El extremo centro apolítico, un nuevo escollo en la lucha por la democracia

El extremo centro apolítico, un nuevo escollo en la lucha por la democracia

 

Por: Leydi V. Carvajal

Estamos a 10 días de finalizar el año 2020 y crece la tensión de cara a lo que será la coyuntura política del 2021, un punto de quiebre frente a las elecciones del 2022. No es de extrañarse que los partidos políticos empiecen a tejer sus alianzas y estrategias de campaña, pero hay una ansia de poder insaciable por el centro democrático y sus aliados, conservadores, cambio radical, Mira, partido de la U, que pretenden imponerse a través de reformas amañadas y organizadas a conveniencia de sus intereses particulares, privatizadores de cuanto esté a su alcance, tal como han hecho con la privatización paulatina de la educación sintetizada en la ley 30, con el sistema de salud a través de la ley 100 o con la reciente reforma electoral, manifestación del autoritarismo con el que se violenta la democracia de la nación y se le niega la participación legal al pueblo.

Hay un concepto que se ha puesto en boga en algunas comunidades juveniles, subculturas, ciudadanías libres, y es el concepto «apolítico», en el sentido de antipatía, desinterés, neutralidad frente a los temas concernientes a la política. Como postura, apolítica equivale a mirar para otro lado, a lavarse las manos, a decir “yo no fui el que eligió a este gobierno nefasto”. Si se aborda a la luz de lo que significa vivir en un país democrático y a la importancia de ejercer los derechos fundamentales consagrados en la Constitución, la apolítica expresa un distanciamiento consciente de la realidad social que atraviesa Colombia, sobre todo en esta coyuntura en el que se están debatiendo temas estructurales en el ámbito ideológico, económico, jurídico, social, cultural y político.

Es crucial reconocer la historia de nuestro país, indagar, beber de fuentes confiables, en donde se evidencie su consolidación como república independiente y lo que ha costado la participación de las minorías en un sistema totalitario de élites en el poder, de clanes y familias mafiosas que eliminan la diferencia de ideología y al mismo contradictor político. Es importante mantenerse conectado, no aislarse, e intentar conocer el contexto actual del país y su devenir histórico, participando en tendencias políticas que protejan el agua, el territorio, la vida, con acciones que conduzcan a fortalecer lo público en educación, salud, energías renovables, en una perspectiva progresista, o por el contrario, ir a contemplar las ballenas dando la espalda a un país donde se niega la diversidad cultural, se amenaza a líderes sociales, defensores de derechos humanos, ambientalistas, donde se deforesta y se entrega la riqueza de la Nación a empresas extranjeras, donde se planifican desplazamientos forzados de comunidades campesinas e indígenas, se persigue y asesina a los manifestantes y opositores en nombre de la institucionalidad, se realizan masacres constantes a la población civil.

Expertas en el engaño, las alianzas uribistas pretende ahora disfrazar su política de extrema derecha, su genealogía fascista, con la articulación de los significantes «apolítico» y «centro» para emprender una campaña de posicionamiento del delfín Tomás Uribe, para que la palabra amañada sirva, además, de escampadero para mejorar la imagen deslucida de los partidos tradicionales. Se valen de la retórica para palear el mal manejo dado a los recursos públicos durante la pandemia y minimizar el hecho de que sigan procesando a sus integrantes por corrupción. A estas alturas el nombre de su partido matriz, que reluce con la palabra «centro», es leído por el ciudadano como vertiente ideológica de extrema derecha que promueve la privatización, el alza de impuesto, la precarización laboral, el ataque a la educación pública, la mercantilización de la salud. Siendo el «centro» sinónimo de extrema derecha han optado por autodenominarse “extremo centro”, como sostiene en entrevistas el presidente Duque, para maquillar la imagen caída de los partidos en el gobierno y para engatusar a otros partidos que se consideran políticamente correctos como una fracción del partido verde y el movimiento Compromiso Ciudadano en cabeza de Sergio Fajardo.

El concepto «apolítico» en boca del ciudadano de a pie, el abstencionista, el indignado por el cinismo del mal gobierno, el alérgico a los politiqueros, no debe ser el pretexto para dejarlo a la buena de Dios, sabiendo que el extremo centro apolítico es una fórmula excéntrica capaz de tergiversar amañadamente para continuar engañando a la población con todo el rigor del autoritarismo y la exclusión. Por ello no solo se debe trabajar en la coyuntura electoral de cara a la presidencial de 2022, sino realizar trabajo de base en los territorios y departamentos en donde se visibilicen liderazgos fuertes para lograr renovar el Congreso de la República en sus dos cámaras, tanto Senado con un número de 56 curules y Cámara de representante con un número de 86 curules, como ha sido enfático el senador Gustavo Bolívar. Así se garantizará una participación constante y copiosa de las regiones para cumplir el objetivo de una bancada mayoritaria en el Congreso.

Al igual que la representante a la Cámara, María José Pizarro, quien ha sido promotora del proyecto de ley que impulsa la renta básica, la matrícula cero, constructora de la participación de las Juventudes, de la participación Feminista como vertiente progresista, y ahora en conjunto con el representante a la Cámara, David Racero, y con aliados del partido Polo democrático y la Unión Patriótica-UP, han impulsado la campaña de Renovar el Congreso, promoviendo la tendencia del hastag #RenovemosElCongreso.

Las juventudes colombianas, las generaciones progresistas, las ciudadanías libres, los obreros, los campesinos, los afrodescendientes, las minorías del país, comunidades LGBTIQ+ y todas las diversidades, defensores de la vida, de derechos humanos, líderes y lideresas sociales, ambientales, deben seguir tejiendo puentes para construir un gran pacto histórico por la verdad y la construcción de paz, en una democracia restaurada donde se respeten los derechos fundamentales. Este final del 2020 debe significar el cierre de un ciclo sufrido para el pueblo colombiano, con engaños y mentiras, además de Covid, donde aumentó la pobreza extrema y la desigualdad, pero también donde se luchó contra el peor gobierno en la historia de Colombia, capital político acumulado con el que iniciaremos un nuevo ciclo en el 2021 con toda la esperanza y el positivismo fortalecidos para materializar el proyecto de una Colombia renovada, en paz, democrática, incluyente. Todas y todos podemos hacer parte del cambio.

 

 

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