Paramilitares y guerrilleros en la historia

Por: Gustavo Bolívar Moreno

En Colombia se gradúan anualmente cerca de 600 mil bachilleres. De ellos solo el 17% pueden acceder a la Universidad y solo 5% termina una carrera. Para lograrlo, muchos de ellos han tenido que endeudarse, a veces para siempre, con el ICETEX. Porque como lo he dicho innumerables veces, en este país si el joven quiere estudiar para empujar el progreso de su país y dejar de ser parte del problema, le piden fiadores y no le subsidian la educación, como debiera ser en un estado de derecho, sino que le prestan la plata y con intereses. Los pocos que logran terminar la carrera salen endeudados y reportados a las centrales de riesgo, razón por la cual jamás pueden tener acceso a un crédito para el emprendimiento correspondiente. Entre tanto, a los más ricos de Colombia, aquellos que tendrían que vivir muchas vidas para gastarse sus inmensas fortunas, les regalan el dinero a chorros, ya sea vía subsidios, beneficios tributarios, exenciones o contratos ventajosos y muchas veces corruptos con el Estado.

Esto significa que más de 480 mil jóvenes se quedan cada año sin saber qué hacer en su inmediato futuro. Algunos entran al Sena, otros van a que los estafen en institutos de garaje donde la matricula es asequible, pero la mayoría, sin preparación alguna y sin más aspiración que la de devengar un salario mínimo, se lanzan a buscar un trabajo, aunque con muy poco éxito. El desempleo juvenil se ubica en Colombia en cerca del 24%, uno de los más altos de Latinoamérica. Otros, entran a la informalidad, es decir se ponen a vender mercancías que casi siempre compran con préstamos del gota a gota, esto es, al 10% diario (300% mensual, 7.200% anual).

Otra fracción de estos bachilleres, a la fuerza desocupados, ingresan a la delincuencia y otros más a la guerrilla, a las disidencias, a los grupos paramilitares o las bandas de narcotráfico. Muchos son menores, convertidos en máquinas de guerra, listos a ser bombardeados por un Estado que no les permitió educarse.

A algunos los determina la suerte. Un amigo, una gallada, un parche, una familia disfuncional, una fuerza pública abusadora y casi siempre una situación económica desesperante, administrada por un gobierno corrupto que no les brindan las oportunidades requeridas los pueden empujar a empuñar un arma, como herramienta de trabajo.

En el siglo pasado muchos empuñaron esas armas porque no tenían otra forma de hacerse escuchar. No existían los celulares, ni el internet y, por supuesto, ni las redes sociales. Recuerden la masacre de las bananeras. Diciembre 5 de 1928. Los obreros de la United Fruit Company entran a huelga porque les pagaban salarios de hambre y ni siquiera tenían descanso dominical. El gobierno, en vez de apoyar sus justas demandas contra una multinacional, les manda un general sanguinario, de esos que exigen litros de sangre, y este da la orden a sus soldados de disparar a los obreros. Según algunos historiadores mataron a 1.800. García Márquez en Cien Años de Soledad dijo que 3.000 y una senadora del Centro Democrático dice que cero víctimas, que eso fue un mito. Lo cierto es que aterrorizados, los sobrevivientes no tuvieron más remedio que regresar al denigrante trabajo sin poder hacer viral este HT: #PresidenteAbadíaAsesino o #GeneralCortésAsesino

Imaginen ustedes que un gobernante abusivo, presidente, gobernador o alcalde, llega a un pueblo y decide expropiarle las tierras a un grupo de campesinos. Con quién se quejaban en esa época. Cómo hacían viral la denuncia. Ni Fiscalía, ni defensoría del pueblo existían. Iban a la estación de policía y el comandante, que era ficha del político ladrón le prometía una investigación.

Imagínense ustedes hace 70 años, jóvenes, con ganas de expresarse políticamente o de participar en unas elecciones y que les digan, lo sentimos mucho, solo pueden votar liberales y conservadores (Pacto Nacional). Aquí no caben sus ideas, aquí no se puede pensar distinto a los padres de la patria descendientes de Bolívar y Santander. Los jóvenes de la época no pudieron viralizar el HT: #QueremosAperturaDemocrática o #NoAlPactoNacionalExcluyente

