En nombre de Dios la democracia en El Salvador pierde la fe

 

«Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral nadie tiene que cumplirla.[…]Les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión! Monseñor Oscar Romero

Por: Luis Guillermo Pérez Casas / Defensor de Derechos Humanos y promotor de la paz

Las palabras que sirven de epígrafe a esta columna las pronunció monseñor Oscar Arnulfo Romero un día antes de ser asesinado. El ahora santo de la Iglesia Católica Monseñor Óscar Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador, fue atacado en plena eucaristía en marzo de 1980 por orden de la extrema derecha, que no le perdonó su llamado directo a los soldados para que dejaran de obedecer las órdenes de asesinatos y desapariciones.

Monseñor Romero afirmaba el compromiso de la Iglesia contra las injusticias “La Iglesia, defiende los derechos humanos de todos los ciudadanos, debe sostener con preferencia a los más pobres, débiles y marginados; promover el desarrollo de la persona humana, ser la conciencia crítica de la sociedad. La Iglesia tiene que ser la conciencia crítica de la sociedad, formar también la conciencia cristiana de los creyentes y trabajar por la causa de la justicia y de la paz. »

Su magnicidio fue un hecho tan grave que algunos lo consideran una piedra de toque para el inicio de la guerra civil El Salvador, hermoso país de escasos 25.000 kilómetros cuadrados, conocido como “El pulgarcito de América” luego de que así lo nombrara la escritora Gabriela Mistral, tiene una historia turbulenta de dictaduras militares y escuadrones de la muerte, así como una cruenta guerra civil que duró entre 1980 y 1992.

La contienda enfrentó a las guerrillas del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional(FMLN)con las fuerzas del gobierno, fuertemente respaldadas por Estados Unidos. Los rebeldes eran una federación de varios grupos entre los que estaban el Partido Comunista, las Fuerzas Populares de Liberación y el Ejército Revolucionario del Pueblo. Esta alianza insurgente tuvo alrededor de 15.000 efectivos frente a los aproximadamente 60.000 integrantes de las fuerzas armadas oficiales. El movimiento armado demostró gran fortaleza y hubiera podido tomar el poder de no haber sido por el involucramiento a gran escala de los Estados Unidos que pusieron su gran potencial militar, político y económico al lado del gobierno. La potencia del norte armó y entrenó a las fuerzas armadas oficiales, incluidos los batallones más sanguinarios como el Atlacatl comandado por el tristemente célebre coronel Domingo Monterrosa, que protagonizó la peor masacre contra civiles en El Mozote, donde fueron asesinados cerca de mil pobladores, entre ellos gran número de mujeres y niños. Por cierto, Monterrosa murió en su ley, ya que al notar su obsesión por silenciar a Radio Venceremos, emisora de la guerrilla que tenía una amplia audiencia y estaba dirigida por un colombiano, cayó en una trampa tendida por los partisanos. Éstos dejaron capturar un señuelo que parecían ser los equipos de transmisión pero que encerraban varios kilos de dinamita y el alto militar voló por los aires cuando los transportaba como trofeo en un helicóptero.

En el campo político los rebeldes no estuvieron aislados y se aliaron con el Frente Democrático Revolucionario-FDR-amplia coalición de sectores políticos y sociales opuestos a la dictadura e impulsores de una salida pacífica al conflicto.

También en el área internacional el FMLN obtuvo grandes espacios, incluyendo gran aceptación dentro de la sociedad y sectores progresistas en los propios Estados Unidos y es de destacar la declaración conjunta de los gobiernos de Francia y Méjico en 1988 reconociéndole beligerancia, lo que en términos del derecho internacional humanitario tiene grandes implicaciones, porque en la práctica significaba no sólo el reconocer la legitimidad de la lucha insurgente, sino el de aceptar y proteger a los voceros del movimiento guerrillero, entre otras consecuencias.

 

La contienda concluyó con los acuerdos del Castillo de Chapultepec. A partir de allí en la escena política, los dos principales actores fueron el partido de derecha Alianza Renovadora Nacionalista(Arena) y el FMLN, convertido en movimiento legal. El exgrupo insurgente gobernó durante dos períodos, pero evidentemente no respondió a las expectativas sobre su desempeño y en 2019 fue elegido Nayib Bukele, representante del partido emergente Nuevas Ideas.

Si bien la paz trajo el cese de los enfrentamientos, la situación social y la inseguridad, sobre todo la generada por las pandillas conocidas como “maras”, así como la corrupción y la ausencia de cambios reales en la política, llevó a una gran decepción ciudadana que fue aprovechada por el joven político y empresario. Este, a pesar de haber sido alcalde de la capital por el FMLN fue luego expulsado por cuestionar a las directivas del partido, luego se ha presentado como alguien ajeno a las componendas de la política tradicional.

Electo presidente con un mandato de cinco años, en su discurso de posesión el 1º de junio de 2019, animó a la población a respaldar los cambios que él impulsaría con la ayuda de Dios “Juramos trabajar todos para sacar nuestro país adelante, juramos que cambiaremos nuestro país contra todo obstáculo, contra todo enemigo, contra toda barrera, contra todo muro. Nadie se interpondrá entre Dios y su pueblo para poder cambiar El Salvador” . Creó el triunvirato el pueblo-Dios-Bukele o más bien Bukele-Dios-el pueblo.

