Fernando Guillén Martínez, Sociología Histórica y Política de la Participación

(Para la Revista Encuentros de Bucaramanga)

Gerardo Ardila
Mayo 5, 2021

Fernando Guillén Martínez es una figura que aparece en cualquier momento de la vida colombiana citado como un ilustre desconocido o como un clásico lejano. Sus libros son poco estudiados y su trabajo olvidado y relegado, tanto por la elegancia displicente de la academia como por la ignorancia común de la mayoría de los políticos sobre las cosas importantes. Pocos saben que fue periodista, jefe de redacción del diario colombiano La Razón al comienzo de los cuarenta, cuando dejaba de ser niño, pues había nacido en Bogotá en marzo de 1925. Después fundó y dirigió la Revista de Economía Colombiana, fue director editorial de la primera época de la revista Semana, y un columnista permanente de revistas y periódicos como la Revista de Las Indias, Razón, Vida, Sábado, Semana, El Tiempo, a la vez que enviaba colaboraciones a revistas de América Latina y de los Estados Unidos. Sus columnas se referían a temas de arte, teatro, literatura, cine y, desde luego, a la política, entendida como el proceso de estructuración de la vida social y de su acción sobre el mundo, y de los mecanismos sociales para acceder al poder.

Estudió la política en su más compleja manifestación; la manera como sus vapores llegan hasta los rincones más invisibles de la vida cotidiana a través del tiempo y la manera como la gente común puede encontrar mecanismos de participación que confieran sentido a su existencia en la vida social. Quizás el tema que articula toda la obra de Guillén Martínez es el de la participación ciudadana en la decisión de sus propios intereses; la participación política, en su ejercicio más complejo e integral. Tal vez sea esa escogencia temática y su lenguaje analítico directo lo que le valieron el temor y el olvido de sus contemporáneos y el tímido retorno de sus ideas y su figura a la vida colombiana.

En 1949 fue secretario ejecutivo del I Congreso de Intelectuales Nuevos, en el que participaron intelectuales colombianos como Virgilio Barco, Pedro Gómez Valderrama, Jorge Gaitán Cortés, Jorge Gaitán Durán y otros. En las conclusiones de este congreso, redactadas por Guillén sobre la base de las propuestas y debates que se propiciaron, se hacía una propuesta de política urgente para el país, que incluía el fortalecimiento de la democracia, el desarrollo de la ciencia y la investigación, el cuidado de los bosques y las aguas y la relación complementaria del desarrollo productivo con la protección ambiental. Años después, en 1958, publicó en Madrid La Torre y la Plaza: un ensayo de interpretación de América, en el que estudia los trazos de la ciudad española en América Latina y sostiene que la “ciudad española no alcanzó su plenitud formal sino en América”. Son temas novedosos en la mitad exacta del siglo XX, que sólo serían populares 50 años más tarde.

Unos días antes de su muerte, el 30 de abril de 1975, Guillén explicó su profundo sentido democrático y su entendimiento de la historia: “… Hay que oír. Hay que oír los pasos de la Revolución. ¿Pero hay que oír los pasos de una Teoría o la duración impredecible de una historia?”. Estas palabras prologan un texto publicado por Tercer Mundo en 1983, en el que Guillén seleccionó e incluyó escritos de Lemartine, Bruckberger y Ortega y Gasset junto a Trotsky, Kautsky, Mao Tse-Tung, Che Guevara y Roger Garoudy. Fernando Guillén Martínez no fue un intelectual de izquierda sino un pensador independiente que le concedía a cada cual lo que le correspondía y no tenía temor en escribir lo que pensaba. Como les ocurría a otros grandes, investigaba mientras escribía, de suerte que volvía sobre sus ideas una y otra vez, hasta encontrar el camino que lo condujera a un problema nuevo.