Imaginen hace 50 años. Se enteran que el presidente de la República hace pavimentar una carretera larguísima hasta la puerta de su finca. Y que otro empieza a escriturarle los baldíos de la nación a sus familiares. Y que otro suspende unas elecciones a las 10 de la noche y al día siguiente, aparece ganando el que iba perdiendo. Sin celulares, sin redes, sin internet ante quién se quejan. Y si salen a protestar sale el Ejército y dispara contra la multitud. Esos jóvenes a quienes les robaron las elecciones no pudieron volver tendencia este HT: #PastranaDevuelvaLaPresidencia o #CarlosLlerasHizoFraude

Por eso nacieron las guerrillas. Los jóvenes no tenían cómo expresar su indignación, no tenían cómo exigir justicia. No tenían otra forma de hacerse escuchar. Algunos dirán, les faltó imaginación para emular los procesos de “No Violencia” que estaban viviendo en la India con Gandhi y en los Estados Unidos con Martin Luther King pero yo les respondería que aquí tuvimos un apóstol de la No Violencia y nos lo mataron prematuramente, el 9 de abril de 1.948. No me cabe duda que Gaitán, después de la multitudinaria “Marcha del Silencio” celebrada el 7 de febrero del año en que lo mataron, y en la que los participantes debían avanzar en absoluto silencio, estaba empezando a gestar un movimiento de revolución no violenta de grandes magnitudes. Pero lo mataron y nadie pudo trinar #GodosAsesinos o #MataronLaEsperanza o #AGaitánLoMatóLaOligarquía.

A todas esas generaciones del siglo pasado les tocó hacerse oír por la fuerza. No quiero disculparlos pero no tenían otra forma de hacerlo. Por eso nacieron las guerrillas. Las FARC de origen comunista y campesino, el M-19 de origen universitario y nacionalista, el ELN de orientación marxista-Leninista, entre otros.

Hoy ya no sería válido ese camino porque ya existen el internet, las redes sociales y los periódicos alternativos para expresarse, quejarse, indignarse, hacer catarsis con las groserías, como hace Levy Rincón. Hoy la lucha armada no tendría razón de ser porque también está permitido pensar distinto, hacer oposición, disentir, denunciar. Hay cortes garantistas, hay una constitución, hecha precisamente por exguerrilleros del M-19 que permite hacer política desde todas las orillas ideológicas. Aún es peligroso hacerlo y se corre el riesgo de morir en un atentado o terminar en la cárcel por un montaje judicial, pero ese no es un problema de la Constitución. Ese es un problema del ser humano que estamos tardando en corregir vía educación para la paz, educación para el amor.

No tengo duda de que varios de los que hoy nos expresamos en las redes sociales con indignación, contra tanto abuso, tanta corrupción, tanto atropello, de haber vivido en esa época, hubiéramos terminado en un grupo insurgente. Afortunadamente nos tocó vivir otra época y digo afortunadamente porque en esta era tenemos las herramientas para hacernos ver, hacernos sentir, hacernos escuchar. Hoy un tuitero hasta con pocos seguidores puede poner en jaque un gobierno, una mafia, un político corrupto, un banquero poderoso y, haciendo uso de su sagrado derecho al insulto, puede decirle al Presidente de los Estados Unidos, al de Rusia, al de Colombia o al de Venezuela que son unos tantos por cuales.

Aquí regresamos al comienzo de la columna. Si en desgracia a nosotros nos hubiera tocado ser uno de esos miles de jóvenes que arrastrados por las circunstancias o por cosas del destino se tienen que enfrentar a la disyuntiva de si entrar a un grupo guerrillero o a uno paramilitar a cual hubiéramos preferido pertenecer? ¿De cual nos sentiríamos orgullosos o arrepentidos o avergonzados?

Al grupo de subversivos entre los que se encuentran Bolívar, Camilo Torres, Pizarro, Navarro, Petro, Mandela en Suráfrica, Pepe Mujica en Uruguay, Dilma en Brasil o al grupo de paramilitares famosos entre los que se encuentran el Ku Klux Klan norteamericano, las SS de Hitler y de Colombia los hermanos Castaño, Don Berna, Macaco, Jorge 40, El Águila, Diego Vecino, H.H, el Iguano, Rodrigo Cadena, Mancuso, Ramón Isaza, etc.