Tanto en su campaña como en el ejercicio de su gobierno se ha mostrado como alguien sintonizado con las nuevas generaciones, que utiliza las redes sociales y se comunica directamente con el pueblo. Para él, los controles y limitaciones institucionales son un estorbo que no dudó en remover acudiendo a métodos autoritarios, por decirlo de manera suave. Fue así como en 2020, ante la negativa del Congreso a aprobarle el proyecto de presupuesto presentado por el Ejecutivo, dentro del cual se contemplaba un cuantioso préstamo internacional dirigido a fortalecer los organismos de seguridad, no dudó en convocar a las Fuerzas Armadas y hacerlas irrumpir en la sede del legislativo en una acción claramente intimidatoria. A eso se sumó la presión abierta a través de la convocatoria al pueblo y la descalificación de la legitimidad de los legisladores.

También son conocidos sus enfrentamientos con los órganos judiciales cuando toman decisiones que afectan al gobierno, lo mismo que su rechazo a los medios de comunicación cuando son críticos de su gestión. En el marco de una de las respuestas al coronavirus más estrictas de la región, policías y militares salvadoreños detuvieron desde el inicio de la pandemia a miles de personas por incumplir la cuarentena domiciliaria y los encerraron por 30 días, muchos pasaron semanas de hacinamiento y denunciaron haberse contagiado ante las condiciones insalubres. La Sala Constitucional de la Corte Suprema ordenó que cesaran las detenciones «arbitrarias», Bukele respondió que no acataría el fallo.

Cuando se pensaba que esta actitud le traería reproches en el interior del país y ante la comunidad internacional, nada de eso sucedió. La OEA bajo la secretaría de Almagro, tan presta a condenar a los gobiernos que no son de los afectos de los Estados Unidos, no produjo ni siquiera una condena formal. En El Salvador mismo, en las recientes elecciones parlamentarias y municipales, Nuevas Ideas y sus socios ganaron abrumadoramente.

Por primera vez en la historia reciente de la nación un presidente tiene mayoría absoluta en la Asamblea Legislativa (dos terceras partes de las bancadas), en tanto Arena y el FMLN quedan si no desaparecidos de la arena política, golpeados muy severamente y reducidos a la condición de total minoría. Tal mayoría le permitirá a Bukele reformar el Estado a su antojo y extender y consolidar su poder autoritario.

De hecho, la victoria presidencial y su corolario en los comicios de 2021 son un reflejo del rechazo popular a los partidos que tradicionalmente se han repartido el poder del Ejecutivo y el Legislativo en los últimos 30 años de posguerra. Bukele, gran comunicador, carismático y efectivo que utiliza con gran habilidad las redes sociales y los medios de comunicación canalizó ese sentimiento e hizo ver a Nuevas Ideas como la alternativa.

Con la coyuntura generada por la pandemia se reforzaron las respuestas autoritarias y el manejo clientelista de los bonos de apoyo para los sectores más necesitados, acción presentada como si fuera mérito propio y no un deber del Estado.

La aparente novedad del fenómeno Bukele no es tanta y ya desde la década de los 90 se presentaron situaciones parecidas como las de Berlusconi en Italia y Fujimori en Perú, con resultados más que negativos para la democracia. De alguna manera hay también similitudes con Trump y Bolsonaro en cuanto al manejo autoritario y el poco respeto por la institucionalidad.

De todos modos es un hecho que la incredulidad de los ciudadanos en la política y el descrédito de los políticos no son gratuitos y deben ser tomados con toda seriedad y responsabilidad por quienes pretenden dirigir el Estado. Los partidos y movimientos políticos deben revitalizarse y sintonizarse con el pueblo, no solamente en las épocas electorales sino permanentemente, procurando democracia interna e inclusión de la juventud, a nuevos sectores sociales, y de género. Es indispensable dejar atrás la costumbre de incumplir descaradamente los programas y promesas electorales. Así mismo, los parlamentos deben recuperar su legitimidad, retomando su papel fiscalizador y de control político, para volver a ser un verdadero foro en el que se debatan e intenten resolver los problemas de la sociedad. No es casual que en todo el continente el legislativo nacional figure como una de las instituciones más desprestigiadas, si no la más impopular, a pesar de ser formalmente, la más representativa de la democracia y de la voluntad popular.

En El Salvador mismo, los partidos alternativos, concretamente el FMLN, deben hacer un análisis sereno de lo sucedido y ser críticos de sí mismos. La pérdida de los afectos del pueblo, que en gran medida los apoyó durante la guerra y que le dio dos mandatos presidenciales, no es un mero avatar de los torbellinos electorales sino un castigo muy serio por haber caído en muchos de los errores que señalaban a sus adversarios y no haber sido consecuentes en la búsqueda de una sociedad más justa e igualitaria.

Es de esperar que tanto en El Salvador como en toda América Latina, la democracia pueda mostrar todo su potencial positivo para los pueblos, que deben entender que el destino está en sus propias manos y no en las de lideres mesiánicos, que por más carismáticos que sean, suelen tener agendas distintas a las que proclaman y terminan allanando mayores miserias que las que prometieron erradicar.

Concluyo con un mensaje del joven poeta y revolucionario Roque Dalton, asesinado de manera infame por quienes no comprendieron el amor de su poesía creyendo que las balas matan las ideas “Mis venas no terminan en mí, sino en la sangre unánime de los que luchan por la vida, el amor, las cosas, el paisaje y el pan, la poesía de todos.”

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