Desde el exilio, mi historia: El rostro de mi hermano colombiano

Por Luz Marina Cabrera Suarez (Miembro de Colombia Humana en Montreal-Quebec) Candidata Ph.D. Psicopedagogía y estudiante del Programa de Tecnología Educativa. Universidad Laval-Quebec

Para comenzar esta corta reflexión, les cuento que pertenezco a esa vieja generación afectada por el movimiento de la Teología de la Liberación. Me interesa especialmente el codesarrollo como proceso social de democratización de la gobernanza. Además, me siento interpelado por los procesos de responsabilidad social, las estructuras sociales de autogestión y transmisión de conocimientos, la construcción colectiva del conocimiento. Creo que de ahí viene mi profundo interés por la responsabilidad del individuo en el contexto social y viceversa. Me encantan las discusiones sobre los rituales semiológicos de la cultura popular que desgraciadamente la tecnología no permite, como las discusiones en un mercado público con los lugareños o en una fiesta popular. En sí mismo, el vínculo social es un creador de conocimiento. El lenguaje, la palabra, tiene una tarea mediadora fundamental en la mediación del conocimiento. Esto se hace a través del habla, es decir, a través del aprendizaje de la lengua materna. El proceso de aprendizaje se desarrolla entre el conocimiento, lo cognitivo y lo afectivo. No se puede interactuar sin aprender y aprender sin comunicar y comunicar sin sentir.

Mi obsesión, el tema alrededor del cual trabajo es la responsabilidad como un proceso social aprendido, un sujeto que atañe a la escuela, como espacio de aprendizaje, como un sistema abierto y constantemente interconectado con el entorno sociocultural. Desde mi punto de vista, través de la escuela, las normas profesionales, morales y éticas actuarían como intermediarios facilitando nuestra visión del otro, siendo actores de la alteridad.

El reconocimiento del otro implica justicia porque rechaza las condiciones de desigualdad social, física o mental. Es el principio de la alteridad, la transmisión del conocimiento, sin exclusión ni discriminación. El no reconocimiento del otro implica la exclusión, el prejuicio. La visión de la participación y la inclusión de todos escucha la necesidad del otro como principio regulador de nuestras relaciones, es decir, en el trabajo, en la familia, en nuestras relaciones, antes de actuar, antes de pensar, antes de emitir un comentario, nos ponemos en el lugar del otro.

El reconocimiento del otro implica considerar la realidad circundante, estar atento a los procesos ideológicos implícitos. Se trata de un reto que pone de manifiesto los límites del vínculo entre la ética y la política, entre la justicia y el derecho, entre el otro y lo mismo, entre la educación intencional y la no intencional. Es necesario comprender la estrecha relación que debe mantenerse en el reconocimiento del otro sin ambigüedades y aceptando cualquier característica que no parezca común al grupo o entorno social que los actores representan. Es la escuela la que más debe tener en cuenta, como organización social, abierta e influenciada por el factor humano. La participación, el diálogo, la justicia y la autonomía dan sentido a la dignidad, la fraternidad y la justicia y producen conocimiento

Hago esta reflexión inspirándome en el pensamiento de Emmanuel Lévinas, que me parece desafiante para los educadores y los responsables de la política educativa de hoy. Pensador cuya filosofía es esencialmente ética y trata de la relación del sujeto con los demás. Retengo dos ideas de Lévinas: la metáfora del «rostro» y la no reciprocidad en la relación de responsabilidad hacia los demás.