En mi caso no me hubiera sentido orgulloso de pertenecer a ninguno de los dos bandos, porque profeso la no violencia con devoción y soy fiel seguidor de las ideas de Jesús, Gandhi y Luther King, pero de lo que sí estoy seguro es que si en suerte, porque en este país a veces uno no es lo que quiere ser sin o lo que le toca ser, a mí me hubiese tocado haber sido paramilitar, hoy estaría profunda, profundamente avergonzado. Porque una cosa es agarrar un fusil para enfrentar a un Estado represor, ladrón, abusador que restringe la democracia, viola los derechos Humanos de tus compatriotas y se reparte los negocios, la tierra, los privilegios entre sus familiares y amigos, y otra muy distinta agarrarla para asesinar campesinos, desplazarlos, robarles las tierras, financiar políticos corruptos y desaparecer opositores.

La diferencia también es abismal cuando un rico ingresa a las filas de la guerrilla o ese mismo rico entra al grupo paramilitar. En el primer caso, el joven renuncia a la fortuna de su familia y a su vida cómoda para ir a combatir contra el Estado. Pasa de la legalidad a la persecución, de la tranquilidad a la zozobra, del caviar al arroz con papa, de las noches serenas a noches de terror en medio de caminatas extensas de varias horas, del prestigio al desprestigio, de los viajes de placer a viajes bajo fuego y, a veces, bajo azaroso bombardeos. Se deben tener ideales muy altos para hacer este cambio abrupto y peligroso de vida. Se debe creer en algo, para dejarlo todo por ir a buscar una muerte casi segura.

Es el caso de Camilo Torres, nacido el 3 de febrero de 1929, hijo de Calixto Torres Umaña e Isabel Restrepo Gaviria, miembros de distinguidas familias burguesas de la época. Sus padres lo llevaron a vivir a Europa entre 1931 y 1934. Estudió bachillerato en el Colegio Mayor de San Bartolomé de donde fue expulsado. Su hermana Gerda, estudiante de Medicina en la Universidad Nacional, fue la primera mujer en Colombia que empezó una carrera universitaria. Camilo empezó a interesarse por la teología y por las ideas sociales gracias a la influencia que recibió de dos sacerdotes dominicos de origen francés. Luego de meditarlo por largo tiempo y contra la voluntad de sus padres, ingresó al Seminario de la Arquidiócesis de Bogotá donde permaneció siete años. Fue ordenado sacerdote en 1.954, luego de lo cual empezó a trabajar en actividades sociales en barrios pobres de la ciudad. En 1955 viajó a Bélgica a especializarse en la Universidad Católica de Lovaina donde se graduó como doctor en sociología en 1958. Su tesis se llamó: “ Una aproximación Estadística a la realidad socioeconómica de Bogotá”. Regresó a Colombia en 1959 con la obligación y el llamado moral de trabajar por los pobres al tiempo que era nombrado capellán de la Universidad Nacional y profesor en la facultad de Ciencias Económicas. En 1960 junto a Orlando Fals Borda, Carlos Escalante, Eduardo Umaña, María Cristina Salazar, entre otros, fundó la primera facultad de sociología en América Latina. Estuvo en la Junta directiva del Incora junto al padre del exalcalde Peñalosa y Álvaro Gómez Hurtado férreos opositores a su idea de constituir una escuela Agraria en Yopal, Casanare.

Como reacción al Frente Nacional, Camilo Torres fundó el “Frente Unido del Pueblo”. Con un llamado a la abstención quería protestar por la restricción democrática de aquel pacto bipartidista que le negó a los partidos de izquierda la posibilidad de acceder al poder por las vías democráticas. Camilo se coaligó en esa época con los partidos que se oponían al Frente Nacional como el MLR, la Anapo y el PCC. Con ellos encabezó marchas pacíficas que a su modo de ver, terminaron en nada.

Influenciado por la Teología de la Liberación, y ante la imposibilidad de hacer mella en la que él llamaba “la minoría privilegiada”, publicó en el primer número de la revista “Frente Unido”, un mensaje a los cristianos en el que explicaba que “los medios eficaces para el bienestar de las mayorías no los van a buscar las minorías privilegiadas que tienen el poder porque por lo general esos medios eficaces obligan a las minorías a sacrificar sus privilegios”. “Es necesario, entonces, quitarles el poder a las minorías privilegiadas para dárselo a las minorías pobres”. “La revolución entonces no solo es permitida, sino obligatoria para los cristianos que vean en ella la única manera eficaz y amplia de realizar el amor para todos”. (www.filosofía.org Camilo Torres Restrepo)

Luego de estas disertaciones, Camilo renunció a su trabajo como profesor, a su vinculación a la Iglesia como sacerdote y se enroló en la guerrilla del ELN con un sentido discurso del que se destacan frases como “Creo que me he entregado a la revolución por amor al prójimo” “Cuando haya terminado la revolución volveré a ofrecer misa, si Dios me lo permite”. “Creo que así sigo el mandato de Cristo” (revista Frente Unido, numero 1, publicada el 26 de agosto de 1.965).