La tarde de su muerte en Chía, aún joven y pleno de entusiasmo, acababa de regresar de su oficina de la Universidad Nacional de Colombia en Bogotá, en el Centro de Investigaciones para el Desarrollo –CID-, donde un grupo de colegas lo acompañaba en un campo de indagaciones que él mismo se había trazado desde unos años antes. Una historia de las estructuras del poder y sus tejidos en Colombia, que todos habíamos leído de manera dispersa hasta que Orlando Fals Borda quiso publicarla en 1978 en su editorial Punta de Lanza y la tituló El Poder Político en Colombia. Descubre los elementos que usa el poder para mantener el dominio en los sistemas coloniales de la encomienda y la hacienda y dibuja su contexto para explicar los orígenes y dispositivos del clientelismo latinoamericano y del surgimiento de las regiones, al menos en el caso de Colombia. La profundidad de su análisis se basa en su interpretación de la historia, en su interés por descifrar los símbolos creados para marcar las diferencias y para mantener el poder. En particular esos mecanismos de poder que él mostró tras la estructura social y política surgida de la trilogía terratenientes-funcionarios-curas y de la posesión de la tierra como una base fundamental para acumular prestigio, capital y poder político en medio de una maraña de compadrazgos y relaciones a múltiples escalas.

En 1963 había salido su estudio Raíz y futuro de la revolución, publicado en Bogotá por Ediciones Tercer Mundo y había tenido que sortear un cambio de título, pues el original El Despotismo irresponsable no fue acogido por los editores. Se agotó con la misma velocidad con la que pasó al olvido, hasta que en el año 2017 Editorial Planeta decidió volver a publicarlo bajo el título Estructura histórica, social y política de Colombia. Este libro tiene una vigencia completa en las condiciones actuales de Colombia y América Latina. El análisis de la sociedad y de las condiciones culturales de la España de la edad media -y de sus consecuencias al llegar a América- contribuye a entender el comportamiento político y social tanto de las élites como de las “masas” latinoamericanas y, en especial, de los colombianos. Guillén subraya sus hipótesis principales de manera reiterativa, volviendo a ellas desde diferentes perspectivas: la primera, que la figura del hidalgo resume y explica la especificidad española y sus diferencias con Europa, con base en los aportes institucionales que hicieran los mozárabes, en particular el derecho a gobernar su territorio de manera autónoma, mediante un régimen representativo; la segunda, la importancia del vecino como ciudadano, quien puede elegir y gobernar y quien logra su libertad al tomar decisiones sobre sus propios asuntos con base en las características propias de su sociedad y territorio locales; la tercera, la contradicción entre esta herencia de municipalismo democrático y el feudalismo aristocrático que surge de la ilusión de acceso fácil a la nobleza, como producto de la tenencia de la tierra y de la confluencia entre los poderes que emergen de la alianza entre terratenientes y funcionarios, con mucha frecuencia acompañados por los curas doctrineros.

A mediados de los cincuenta, J.M. Álvarez d’Orsonville entrevistó a Fernando Guillén para su Revista Literaria acerca de su idea de la cultura; Guillén le dijo: “la cultura [es] la tarea continua de los grupos humanos por conocer y conquistar su mundo y por preservar y transmitir enriquecida la experiencia adquirida en ese trabajo. (…) la cultura es una totalidad de acción, es la vida misma, considerada bajo su aspecto creativo y comunicativo; (…) puede afirmarse que las condiciones elementales para que el trabajo cultural sea posible deben mirarse como un asunto de creación y como un asunto de comunidad. (…) Creación y comunidad, creación dentro de la comunidad, creación de y para la comunidad, son circunstancias y valores que se echan de menos trágicamente en la vida hispanoamericana y, por ende, en la colombiana. En vez de comunidades, de grupos humanos dotados de propósitos comunes y de vasos de comunicación orgánica, tenemos meras aglomeraciones urbanas inconexas espiritualmente o vastas extensiones pobladas por campesinos tristes, violentos y solitarios.” La idea de cultura como un proceso local, participativo, y como ejercicio político, alumbraba desde entonces su trabajo.

Fernando Guillén tuvo hasta el momento de su muerte el acompañamiento de su esposa, Josefina Jiménez, quien además de llevar un archivo minucioso de cuanto él hacía, de darle fuerza cotidiana para emprender la vida, tuvo con él sus siete hijos: María Clara, Gonzalo, Felipe, Alejandro, María del Rosario, María Margarita y María del Pilar. Ella acaba de morir, con más de cien años de una vida en la que jamás dejó de sonreír.

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