intensiva también de los narcos y los despojadores de tierras.

-y los Tratados de Libre Comercio (TLC) con su doble efecto, por un lado, la competencia de los productos internacionales que entran sin aranceles. Y, por el otro lado, el incentivo perverso que tienen aquellos que producen de llevarse la producción nacional al extranjero -situación que con la subida del dólar se acrecienta más-.

Si amigos, una exposición al mercado internacional que nos deja, como dirían los brasileros, con “na bunda na janela” frente a fenómenos como el desabastecimiento de contenedores que encarece los fletes de las importaciones; la inflación creciente en los países ricos y que se vive en gran medida a la epidemia de COVID-19; y un dólar carísimo como resultado de esa misma inflación, particularmente en Estados Unidos, que dispara los precios y hace atractivo invertir la moneda en ese mercado y escasear en los demás -hoy el dólar en Colombia está en el precio más alto de toda su historia: 4.070 pesos por unidad-.

Dólar carísimo que por supuesto hace más costosas las importaciones que llegan al país (entre las que se encuentran los alimentos importados) pero que también influye en los precios de los alimentos que se produzcan dentro del territorio nacional, pues esos, requieren de insumos pagados en dólares como los abonos y los plaguicidas comprados en el mercado externo.

Aún más, las semillas que por ley e imposición del temerario Estado el indefenso labriego le tiene que comprar a Monsanto -y cuyos precios esta indexado al dólar-.

Tres causas principales de la inflación que tienen su origen en las decisiones perversas y mal intencionadas de la clase política tradicional que nos ha gobernado y saqueado particularmente durante los últimos 30 años.

Si señores, tres causas del aumento de precios sin precedentes que vive la nación que a continuación y exhaustivamente voy a desglosar para que todos entendamos quienes son los culpables… culpables que ya mencioné, culpables que han arrasado con el país no solamente en materia social sino también en materia económica.

Queridos amigos, los animo a que lean el articulo hasta el final, no se arrepentirán, les quedará clarísimo como opera la clase dirigente nacional, como conspira, como roba, como manda a asesinar, todo por un único fin, mantener sus privilegios, aumentar sus ganancias y robarse hasta el último peso.

Continuaré, claro, pero no sin antes advertir que quien no esté comprendiendo la relación que planteo entre políticos corruptos y subida de precios entienda primero que toda circunstancia presente tiene raíces profundas en el pasado y que quien no se percata de esto adopta medidas inadecuadas solucionando quizás la coyuntura, pero fracasando estruendosamente en el largo plazo.

Para mantenernos claros les propongo que adoptemos la siguiente metodología: primero y dado que así se dio cronológicamente explicaré cómo se debilitó el Estado. Después expondré cómo se da el desabastecimiento de alimentos, es decir, como pasamos de ser un país despensa de alimentos a un importador de comida internacional. Y, por último, mostraré cómo es que llegamos a quedar tan expuestos al mercado internacional.  De esa manera habré probado, más allá de cualquier duda razonable, que los Gaviria, los Samper, los Pastrana, los Santos, pero principalmente Uribe son los responsables de que usted y yo hoy estemos al borde de aguantar hambre.

Una anotación fundamental antes de continuar: existe alguien más culpable de la situación de debacle nacional que los políticos corruptos, que los grupos violentos, y que los narcotraficantes… -sí amigos, suena difícil de creer, pero es cierto-: son más culpables de la situación calamitosa que vive el país los medios de comunicación nacional y los periodistas vendidos que ocultan la verdad y defienden al régimen únicamente por el dinero que de éste devengan bien sea a través de nominas paralelas o de pauta…

Si señores, hablo de BluRadio, de Semana, de RCN, de RED+, de Caracol, El Tiempo y de tantos otros que no me alcanzaría el resto de este articulo para singularizar.