Y al parecer Dios no se lo permitió porque fue asesinado solo seis meses más tarde, el 15 de febrero de 1966, en Patio Cemento, durante un enfrentamiento con la Quinta Brigada del Ejército con sede en Bucaramanga comandada por el general Álvaro valencia Tovar. Este rico en conocimiento y en bienes materiales, entregó su vida por una causa. ¿Cómo censurarlo aunque lo que hizo haya sido censurable? ¿Cómo tacharlo de terrorista aunque los métodos que eligió para hacerse oír lo hayan sido?. ¿Cómo le critico la valentía que yo no tuve?. ¿Cómo convierto su valentía en cobardía, como lo hacen los medios del establecimiento? ¿Cómo degrado su altruismo con un simple comentario ignorante? ¿Cómo lo aplaudo por esos cojones si lo que hizo no es de aplaudir, carajo?. ¿Cómo homenajeo la vida, su vida, si está prohibido homenajear a quien toma un arma?. ¿Cómo entender que a través de la violencia alguien quiera conseguir la paz social?. Qué puto dilema escribir esto. ¿Digo lo que siento o digo lo que me toca decir para que nadie se alarme? Qué impotencia, al conocer estas biografías, la del Che Guevara no fue distinta, tener que abordar el análisis de estas vidas valientes desde lo políticamente correcto. Al carajo, como dice Silvio Rodríguez en su mítica canción Playa Girón: “Si alguien roba comida y después da la vida ¿qué hacer?. ¿Hasta dónde debemos practicar las verdades?”.

Ahora ilustremos el caso de un rico que se dedica al paramilitarismo. No tiene que abandonar sus fincas ni sus lujos. No tiene que huir de las autoridades porque trabaja de la mano de ellas. No tiene que ir al frente de batalla porque conforma ejércitos pagos que hacen el trabajo por él. Tiene la inteligencia del Estado a su servicio. No tiene que comprar armas en el mercado negro. No tiene que irse a la clandestinidad y a veces termina en la política, como Senador o como presidente de la República. No es bombardeado, ni perseguido y puede gozar de privilegios y excesos como los de llevar innumerables mujeres a sus fiestas. Nadie les audita las ganancias fabulosas que les deja el narcotráfico o la contratación estatal a cambio de financiar campañas. Son amigos del Estado. Del narcoestado. Son el Estado mismo. Pueden salir a los medios de comunicación a pontificar sobre la moral y sus adeptos defienden su honorabilidad. En realidad son unos cobardes con corbata que viven cagados del susto porque un hombre con cojones les llegue a desbaratar la fiesta, o mejor el festín, la orgía de dólares, poder, sangre de sacrificio y prestigio comprado.

Por las anteriores razones, no me avergüenzo de estar al lado de un exguerrillero. Tampoco puedo decir que me enorgullezco. Pero lo que sí puedo decir a todos los que me critican por estar a su lado, es que comprendo el fenómeno y el proceso. Lo entiendo y lo justifico en el hecho de que los jóvenes de esa época no tenían, como tenemos hoy, herramientas tecnológicas distintas a las armas para hacerse sentir frente a una mafia política, a un cartel de tierras, a un monstruo devorador de ilusiones que aún se mantiene en el poder.

Cómo avergonzarme de alguien que desde niño tuvo los cojones de arriesgar su vida, tal vez ilusamente, puede que equivocadamente, para ir a salvar a Colombia de lo que hoy todavía padece. Una desigualdad abrumante, una corrupción descarada, un autoritarismo miedoso, unas minorías aguantando hambre y discriminación.

Compañero Petro, adelante con la frente en alto. El 7 de agosto de 2026 usted tendrá su puesto en la Historia como lo tienen hoy Bolívar, Mandela, Mujica, Dilma Rousseff, hombres y mujeres que ante las injusticias y los atropellos de su tiempo no se sintieron obligados a seguir el libreto de la obediencia, la cabeza gacha, las rodillas al piso, que la mayoría de cobardes hemos seguido al pie de la letra en todo el planeta.

Viva el pacto histórico. Los tiempos han cambiado, la revolución pacífica está en marcha. Es nuestro momento, “compañero del alma, compañero.”

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