Viejo y Nuevo liberalismo

Por Gustavo Petro

¿Cual es la diferencia entre un viejo y un nuevo liberalismo?

Era una pregunta clave cuando el partido Liberal era el principal partido de Colombia y gobernaba el país. Indudablemente los tiempos han cambiado, el Partido Liberal apenas es una sombra de su pasado y la pregunta quizás para muchos, ya no es pertinente.

En realidad, Colombia sigue girando en las atmósferas políticas del viejo bipartidismo.

Esas atmósferas ahora son grandes coaliciones de partidos y de visiones del país y del mundo. Sigue existiendo una atmósfera conservadora que se volvió dominante en el país durante casi todo el presente siglo. En el gobierno conservador de Andrés Pastrana, se sentaron las bases de esta atmósfera dominante con el fracaso del proceso de Paz de 1998. Tanto Pastrana como las Farc fueron responsables de un fracaso histórico, que derrotó políticamente a la guerrilla de manera estratégica, y que derrotó al mismo partido conservador como el partido hegemónico de la atmósfera conservadora que se desataba en el país.

El partido conservador se convirtió en un apéndice de la nueva hegemonía retardataria, que encabezó Álvaro Uribe Vélez. De cierta manera el conservatismo colombiano fluyó de la jefatura de un dirigente republicano como Álvaro Gómez a la jefatura oscura de un Álvaro Uribe. Hay una enorme distancia intelectual y ética entre estos dos Alvaros.

La atmósfera conservadora hoy es una constelación de partidos que incluyen el Centro Democrático, las iglesias evangélicas de nuevo cuño y financiación norteamericanas, las tradicionales se alejan del lenguaje de la guerra y la exclusión, y que incluyen el viejo partido conservador convertido en vagón de cola gracias a su composición de clientelas. Esta hegemonía conservadora, logra de vez en vez el apoyo del partido liberal gracias a su bonificación con contratos y burocracias.

La atmósfera liberal también ha sufrido cambios. Ya no es liderada por el viejo Partido Liberal, sino por el progresismo que ha sabido copar los espacios electorales que antes eran del Partido Liberal. Ha avanzado de la defensa de los derechos individuales hacia los derechos colectivos y sociales, y los derechos de la naturaleza y de la vida, y ha logrado al final de dos décadas de hegemonía conservadora, alcanzar la posibilidad de una mayoría electoral.

A diferencia de lo que sucede en la atmosfera conservadora con el partido conservador, en la atmósfera liberal y progresista del país, el Partido Liberal no ha jugado ningún papel. No encuentra su rumbo en esta atmósfera de cambio, porque prefiere el estatus quo, prefiere las mieles de la clientela y la contratación, se pierde incluso en el paramilitarismo de extrema derecha.

El Partido Liberal parece fantasmal navegando en la historia. Cometió el error de apoyar a Duque y se inscribió en un fango derechista que le hizo perder todo contacto con su esencia, con la razón de ser de su existencia.

Por esta razón plantear la lucha de Galán en el nuevo escenario parece algo artificial porque ya no se trata de rescatar el partido Liberal de la clientela y de las mafias locales. Esa pelea se perdió y se hundió en la misma sangre del candidato inmolado por una articulación homicida entre clientelas liberales y mafias del narcotráfico.

Lo que valdría la pena es un repensar del liberalismo no como partido, sino como atmósfera de sentimientos de cambio y esperanzas de parte de la sociedad colombiana.

Un nuevo liberalismo no puede ser un neoliberalismo, aunque los términos sean iguales.

En mi opinión la senda liberal que se podría retomar esta en un viejo liberalismo olvidado: el de la revolución en Marcha.

El liberalismo del siglo XIX siempre estuvo cruzado por el conflicto social del entonces. En su nacimiento se encontró dividido entre los que buscaban un libre comercio, los importadores del entonces, y los que defendían la posibilidad de profundizar la producción nacional, representada en campesinos independientes y artesanos urbanos. Gólgotas y Draconianos se llamaban.

Los Gólgotas trataron de derribar a Obando, el presidente en 1854, con un golpe parlamentario, y ante sus temores para enfrentar el golpe, los artesanos que lo apoyaban decidieron convocar una revolución. Estaban organizados en las “sociedades democráticas” que la oligarquía santafereña llamaba “guaches” y se tomaron el poder armas en mano y con la ayuda del ejercito libertador. Los artesanos pusieron como presidente al último oficial del ejercito libertador, al general indígena José María Melo: el que había combatido como teniente en Bomboná y Pichincha, en Junín y Ayacucho, el que, aún muerto Bolívar, se había ido a luchar en Venezuela por la Gran Colombia. En 1854 se vivió el único gobierno de un presidente indígena, de origen Pijao, nacido en Chaparral, Tolima.

