Hasta Superman le renunció a Claudia López

Por: Germán Navas Talero y Pablo Ceballos Navas

Viajamos de Washington a Nueva York con muchos problemas entre pecho y espalda y tristeza infinita por la muerte de un consanguíneo. Eso, como el cemento Duco, pega duro.

Quisiera uno poder reírse pero la muerte golpea fuerte y pega al mundo y al asiento a quienes sobreviven, sin embargo esta pelota sigue girando y nosotros en ella, como pasajeros involuntarios que somos, seguimos viviendo.

A un lado de la carretera hay una señal con una “P” que indica que estamos cerca de una estación de policía. En muchas partes, esa P podría entenderse como protección, guarda de la ley y de lo permitido. Si lo entendemos así y vemos una señal que advierte la presencia de las autoridades, piensa uno que es una policía que protege la vida. En Colombia, por el contrario, la P es de prohibición. La Policía es la encargada de prohibir en la práctica hasta aquello que está permitido por ley; en la concepción de la moderna policía colombiana: permiso es desorden. En las escuelas de formación parece que no les enseñan a los uniformados que permitir es la razón de vivir. Prohibir todo es el absurdo, es negar la existencia y al individuo. “Prohibido parquear”, “prohibido detenerse”, “prohibido tomar fotos”, “prohibido estar acá”, esas son las P que caracterizan a la Policía colombiana.

Con la reforma que avanza en el Congreso nos gustaría que la P se transformara a una de pasear, de pintar, de parar, en últimas, de vivir. No obstante, el documento que presentó el gobierno parece ir en el sentido contrario: en vez de proteger la vida de los paseantes, quiere permitir –o legitimar (convertir en legítimo algo que no lo era)– los abusos de autoridad. Una reforma acertada sería una que le ponga fin a los comparendos impuestos porque al agente “se le da la gana”; que proteja a las ciudadanas del acoso sexual por parte de los uniformados; que persiga y judicialice a quienes, aprovechándose de sus prendas de dotación, extorsionan a pequeños comerciantes o a los policías que en el marco de un procedimiento para disolver una manifestación pública disparan al rostro de los ciudadanos, dejando como consecuencia mutilaciones oculares, mandíbulas destrozadas y pérdida de la orientación.

Bogotá está llena de “P’s” por todas partes, muchas de las cuales son innecesarias. Este símbolo es orgiástico para algunas autoridades, las cuales se realizan prohibiendo, tanto que parece ser la razón de su existencia restringir la libertad e impedir el goce del espacio público por parte de los ciudadanos. Nuestro anhelo es que algún día la P en Bogotá sea de permitir. Esto no es un problema con la letra P, es un conflicto con su significado, por lo cual queremos transmitir un mensaje a quienes tienen poder para prohibir: siempre será mejor hablar, transigir o conciliar que impedir. ¡Abajo la P de prohibir, viva la P de permitir!

Como de prohibiciones trata esta columna, no hay nada más ridículo que exigirle a un conductor de un automóvil moderno –so pena de ponerle un comparendo– que debe llevar una caja de herramientas en el baúl. Con una de estas y un carro electrónico, corre usted el riesgo de sacarse un ojo, porque si usted no sabe del tema, no tiene un computador para leer el estado del vehículo y aún así se pone a jugar, puede acabar con el carro. Sin embargo, en un retén de la policía de tránsito lo primero que se pide es esta caja, que además es incompleta, pues suele llevar solo una llave y un destornillador. Si la lleva, es posible que se salve de que un policía le ponga un parte, ojo, posible.

Le piden también que lleve un extintor con determinadas especificaciones. Parte de esta columna fue escrita a bordo de un carro último modelo que conducía un reputado abogado neoyorkino, quien al escuchar nuestra conversación nos preguntó si había que llevar uno de estos elementos en el carro. Ante nuestra respuesta, se rio, señaló el absurdo del requerimiento y creemos que, tras dejarnos en nuestro destino, debió carcajearse.

Muchos de los vehículos modernos, por ejemplo, no requieren llanta de repuesto puesto que sus llantas están en capacidad de mantenerse por varios kilómetros luego de pincharse. La complejidad se incrementa cuando la llanta no está pinchada sino reventada, caso en el cual le recomendamos que se contacte con un experto. Por otra parte, el botiquín no nos molesta, nos hace gracia. Dos curitas, una botellita de agua oxigenada, un esparadrapo y una aspirina, ésta última para tomársela luego de tener que soportar a un agente de tráfico en las ciudades colombianas. Durante nuestra visita a Washington vimos algo curioso, varios de nuestros conductores giraban a la izquierda, algo prohibido en Colombia –en el tráfico y en la política–. Quizá por ello nuestro país sigue siendo tan godo y le cobran a Petro, desde el centro hasta la ultraderecha, hablar siquiera de la posibilidad de virar a la izquierda.

En Colombia algunos están felices de tener ciudades llenas de buses y ahora el último motivo de orgullo es tener una segunda línea de metro sin que la primera opere. La alcaldesa ya habla de estaciones, conexiones y trazados, pero ¿conexiones con qué? Esto nos parece tan descocado como el atuendo de Superman, que se pone la ropa interior por fuera. En Bogotá con esas ropitas Superman sería llevado a una URI –Unidad de Reacción Inmediata (o de Ropa Interior)– y aunque estaría en capacidad de cambiar su atuendo en una cabina, no escaparía a la “mano dura” de las autoridades y seguramente abandonaría la estación con una multa por indecencia pública. El hombre de Acero, como en las historietas, tuvo que renunciarle a la alcaldesa porque no soportó más sus atropellos con kriptonita y medidas policivas que cambian tanto como la ropa interior. Mientras para algunos funcionarios de la Alcaldía el accionar del ESMAD ha sido desproporcionado y violatorio de los derechos humanos, para López –émula de Louisa Lane– eran apenas dulces caricias para un manifestante sin causa. Ella considera que en esta Arcadia no se justifica protestar por nimiedades y que cuando a un joven lo dejan con un ojo afuera, ya no hay Santa Lucía que valga –como reza el dicho-, y que igual, para eso le queda el otro –por lo menos– hasta la próxima marcha.

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