Hablemos de ética periodística

Por: Germán Navas Talero y Pablo Ceballos Navas

En Colombia el delito se paga con buenas posiciones para los hijos y nietos del delincuente.

Que les falta ética es innegable. No otra cosa puede decirse de algo que nos pone los pelos de punta, no solo por la falta de ética periodística sino por su mala intención. Bien sabido es que hay un abogado que se anuncia en inglés y que en alguna entrevista dijo que la ética y el Derecho nada tienen que ver. Esto parece ser muy bien emulado por algunos comunicadores que lo aplican a su campo.

El ejemplo de esto nos lo dio una entrevista en días pasados que se hiciere en Blu Radio donde Néstor –o nesticor, como le dicen sus fans-, sin que la política tuviese que ver en el enredo, le preguntó al director de la Policía sobre las investigaciones relacionadas con violencia callejera. El ‘periodista’ fue introduciendo en la charla al senador Gustavo Bolívar en forma tendenciosa, como quien parte de una hipótesis seria, por el papel del congresista en los hechos de perturbación al orden público que se encuentran en investigación. Ello lejos de ser falto de ética, es una porquería. Eso no es periodismo. Por eso, no madruguen a prender los radios para escuchar a este tipo de malintencionados comentaristas.

Estamos igualmente sorprendidos porque Karen Abudinen dejó embolatar 70.000 millones de ‘pesitos’ en el negocio de instalar puntos de conexión digital en las escuelas rurales del país. Los niños se quedaron sin internet y los amigos de Karen se terminaron embolsillando solo 70.000 millones de ‘pesitos’. Y si decimos “solo 70.000 millones de ‘pesitos’” es porque el señor Enrique Peñalosa se “abudineó” 140.000 millones, que mandó a la basura, desechando los estudios ya debidamente aprobados del metro subterráneo. Esos 140.000 ‘milloncitos’ –el doble de lo que botó la señora Abudinen– fue sencillamente porque a él le dio la gana. Su sucesora –que debe ser también amiga de la Abudinen– sin sonrojarse prosiguió con el derroche; descartó el metro subterráneo y continuó con el metro elevado de su mentor Peñalosa, y sin ningún remordimiento dejó en la basura el doble de los millones que Karen Abudinen les regaló a algunos hábiles contratistas. Más grave es este caso del exalcalde y hoy candidato presidencial, Enrique Peñalosa, pues no puede argumentar que fue engañado, ya que fue él quien por ciencia y paciencia dejó atrás los citados estudios.

Tanto es el cinismo que ahora el señor Peñalosa se candidatiza para ser Presidente de la República, y los idiotas que votaron por él para ser alcalde por segunda vez muy seguramente lo harán de nuevo en sus aspiraciones presidenciales, porque en Colombia al perro sí se la hacen dos y hasta tres veces, esperando el contratico que los saque de pobres.

–Cambiando de tema– Parece que los lambericas que fueron a apoyar la reelección de Trump le terminaron haciendo un favor a Biden, pues la simple recomendación de los uribistas de Miami fue sugerente para espantar a la gente decente que pudiese haber apoyado al señor Donald. Ahora las consecuencias las paga la Policía Nacional, pues el Congreso de Estados Unidos, con ponencia de una demócrata, denunció la muerte de 63 inocentes durante las protestas contra el gobierno Duque. A la vez, se limitó la ayuda económica para la Policía y la venta de armamento para el ESMAD, pues allá sí entendieron que este escuadrón de preventivo no tiene nada; que es un cuerpo de ataque, y que no es el más adecuado a la hora de atender desmanes. Este fue el favorcito de pachito Santos para sus amigos lambericas en Miami.

La propuesta de castigar al heredero de Uribe fue hecha por la congresista neoyorquina Alexandria Ocasio-Cortez en la ley de presupuesto de defensa de los Estados Unidos, esto en pro de los Derechos Humanos en Colombia. La felicitación por lambericas la hacemos extensiva no solo a Iván Duque, sino al Min-Defensa “Mamolano” y al embajador Juan Carlos Pinzón.

