En monopolio siempre gana el presidente

 

Por: Germán Navas Talero y Pablo Ceballos Navas

Político profesional es aquel que aprendió a vivir de la ingenuidad

e ignorancia de sus seguidores.

En los juegos, con los que desde niños nos entreteníamos, siempre hay alguno en el que se roba, se mete a la cárcel, se saca del juego; en fin, algo se le hace al oponente. En el parqués, por ejemplo, si usted se descuida se lo comen, y si usted no se come a aquel que debía, lo mandan a la cárcel. Así es la política nacional, con la diferencia de que en Colombia en la cárcel no están todos los que son, ni todos los que están deberían estar.

De esos jueguitos de la infancia el que más se parece a la mafia es el del corazón de la piña. Recordarán ustedes: “el corazón de la piña se va envolviendo, se va envolviendo, y toda la gente se va cayendo”. En este, los niños se iban abrazando alrededor del que había sido nombrado corazón de la piña, y cuando todos estaban unidos seguían apretándose hasta que, quien estaba en el centro, terminaba por caer. En el juego de la “narcomafia” pasa lo mismo: todos giraban alrededor del corazón de Carlos Lehder –hasta que lo tumbaron–; como giraron también alrededor de ‘el Chapo’ Guzmán –a quien también hicieron caer; incluso giraron en torno a Pablo Escobar –aunque ahí, los que lo lograron tumbar, siguieron girando y ahora están en el propio Centro–.

Hay otro jueguito que parece de urbanizadores y es el que llaman la golosa, en el que los niños botan una tapa o una cáscara a un cuadro y luego brincan de recuadro en recuadro hasta que, el que complete el circuito, se queda con ese cuadrito. Igual que en los negocios inmobiliarios de las grandes ciudades, donde quien lanza la cascarita de primero, termina quedándose con los mejores lugares.

En el juego de la vida –como dice la canción– gana el vivo y pierde el pobre; sin embargo, el juego más parecido a la realidad de nuestro país es: el monopolio. En este, cuando se da la largada y a medida que tenga usted suerte o astucia, puede ir comprando un edificio, una calle, un parque, la cárcel, y hasta el mismísimo banco, si le interesa. Al mejor estilo de Sarmiento Angulo el jugador puede hacer préstamos a otros, garantizados con la hipoteca de los bienes del deudor, y tal como en la vida real, el acreedor puede quedárselos si se incumple el pago. En este jueguito el que prestó, siempre gana.

En monopolio usted puede comprar un aeropuerto; en Colombia, con un poquito de palanca, el Gobierno puede entregarle ese mismo aeropuerto “en concesión” o de una vez privatizarlo. Y se ha llegado al extremo de que –si usted tiene una finca, tiene los recursos y quiere construir su propio aeropuerto– con una muy buena palanca en la Aeronáutica puede, incluso, conseguir –como ya sucedió– que le autoricen su propia pista, como por ejemplo en Tranquilandia, en donde el cartel de Medellín montó su propia terminal aérea. En el juego del monopolio usted puede comprar los bancos ofíciales y en ese mismo jueguito un banquero le presta a usted dinero y luego se queda con sus bienes y con su plata.

Pero también –tanto en el juego como en la realidad– se compra el poder. Es así como usted puede –a cambio de votos– “comprar” una institución para manejarla a su acomodo en reciprocidad por el capital electoral que le ofrece a un político. Nadie, ni el bobito de la esquina, puede negar que el que va ganando el monopolio es el presidente Duque, pues él se ha hecho con la mayoría de acciones en el Legislativo, buenos dividendos en el Judicial y es el dueño absoluto del Ejecutivo. Excelente jugador de monopolio. La última jugada que hizo fue comprar para su gobierno el Ministerio Público o Procuraduría, y de paso la Defensoría, liderada por un politiquero que fue quien salvó a Óscar Iván Zuluaga al cerrar la investigación que contra este se adelantaba en el CNE por la financiación de Odebrecht.

Nosotros creíamos que la Procuraduría era independiente del Gobierno, porque así lo concibió la Constitución; sin embargo, nuestra muy querida amiga Cabello Blanco dijo en su posesión: “acompañaremos a nuestro gobierno”. Nos reconforta saber que no somos los únicos preocupados por este ambiente de excesiva cordialidad entre el Ejecutivo y el Ministerio Público; el conservador Álvaro Leyva Durán opinó sobre la unción de la nueva procuradora, y afirmó: “de nuevo se le desbocó la lengua a Duque con motivo de la posesión (…) No logra entender que su rama no es la justicia. Dejó notar que en materia de paz puede ser peligroso”. Si le hacemos caso a la señora Constitución, encontramos que el Ejecutivo está compuesto por el Presidente, el Vicepresidente, los ministros del gabinete y los directores de departamentos administrativos. Así pues, que la Procuraduría no hace parte del Gobierno y, por el contrario, su misión –como figura textualmente– es “vigila[r] la garantía de los derechos, el cumplimiento de los deberes y el desempeño íntegro de quienes ejercen funciones públicas”.

En este juego de monopolio Duque se está quedando con todo, y no queda ni un ente que pueda llamarle la atención a sus pupilos, pues el señor fiscal es otra de sus propiedades. ¡Y una de las consentidas! De buenas estuvo el país que no pudo llevarse todos los billetes, pues le fallaron los cálculos para tomarse –por intermedio de su amigo Bonos Carrasquilla– el Banco de la República, que sigue siendo entidad autónoma, a pesar de los intentos por tomárselo. Valiéndose del poder que le da el monopolio y para tranquilidad en sus paseos, el Presidente se compró un helicóptero de lo más chévere por unos cuantos millones de dólares. En este ‘aparatico’ tal vez le sea más fácil llegar con el fiscal y su combo a cualquier inauguración que en el futuro se presente.

Finalmente, los congresistas de Cámara y Senado, con honrosas excepciones, le votarán favorablemente todas las leyes que a él se le ocurran, y se asegurarán de que no prosperen aquellas que le mermen su poder. Obvio que el equipo del poder se le descompuso, pues su coequipero Trump se salió de la pista; se volteó, se tiró la tribuna y falta poco para que termine con procesos encima. Es tan divertido este juego, que Duque se dio el lujo de afirmar que compró 30 millones de dosis de vacunas, y no le han dado recibo ni siquiera de una sola ampolleta. Y nadie puede preguntar. Definitivamente en el juego del monopolio, contrario al del parqués, no hay manera de llevar a nadie a la cárcel.

Coda: algo parecido al manejo que al país le está dando Duque, lo hizo Peñalosa con Bogotá durante su alcaldía, y así parece que quiere continuar su sucesora.

Los autores de esta columna somos pareja. ¡Pero impar!

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