El rostro es una noción central en la filosofía de Levinas que descubrí gracias a mi colega Anicet Poda, estudiante de doctorado en tecnología educativa en la Universidad Laval de Quebec, que fue víctima en un contexto de violencia y xenofobia hacia los burkineses que viven en la Costa de Marfil entre 2010 y 2011. En sus propias palabras, Anicet me dijo que, al igual que muchos líderes comunitarios de Colombia en la actualidad, sólo podían esconderse en sus residencias con el temor de los «escuadrones de la muerte” que podían derribar las puertas en cualquier momento. En sus propias palabras, Anicet me dijo que «la guerra civil se vislumbraba en el horizonte y el gobierno de nuestro país fue acusado de ser el padrino de la rebelión y nuestra capital, Uagadugú, de ser la base de entrenamiento de los rebeldes. Muchos burkineses y malienses fueron violados y asesinados en represalia. Al final de la guerra civil, me conmovió constatar que la cadena «Televisión de la Resistencia» proyectaba cada día y sin comentarios una serie de rostros de diversos horizontes, incluidos los de extranjeros de África Occidental, reconocibles por sus galas o por sus cicatrices raciales. La peculiaridad de sus fotos es que mostraban en primer plano rostros alegres, radiantes de alegría, y a veces mostraban gestos de convivencia. El mensaje era claro: ¡hacer olvidar las escenas de horror de las matanzas, las torturas y la desfiguración de tantas personas…! »

Esta es la noción de rostro en Levinas, que no debe tomarse en el sentido empírico en el que el rostro se refiere a los rasgos de la fisonomía a través de la realidad corporal como una presentación hecha en la televisión que mi amigo vio después de la guerra. El rostro es una metáfora mediante la cual Levinas traduce la experiencia de la relación con los demás… Para él, el encuentro con los demás se produce en la revelación de su rostro. El rostro «habla» y lo que revela es su miseria, su vulnerabilidad. El rostro significa a los demás en su debilidad y mortalidad. Lo que el rostro revela es la realidad de los demás, su pura humanidad más allá de todos los roles sociales que puedan estar llamados a desempeñar. Es porque el encuentro con el otro se produce en la revelación de su rostro que trasciende todas las consideraciones ideológicas y filosóficas donde todas las relaciones se leen en términos de conocimiento y poder. Pero al mismo tiempo que el rostro revela la humanidad y la contingencia del otro, significa la petición silenciosa que a través de su presencia el otro me dirige. La apariencia del rostro es un mandamiento moral, una orden; la relación con los demás es la responsabilidad -para los demás-. En otras palabras, el rostro es el expresivo del otro, lo que me hace plenamente responsable: debo responder por todos los demás.

Se puede decir que Levinas ha radicalizado el planteamiento de Kant al encarnar la ley moral frente a los demás. Y frente a Hegel o Sartre, situó la anterioridad del bien sobre el mal en la relación del sujeto con los demás.

La segunda idea de Levinas que retengo es el hecho de que la alteridad en la relación significa que no es recíproca, es fundamentalmente asimétrica. La reciprocidad de las acciones no puede ser esperada por el sujeto; el sujeto debe saber cómo actuar sin saber lo que hará el otro. No se trata de un trueque en el que el otro sería llevado a devolverme el bien que le he hecho. Esta reciprocidad caracteriza el circuito de los intercambios económicos regidos por la regla del beneficio mutuo. Para Levinas, el yo se desvanece en un movimiento de generosidad fundamentalmente desinteresado, sin condescendencia ni paternalismo. Me parece que Levinas puede ser de especial ayuda para los educadores y los responsables políticos en el ámbito de la educación inclusiva. La principal obra de Levinas se titula Ética e Infinito.

Este enfoque teórico me empuja a revisar mis recuerdos de los sufrimientos que he observado y experimentado y en la búsqueda del sentido de mi ser. La gran aportación filosófica de Levinas puede verse como un camino hacia una sociedad mejor. Definir el interés, el egoísmo como causa de la violencia y el medio dominante para salir de uno mismo y responder a la llamada del otro es transformador. Es precisamente tu experiencia y la mía y la de miles de personas en todo el mundo, especialmente en Colombia hoy en día (mujeres, niños, hombres, atrapados en el sufrimiento extremo y la injusticia profunda) lo que exige un cambio radical en la percepción del otro. Un imperativo para salir del marco de mí mismo y del otro sin caer en el nosotros absoluto. Y esto no es el acto caritativo, sino la realización de uno mismo a través del privilegio de ayudar a los demás aceptando el principio universal de aceptar al otro, siendo todos iguales.