Si en nuestro país hubiese Procuraduría ya habría suspendido por lo menos transitoriamente al antes peñalosista que hoy funge como Ministro del Interior: el señor Daniel Palacios; a quien no sabemos ni cómo ni por qué terminó en un cargo donde se supone se nombra a alguien con experiencia política, como también con escuela previa en algún cargo público. Que sepamos, la hoja de vida del señor Palacios solo se enriquece por su cargo al servicio de Peñalosa. Fue este mismo ministro quien terminó calumniando en forma miserable a Gustavo Petro, al parecer con el beneplácito de ‘Máximo’ Duque, pues un presidente serio lo hubiese reconvenido para que dejara de meterse descaradamente en política.

Se dice que Uribe puso su títere –haciendo alusión a Iván– pues todos sabemos que quien maneja las cuerditas de este gobierno es el expresidente. Igual aseveración podemos hacer, sin ponernos colorados, cuando vemos el papel triste y ridículo de la señora Claudia López frente a los guiños de su jefe perpetuo: Enrique Peñalosa. Sugerimos que entre todos los bogotanos honrados hagamos una vaca para con esos dineros construir un monumento en homenaje a los peores alcaldes que ha tenido la ciudad desde el momento que el invasor y genocida Gonzalo Jiménez de Quesada quitase sus tierras a los indígenas para repartirla con sus compatriotas españoles.

Todo lo que Peñalosa quiso y no logró en su gobierno, incluido su POT, lo está haciendo su marioneta; ese muñequito que con cuerditas se deja manejar por el titiritero. En un tweet de esta semana que nos llamó la atención se dice algo que es muy cierto: “Duque no tiene ministros. Tiene un comité de aplausos con defensores. Todos pagados por el pueblo” – el twittero es @chesteralexan-.

Pero volviendo al MinInterior… En un país medio decente el ministro de lo político sería una persona que entienda la política y que respete a sus contradictores. Parece que el parentesco de descendencia con un ex-contralor que salió por prácticas non sanctas siempre alcanzó a afectar a las generaciones que le siguieron. En Colombia no patrocinamos que se hable de delitos de sangre, pero sí pedimos que haya un reproche social, como lo hay en la mayoría de países, para que personas cuyos antecedentes familiares que no sean de lo mejor no lleguen a dirigir los destinos del país. Si Hitler hubiese nacido y gobernado en Colombia seguro que alguno de sus nietos estaría en el Senado y por qué no, de ministro y candidato presidencial. En este país el delito paga con las sucesiones de cargos y de poder.

“Estamos en una democracia”. Eso se afirma porque, en teoría, es el pueblo el que manda, pero es puro bla, bla, bla. La prueba de ello es que están por volver chicuca -como lo hicieron con la paz- la ley de garantías con el fin de que los gamonales de pueblo puedan comprar votos con los contratos que les plazca bajo el argumento de que es necesario liberar la contratación para el desarrollo de las regiones.

¡MIENTEN!

Lo que quieren son contratos para que los amigos del gobierno puedan sacar dinero del presupuesto de la nación a base de ‘contratitis’ para comprar los votos, que es el negocio del partido en el poder. Así compraron otras elecciones, cosa que han y seguirán haciendo. La ley de garantías que congelaba este tipo de prácticas en época preelectoral volará como la Paloma del Senado, o como la paloma de la paz que sacaron a patadas.

Es el colmo del descaro. Germán –coautor de esta columna– fue garante de la conciliación de esta ley que buscaba que el gobierno fuese imparcial con su presupuesto en elecciones. Pero eso se acabó. Ahora que están en el poder es importante conservarlo, cueste lo que cueste, así el país esté como esqueleto en el desierto, quemado y asoleado. No les importa que la maniobra para tumbar la ley estatutaria de garantías sea valiéndose de una ley ordinaria –asunto que el ordenamiento no permite–. No les parece un impedimento suficiente para no intentar esta ‘jugadita’. Como decía el borracho: “¡Que viva la democracia, así el presidente sea Uribe!”

El chiste de la semana:

“Debemos unirnos en una alianza por la libertad”
(Rafael Nieto Loaiza en el periódico El Tiempo)

Si esto no es un chiste, sí se le parece mucho.

 

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