Si señores, hablo de sinvergüenzas que venden “su verdad” al mejor postor: las Vickis Davilas, Los Néstor Morales, Los Julito ‘no me cuelgue’, los  Luis Carlos Vélez, personajes mentirosos y siniestros que como la misma Vicky lo dijo no son más que “sicarios” de la verdad. Gentes que con su actuar poco ético han posibilitado el accionar de los corruptos que han ido consumiendo al país y nos han ido llevándo a todos a estos momentos tan aciagos y de desesperanza.

Pero sigamos…

Historia sucinta de cómo se debilitó el Estado Colombiano.

Muchos distraídos o perezosos mentales dirán que el Estado colombiano se ha estado debilitando desde siempre y con eso querrán resumir y acabar la discusión. Pero lo cierto es en algún momento del siglo pasado el Estado colombiano sí contaba con las herramientas suficientes como para garantizar el acceso de sus ciudadanos a los alimentos, ya fuera porque frente a los especuladores tenía la fuerza suficiente para maniobrar, porque la producción nacional estaba activa como para aumentarse en la medida en que la subida de los precios la incentivase o porque la actividad internacional de los mercados especuladores poca o ninguna influencia tenía sobre los precios locales de los alimentos.

Y así lo fue por largo tiempo hasta que el sol dejó de brillar y se nos vino la oscura noche encima: una oscura noche: con nombre rimbombante: El Consenso de Washington. Una propuesta de miseria y desolación para los países pobres que tuvo y sigue teniendo de fondo nada menos y nada más que el neoliberalismo salvaje en su peor versión: una oveja disfrazada de lobo.

Un Consenso de Washington macabro que agrupó insaciables banqueros internacionales, políticos de los países más poderosos, profesores y estudiantes de doctorado de economía -los unos y los otros indignos que vendían sus tesis al mejor postor- y, claro, los políticos corruptos de los países subdesarrollados: una clase que en Colombia lleva saqueando al Estado 300 años.

Un Consenso de Washington que como “modelo de desarrollo” incluía entre otras las siguientes premisas: estados débiles sin capacidad de maniobra, apertura indiscriminada de los mercados y puertas abiertas para los capitales extranjeros.

Obviamente, premisas tan contrarias a los intereses del pueblo que implicaban el subyugamiento y el cierre de las democracias. Tal y como sucedió en Chile, Paraguay y Bolivia abiertamente y en el resto del continente soterradamente.

De inmediato el truculento Consenso caló en la mente de los criminales que dirigían y dirigen hasta hoy nuestro pueblo… a cambio, claro, estos bellacos recibían privilegios que incluían cantidades incontables de dinero, posesión de los activos que hasta ese momento eran propiedad del pueblo gracias a las muchas empresas que poseía el Estado, poder para hacer lo que les viniera en gana y mucha, mucha, pero mucha impunidad.

Y he ahí que ha Colombia le llegó el momento cuando en una noche fría de sangre y violencia, la mafia del narcotráfico y la clase dirigente -que ya eran una sola- le quitaron a la nación a quien sería su presidente: Luis Carlos Galán.

Y allí comenzó el desastre porque el hijo del muerto, un joven inexperto y que con el tiempo demostraría sus dotes de politiquero, le entregó, en bandeja de plata, el país a uno de los presidentes más infaustos de nuestra historia, el clientelista Cesar Gaviria Trujillo, tipejo que sin dudarlo asumió al ciento por ciento las obligaciones que imponía el Consenso de Washington agregando una adicional: el asesinato indiscriminado de sindicalistas  o sus defensores – como sucedió en la persona de Eduardo Umaña Mendoza-, gentes cuya única falta era la de defender las empresas del Estado de las garras de los privatizadores (los amigos y socios de Gaviria).

Y sí, los mataron, los mataron de todos los modos posibles: secuestrados y torturados, en “átomos volando” -como ya los ancestros de estos criminales lo habían hecho con Ricaurte en San Mateo-, o simple y escuetamente cosidos a tiros de fusil.

Obviamente, toda esta faena desmembramiento y debilitamiento del Estado aunada a la feria de muerte aplaudida al unísono por los periodistas y los medios de comunicación más prestantes de la época, igual que hoy: prensa corrupta en el tape y tape… después de todo las empresas publicas tenían nominas paralelas con las que se les pagaba su complicidad… Hay libros que muestran eso, no lo digo solo yo.