Para Levinas, elevar el concepto de moralidad a la figura del otro, asumo el riesgo de plantearlo especialmente en la acción social. Yo reformularía la pregunta: ¿dónde está tu hermano? como: ¿dónde estoy yo para mi hermano? Pues mi el grado de responsabilidad se encuentra en este ámbito de la filosofía experiencial basada en el otro. Una filosofía al servicio del ser humano por el ser humano.

Es en este intervalo conceptual de responsabilidad personal hacia los demás donde encuentro el sentido de la existencia del ser humano. Un sentido que busca romper todos los esquemas que miran al ser humano encerrado en sí mismo (egoísmo) que está en el origen de toda su violencia. Un sentido liberador que proyecta al ser en un entorno vivo y en constante interacción con los demás.

El otro debería ser todo ser humano que se presenta ante nuestra sociedad y pide justicia. El encuentro ético a través del lenguaje entre el otro (rostro) y la estructura que rige una sociedad se da en la construcción de la justicia, sin reciprocidad, pero asimétrica, ya que reconocer al otro es dar, pero dar como privilegio, el privilegio de dar al otro. En la medida en que la relación entre el yo y el otro no es recíproca, me constituyo como sujeto. Ser llamado a la responsabilidad no es un movimiento de mi parte hacia el otro, sino un imperativo inmediato e irrevocable que viene del rostro de dolor, de sufrimiento de mis amigos, vecinos, colegas y familia. Es una orden, una imposición que teje lazos más justos y construye sociedades más felices. Es sorprendente ver cómo poner el acento en la constitución del “nosotros” puede hacer que se rompa el egoísmo que lo constituye, lo que refuerza la noción de la responsabilidad social del individuo como valor social fundamental.

Por lo tanto, las raíces fundamentales de esta relación de identificación en el sufrimiento del otro, de sentir como propios los dolores sufridos por los demás, están en la política en el dinamismo del propio ser humano que participa en la toma de decisiones de la sociedad. Si bien a nivel universal hay un proceso que relativiza todo e incluso la ética; se afirma que no hay verdades absolutas y que todo es relativo, esto lamentablemente ha tenido consecuencias desastrosas en la participación de la educación como motor de construcción social. A través de los procesos educativos, mostramos a la sociedad y al otro como un objeto lejano, ajeno a nosotros, una visión sólo descriptiva de la realidad social. Por eso lo vemos todos los días, a nadie le interesa luchar por una sociedad donde el desinterés esté presente en las relaciones entre las personas, nadie quiere servir sin mirar a quién sirve.

Personalmente, estoy convencida, como muchos de ustedes seguramente, de que no es una utopía pensar que, a base de educación, aprendizaje y conciencia de responsabilidad social individual, podamos cambiar nuestra visión egoísta y la relatividad moral que nos permite utilizar medios que perjudican a otros para obtener nuestros propios beneficios. Las grandes transformaciones sociopolíticas y económicas nacen de un proceso educativo impregnado de acción y respeto por la dignidad y el derecho al amor.

Una sociedad que valora la responsabilidad social o nuestra responsabilidad individual hacia los demás, hará que los políticos y representantes de los partidos políticos se responsabilicen de las necesidades de las personas, y que recuerden que es el pueblo quien los elige con su voto, para que sepan resolver las precarias carencias que muchos viven, es decir, que trabajen por, para y con la dignidad humana.

Así, estamos ante el reto de construir una Colombia más humana, para sanar al igual que las profundas heridas descritas en las venas abiertas de la América Latina, los rostros olvidados, maltratados y deformados de nuestro país. Gracias por su preciosa acogida. Espero seguir compartiendo humildemente mis opiniones con ustedes.

 

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