El 1854 de Bogotá vio un mundo de trabajadores manuales que se hacia al poder en la ciudad al lado de los soldados del ejército de Bolívar. Una revolución que no duró nada, apenas ocho meses. Fue ahogada en sangre por los ejércitos que entraron a Bogotá, organizados por los esclavistas del gran Cauca y de Antioquia. Conservadores y liberales gólgotas se unieron para derrotar ese gobierno popular.

Una vez exiliado José María Melo, disolvieron el Ejército Libertador. El ejército de Bolívar se había unido a los obreros del entonces y eso era imperdonable para las oligarquías de aquella época. Hasta ese año llegó la existencia del ejército de Bolívar. La historia militar que siguió fue la de los ejércitos de caudillos regionales y terratenientes y luego la de un ejército nacional formado en la escuela autoritaria prusiana.

El cadáver de Melo, fusilado por militares conservadores en Chiapas, es el único cadáver de un presidente que no está enterrado en Colombia. Tal la venganza de una élite seudo blanca contra el indígena que se atrevió a ser presidente.

El liberalismo que se había unido a los artesanos y había sido derrotado militarmente continuó en resistencia. El liberalismo bajo su forma draconiana había sentido el calor popular, se sentía un partido del pueblo. Dos tesis entonces se enfrentaron, la de la defensa de derechos individuales y la libertad de comercio, los importadores eran sus agentes sociales, y la defensa de derechos colectivos para defender la producción nacional: los artesanos eran sus agentes. Entre este conflicto los terratenientes, herederos del feudalismo español y el esclavismo hicieron cofradía con los importadores.

La vertiente popular del liberalismo no se perdió. Seis años después de este episodio nacía Rafael Uribe Uribe, antioqueño que se levantó en armas contra la constitución de 1886, la que habríamos de derogar nosotros en 1991.

Rafael Uribe Uribe, mantuvo la ligazón entre liberalismo y movimiento popular, con más claridad que el liberalismo de 1854. Propuso la construcción de una democracia real, con reforma agraria. Fue capaz de hacer la paz con los conservadores para defender a Panamá, y murió asesinado al parecer por sus ideas sobre la educación pública, que eran vistas con enemistad por el clero conservador del entonces y la policía.

Y llegamos a la última propuesta democrática del liberalismo: la Revolución en Marcha de Alfonso López Pumarejo, año 1936.

La revolución en marcha que se propuso modernizar el país de una manera democrática, era el eco del New Deal de Roosvelt y de la teoría keynesiana, pero era también el eco del movimiento campesino que exigía la reforma agraria y del naciente movimiento obrero en búsqueda de sindicalización.

En el gobierno de Alfonso López Pumarejo, se realizó la reforma constitucional de 1936, se habló del derecho a la huelga, un derecho colectivo, de la función social de la propiedad, un derecho colectivo, de la intervención del estado para buscar los fines esenciales de la sociedad, que es un derecho colectivo. En la ley 200, de tierras, se establecieron las bases para salir del régimen hacendario improductivo heredado del feudalismo español.

Son los obreros y los campesinos la base social de la revolución en marcha. Aquí vemos un liberalismo que hablaba desde el balcón a la clase obrera los primeros de mayo, aquí vemos el impulso a unas reformas absolutamente necesarias para la construcción de una Colombia democrática, aquí vemos un presidente al que le decían compañero.

La revolución en marcha resume y supera el liberalismo de artesanos del general Melo, y el de intelectuales, militares y artesanos del Rafael Uribe Uribe. El liberalismo de López Pumarejo es la expresión de un capitalismo industrial que se quería desarrollar, de un nacionalismo indispensable para la acumulación de capital nacional, y de un fortalecimiento de la organización sindical y campesina de cara a ampliar el mercado interno, base indispensable de la industrialización.

Ecos de esta revolución quedaron en algunos de sus participes en el gobierno del 36. Alberto Lleras, Carlos Lleras que armado teóricamente de la teoría cepalina, buscó el proceso de industrialización inducido por el estado, y no tuvo temor de adelantar un programa de reforma agraria democrática, incluso más avanzada que la de López Pumarejo. Pero ellos los Lleras solo fueron ecos moribundos de un liberalismo que ya perdía su raigambre popular.

Los hijos fundamentales de la Revolución en Marcha murieron apenas unos años después: Gabriel Turbay quien se suicidó triste en París y Gaitán, quien desde la UNIR, construyó la visión más radical de la Revolución en Marcha y cayó asesinado.

La división entre Gabriel Turbay y Gaitán dio paso a la conquista del poder por el Partido Conservador vestido del discurso y la práctica fascista que aprendió de Europa. Después solo hubo sangre y violencia contra el pueblo liberal y después un Frente Nacional que olvidó por completo la Revolución en Marcha y después el intento reformador de la constitución del 1991, que recuerda la reforma del 36, pero que es detenida por la acción paramilitar que ensangrentó el país como en 1948/64, y después viene el uribismo, que es el heredero contemporáneo de un laureamismo, pero sin luces intelectuales.