Gente, gente, créanme los que no lo vivieron, resultaba escalofriante ver como mataban gente buena únicamente para que nadie se atreviera a defender lo público. Y en ese contexto fue que el miserable de Gaviria tomó dos decisiones letales: la primera: vender -o mejor dicho y para ser sinceros- traspasar las empresas del Estado a sus amigos y, la segunda, todavía más macabra: hacer una apertura económica que aniquiló el aparato productivo del país.

Y así, como por arte de magia negra, en un solo gobierno, el del clientelista Gaviria, desaparecieron más de doscientas industrias: la de cueros y sus derivados, las de textiles y sus derivados, la metal mecánica y sus derivados, la del hierro y sus derivados, y tantas otras que precisaría de varios artículos solo para enunciarlas.

El irresponsable Gaviria y su combo arrasaron con nuestra economía y al que no crea le recomiendo ir al repositorio CEPAL. Allí hallará información suficiente sobre la canallada que le infringió Gaviria al país durante su tremebundo gobierno.

Sobra decir que los gobiernos siguientes, el de Samper, al que le dejaron hacer muy poco; el de Pastrana, quien no hizo nada no por la oposición sino por lo inepto; incluso el de Juan Manuel Santos -que lo único que hizo bien por el pueblo, y que se le reconoce, fue darle la oportunidad a la paz-  también son culpables del debilitamiento del Estado porque en lugar de detener la aplicación del Consenso de Washington lo aceleraron y profundizaron continuando con la venta de las empresas del Estado pero, por sobre todo, con el asesinato indiscriminado de sindicalistas y defensores de lo público.

El caso de Álvaro Uribe en materia de debilitamiento del Estado si merece un párrafo aparte, porque el “matarife”, no solo agudizó el Consenso de Washington, sino que de plano acabó con el Estado convirtiéndolo en un fortín del narcotráfico y destruyendo lo poco que le quedaba de su aparato productivo.

Y es que el doctor Uribe, que de doctor no tiene nada y de criminal lo posee todo, hizo que el país dependiera como nunca de la exportación de coca y de petróleo. Para comprobar el último punto vayan -de nuevo- a la CEPAL y vean las gráficas. ¡Son impresionantes! En uno solo de sus gobiernos el país pasó de una dependencia del petróleo de poco más de dos decenas porcentuales de sus ingresos a casi la mitad de sus exportaciones.

En serio, el delincuente del ubérrimo retrocedió al país 300 años y lo situó otra vez como el exportador de materias primas que está condenado a ser pobre por los siglos de los siglos dado el «tobogán del dinero» que describió el gran Kaldor con tanta brillantes.

Si amigos, Uribe nos volvió a convertir en colonia, solo que esta vez, no de una metrópoli sino del mundo entero. ¡Uribe nos acabó de arruinar!

Y esta, señores y señoras, es la breve historia de cómo se debilitó el Estado colombiano y se lo dejó sin las herramientas o capacidad de maniobra para controlar la inflación y subida de precios de los alimentos que hoy nos aqueja.

Vayamos a la siguiente tesis:

Historia sucinta de cómo pasamos de ser un país despensa de alimentos al cementerio más grande del mundo a cielo abierto, al tiempo que nos convirtieron en un importador de comida de nivel internacional.

Permítanme comenzar por mencionar, con algo de nostalgia, que hace algunos años Colombia era una despensa de alimentos de nivel internacional, sí, producíamos papa, yuca, arroz, granos de todo tipo, arveja, lenteja, garbanzo, frijol, maíz, pero también lácteos, huevos, verduras y frutas de todas las variedades imaginables, aceites y vegetales, pesca: tanto de rio como de mar y, claro, producíamos carnes en todas sus presentaciones (res, cerdo, pollo). En síntesis, desde el punto de vista alimentario éramos autosuficiente.

Pero varios acontecimientos horrorosos se cruzarían y harían que en tan solo 30 años pasáramos de ser los proveedores a ser los proveídos en cuestión de alimentos:

-el desplazamiento de campesinos desde el área rural al área urbano, desplazamiento que se daban no por la probable ambición del campesino de venirse a la ciudad para encontrar empleo que no había, sino por el brillo siniestro del fusil con que los despojadores de tierras a plena luz del día los echaban de sus parcelas para robárselas luego con anuencia de las autoridades locales y del delincuencial gobierno nacional.

-la acumulación de tierras productivas en manos de despojadores que al mismo tiempo eran los narcotraficantes o los políticos regionales y el uso de esas tierras en ocupaciones diferentes al de la producción de alimentos.

Después de todo ¿para qué sembrar? Si resultaba más fácil tirar un montón de vacas en los potreros o montar una finca de veraneo con piscina, toldo, hacer llover cerveza, wiski, ron, o lo que fuera. Acompañarse de putas. Pasarla de rumba en rumba y pegarle un tiro al que se atreviera a denunciar. “Hacer billete con la coca y votar por el doctor Uribe para que garantizara la continuidad del relajo”, era la consigna nacional.

Y es que la cultura traqueta de la cantante Marbelle también fue la cultura de apoderarse a sangre y fuego de las pocas tierras productivas que aún le quedaban en manos del campesino colombiano, acabar la faena que ya había comenzado con el arribo de los invasores españoles y continuado tan fielmente por sus descendientes: los delincuentes criollos en los años funestos de la colonia.

Después de todo, la cosa era bien fácil… llegar por la noche, amedrantar al campesino, violar a sus hijas y darles una orden perentoria: “se largan o se mueres hijueputas” y, al otro día, donde el notario que era también traqueto y listo… el traspaso legal de la tierra y por escritura pública… todo garantizado por el doctor Uribe -o el presidente de turno- desde Bogotá.

Pero hay un último elemento fundamental:  los Tratados de Libre Comercio (TLC) que causan no solo el desabastecimiento de alimentos de origen nacional (segunda tesis) que explicaré a continuación, sino que agudizan la exposición del país a los mercados internacionales como lo veremos más adelante en la tercera tesis.

Si señores, los TLC, particularmente el firmado con Estados Unidos que tiene un doble efecto sobre el desabastecimiento de alimentos, por un lado, porque se convierte en un aliciente para el exportador que prefiere llevarse los productos para los lugares donde mejor precio y, por el otro lado, porque desincentiva al productor nacional a producir una gama amplia de alimentos dado que el TCL permite a los importadores traer bienes y alimentos que son más baratos de producir en otro lado bien sea por tener una mejor infraestructura de costos, como por ejemplo una mano de obra más barata. O, peor aún, porque algunos gobiernos subsidian la producción de algunos productos, tal es el caso, por ejemplo, de muchos granos producida en Estados Unidos.

Y así, desplazamiento del campesino, despojo de tierras, acumulación de tierras productivas y destinación de las mismas a actividades distintas a la agricultura, sumadas a los TLCs hicieron que el país se desabasteciera de alimentos y, que siendo una un país tan productivo tuviera a la mayoría de sus habitantes al borde de una hambruna.

Por último, vayamos a la tercera tesis:

La historia sucinta de cómo es que Colombia llegó a quedar tan, pero tan expuesto a los vaivenes del mercado internacional.

Y de nuevo tenemos que comenzar con el clientelista Gaviria y rematar con el también nefasto Juan Manuel Santos. Pasando, claro, por Samper, Pastrana y, el peor de todos, Álvaro Uribe Vélez y sus tres gobiernos -ya expliqué que el periodo de duque no existe, que también es de Uribe-.

Y es que una vez que Gaviria impuso su contraproducente apertura económica el país se inundó de “inversión extranjera”, la mayoría de esa proveniente de los mismos fondos buitres que acabaron con Argentina y que en un futuro pronto -si no se hace algo- causarán estragos en Colombia. No se olviden que el nivel de endeudamiento en que el tercer mandato de Uribe (duque) nos está dejando está llegando a niveles francamente insostenibles (pero ese será motivo de otro artículo).