La revolución en Marcha fue el último grito liberal progresista. Su agenda aún esta allí sin mayor aplicación, tal cual la de la Constitución de 1991.

¿Por eso hoy es clave preguntar que es un nuevo liberalismo?

El neoliberalismo es la otra vertiente del liberalismo, la de derechas. La que arranca con los Gólgotas, la que se opone a Rafael Uribe Uribe, la del libre cambio empobrecedor, pero el neoliberalismo se instala como tal en 1990 en el país. El neoliberalismo, aparece de manera integral con el gobierno de Cesar Gaviria. Gaviria decide con su “Bienvenidos al futuro” aplicar lo más sustancial de la agenda neoliberal en Colombia, privatiza todo el aparato industrial que se había creado con Carlos Lleras Restrepo. Expide las leyes para privatizar los servicios públicos y construir allí mercados imperfectos, privatiza la salud y las pensiones con la ley 100, decide pasar a formulas de libre cambio, y destruye toda la institucionalidad agraria que se había creado desde 1936. “Bienvenidos al Futuro” es un verdadero salto al vacío que hoy podemos evaluar.

El neoliberalismo coincide con la mayor expansión del narcotráfico y el paramilitarismo en el país. De hecho, la libertad de mercados y la creación de mercados en la existencia humana potencia las ventajas comparativas, que en Colombia se convirtieron en cocaína, carbón y petróleo. Hay una profunda articulación entre neoliberalismo destructor de la agricultura y la industria nacionales y la expansión del narcotráfico y la economía fósil

El neoliberalismo fue una reacción en Europa y EE. UU. al nazismo, a la influencia soviética y al New Deal norteamericano, Como dice Foucault, pertenece a una tradición del pensamiento moderno centrado en la “Fobia al Estado” que se instala en el liberalismo, el anarquismo, y el Marx sin el marxismo; un pensamiento anti-estado que se profundiza precisamente como reacción a la expansión del estado que propusieron Nazis, soviéticos y keynesianos. Quizás el primer discurso neoliberal es el que se da en el Consejo Científico del ministerio de economía de la reconstrucción alemana, precisamente como respuesta a lo que se acababa de vivir en ese país.

El mercado podía ser una especie de vacuna contra el totalitarismo. Los precios quizás podían guiar sin autoritarismo la reconstrucción, pensaban los economistas alemanes.

Pero de ese inicio libertario a hoy, hay mucho trecho. En realidad, los precios no trajeron la reconstrucción, los precios escondían en su caída, el enorme incremento de una productividad basada en el uso intensivo de la energía fósil, que hoy pone en peligro de extinción no solo la vida humana sino toda la vida. La crisis climática y el omnicidio que produce es la expresión más grande, a escala planetaria, de la contradicción y falsedad científica de la teoría del bienestar de León Walras y Pareto. El mercado actuando libremente, como expresaba el pensamiento económico neoclásico, o la extensión de ese mercado a toda la existencia humana, como pensaban los neoliberales, no trajo la maximización del bienestar social sino la posibilidad del fin de la humanidad.

En cierta forma el neoliberalismo está a punto de superar a Hitler, contra cuya herencia actuó. No por nada el punto de lanzamiento del neoliberalismo se hizo desde una dictadura, la de Pinochet., o desde la destrucción del movimiento obrero, la política de la Thatcher, o desde las guerras por el petróleo, las de Reagan y Busch.

El totalitarismo criticado ha retornado como totalitarismo de mercado.

En Colombia esto lo medimos en hambre y desigualdad social, en violencia y muerte. El neoliberalismo a la colombiana, defendido desde Gaviria, por Uribe, no ha sido sino una narración retórica de la entrega del país al narcotráfico, a la violencia, y a los capitales especuladores. Como en los tiempos de la revolución del general Melo, los que hoy tienen el poder son los grandes importadores que destruyen la industria nacional, como desde esos tiempos los detentores del poder son los grandes hacendados herederos del esclavismo.

López Pumarejo fue derrotado y con él, la gran reforma liberal democrática. Lo que siguió fue la violencia y luego, el neoliberalismo, y luego, más violencia.

Por eso creo que el puente entre el liberalismo, el de los derechos individuales y el que comenzó la lucha por los derechos colectivos de la gente, con el progresismo, el de los derechos colectivos y el de los derechos de la naturaleza y de la vida, no está en el neoliberalismo, está en la construcción de una agenda que supere al neoliberalismo.

Si Alejandro y Cesar Gaviria, si de la Calle, si Velasco y los hijos de Galán y Lara Bonilla, si los descendientes de Agudelo Villa y Villar Borda, están dispuestos a esta enorme tarea, hablemos. Construyamos a la colombiana un nuevo camino que seguro será victorioso. El camino que responda a las necesidades de la sociedad colombiana contemporánea. La Colombia de hoy y de mañana.

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