Muchas de las empresas del Estado se vendieron y se le permitió a las grandes corporaciones poner sus bases en estas tierras, lo que de suyo no está mal, de hecho, es aconsejable para el crecimiento de un país, el problema es que a muchas de esas empresas se les permitió entrar libres de impuestos, en algunos casos -como el del carbón- incluso el país pagándoles y permitiéndoles que hagan lo que les dé la gana con el medio ambiente y las comunidades de los lugares donde se asientan: no importa si eso implica que la gente se quede sin agua y muera de sed, que los niños se contaminen por los desechos mal tratados de esas empresas, o, incluso, se dé la contratación de sicarios por parte de algunas de esas empresas para que se asesinen aquellos que se oponen a sus planes depredadores.

Y es con esa apertura económica de Gaviria y los subsiguientes empujones que le dieron los otros presidentes, más la destrucción del aparato productivo que ya se explicó iniciada por el mismo Gaviria y continuada con rigor por Uribe que regresó -como también ya se dijo- el país a los años de la colonia en los que la dependencia de extranjero era y es total.

Y una manera en que se manifiesta más evidentemente la dependencia de un país con relación a otro, sin duda, es la moneda. Dependencia que en nuestros días no es otra que la del dólar. Porque un país que solo exporta materias primas y lo importa todo, incluido alimentos, no tendrá una opción diferente que la de sufrir cada uno de los desbarajustes que tenga la moneda que usa para su comercio internacional ya sea de subida o de bajada.

Desbarajustes que por lo demás son producidos en los lugares de donde esa moneda “divisa” tenga su origen. Y así, el dólar se convierte en el nervio que comunica los dolores de la economía mundial a la economía nacional, pero no solo eso, sino que los amplifica porque pequeños movimientos en la economía de origen -que es gigante- se trasmiten a la nuestra -que es pequeña- como verdaderos sunamis.

Y por supuesto que si sube el dólar se dispara la inflación: suben los precios de los alimentos, pero no solo de los importados sino también de los que se producen dentro del territorio nacional, pues estos últimos, requieren de insumos comprados en el mercado internacional pagados en dólares.

Bien amigos, hemos probado más allá de cualquier duda razonable que la situación de carestía y aumento de precios que estamos viviendo, que continuará y que quizás se profundice, no es simplemente una situación coyuntural sino el amasijo que se ha ido construyendo a través de los gobiernos malditos que nos han manipulado y saqueado durante los últimos tiempos… de nuevo, repito, con la anuencia y el aplauso de los medios de comunicación hegemónicos.

Así que no espere que esos medios masifiquen este documento tan necesario para todos los colombianos que soportan las inclemencias de estos gobiernos inmorales que los atropellan sin misericordia ni límite: ¡distribúyalo!, es el momento, las elecciones están cerca. Y recuerde la solución de Colombia la tenemos que construir entre todos.

Gente, un ultimo comentario si quieren aprender más de estos temas comiencen por darle una mirada al Acuerdo de Paz, allí, particularmente en el primer punto, se habla del tema de las tierras y la necesidad de una reforma en sus estructuras de tenencia, eso les dará también una idea de por qué el nefasto uribismo se niega a implementarlo y continúa haciendo gestiones para hacer trizas la paz.

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2 Comments on "Inflación, hambre y pobreza: la radiografía del país"

  1. Excelente…..

  2. Jorge Castillo | 8 enero, 2022 at 8:30 pm |

    Disiento que se incluya en ese cuadro a Samper. De hecho él siendo ministro de gaviria (así con minúsculas), renunció porque gaiviria quería la apertura rápida mientras que para Samper esa debía ser gradual y cautelosa. Ya en su gobierno que prometía ser de corte social, poco le dejaron hacer con el manido cuento del proceso 8.000 con el que de paso desbarajustaron toda la economía en razón a que a diario la prensa maldita se encargó de machacar y machacar el tema de ese proceso, cosa que jamás hicieron con ningún otro presidente beneficiado con los mismos dineros.

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