El cuento del rey Midas, versión actual

Por: Jaime Gómez Alcaraz

Analista Internacional – Vocero en asuntos de política exterior del partido Iniciativa Feminista de Suecia

Recuerdo que de niño leía el cuento del rey Midas y me impresionaba imaginar cómo una persona podía transformar en oro todo lo que tocaba. En el siglo XXI tenemos un nuevo rey Midas. Se llama neoliberalismo.

Los principales medios de prensa en el mundo han hecho eco a la noticia que el pasado 7 de diciembre el agua empezó a cotizarse en el mercado de futuros de materias primas de la bolsa de valores de Wall Street. Si, leyeron bien… el agua. Ese elemento de la naturaleza que es imprescindible para la vida. El agua tendrá el mismo tratamiento como lo hacen el petróleo o el oro para establecer su precio en el mercado.

Para establecer el precio del agua se utiliza el “Nasdaq Veles California Water Index”, que el día de la introducción en bolsa cotizaba a $486,53 por acre-pie, medida de volumen utilizada en Estados Unidos que equivale a 1,233 metros cúbicos. La comercialización de este recurso natural se desarrollará de acuerdo con las reglas del “mercado”. Y cuando hablo de “las fuerzas mercado” hago referencia a los grandes conglomerados económicos que manipulan la economía en aras de sus propios beneficios. Y detrás de cada conglomerado, hay personas de carne y hueso y esas personas son quienes manipulan el mercado y se benefician de él, son quienes se enriquecen a costa del sufrimiento de otros seres humanos. Son los principales defensores del neoliberalismo.

El neoliberalismo, la expresión más cruda y violenta del capitalismo, busca grandes libertades para el sector privado, minimizando el papel del Estado y pretende invertir en el libre comercio como factor regulador de las tensiones de clase. El neoliberalismo se instauró en América Latina con una fuerza sorprendente en los años 80 a partir de las reformas económicas introducidas por la dictadura en Chile, bajo el liderazgo de Augusto Pinochet y planificadas por el economista Milton Friedman, junto con los llamados Chicago Boys.

El neoliberalismo fue la base ideológica cuando Friedrich Hayek -quien abogaba por la ausencia de controles como modelo de libertad- rechazó el estado de bienestar y tuvo una fe indudable en el mercado. Además, solo reconocía los derechos humanos que no entraran en conflicto con el libre mercado. Como dice el profesor universitario Víctor Correa de Lugo, «Hayek creia en la necesidad de la libertad de las fuerzas del mercado y por respeto al mercado, la libertad humana se haría realidad«. Por este trabajo, Hayek recibió el Premio Nobel de Economía en 1974.

Tras el experimento en Chile, el neoliberalismo se ha extendido y está explotando en todo el mundo para hacer crecer el sector privado a expensas del sector público, incluida la privatización de empresas estatales y servicios públicos. Y como en este caso, pretende regular el agua introduciéndola en la lógica del capital y por esa via reducir a una mercancía a la vida misma.

Ejemplos existen de cómo se comercializa el agua a gran escala. En 1999, un consorcio llamado «Agua del Tunari», dirigido entre otros por “International Water Limited” (Inglaterra), la empresa sin fines de lucro Edison (Italia), Bechtel Enterprise Holdings (EE.UU.) y Abengoa (España) adquirieron la planta procesadora de agua SEMAPA en Cochabamba y se hizo cargo de la operación del agua. Los precios del agua fueron subidos sorprendentemente al momento de inicio de las operaciones. En el año 2013, Peter Bradebeck-Lethmate, jefe del consorcio de Nestlé, manifestaba en una entrevista que el agua no debería ser un derecho. El agua, afirmaba, es como cualquier otro alimento y, por tanto, debe tener un valor de mercado. Y además agregaba que la idea que el agua es un derecho universal era extrema. Otro ejemplo lo tenemos con Coca Cola, quien utiliza grandes cantidades de agua en India mientras los habitantes locales experimentan escasez de este líquido.

Como el rey Midas, el neoliberalismo pretende convertir en mercancía todo lo que toca.

El modelo neoliberal fomenta el crecimiento continuo y transforma todo aquello con lo que entra en contacto en una mercancía, como lo hizo el rey Midas. Ello implica que fomenta la explotación indiscriminada de la naturaleza y conduce a la destrucción de la Madre Tierra. Por esta razón, encaja en la lógica neoliberal privatizar también el agua o explotar la naturaleza, incluso si la vida en nuestro planeta está amenazada, todo en nombre del libre mercado.

Según expertos, dos tercios de la población mundial pueden experimentar escasez de agua en 4 años. Ese será un factor que contribuya a aumentar el número de refugiados climáticos y el riesgo de conflictos armados es inminente. Por ello, es necesario trabajar por la solidaridad global y por unas relaciones comerciales justas donde se respeten los derechos de la naturaleza y los derechos humanos. La influencia de las empresas multinacionales en los acuerdos comerciales debe limitarse drásticamente a favor de los movimientos populares y deben tener en cuenta el respeto de las condiciones locales desde una perspectiva ecológica y social.

El neoliberalismo se basa en una perspectiva capitalista que crea una gran desigualdad económica, reproduce estructuras coloniales y explota tanto a la naturaleza como a los seres humanos. El aumento de la desigualdad económica es una amenaza para los derechos de las mujeres, la población LGBTQI, los trabajadores, los pueblos ancestrales y la Madre Tierra, especialmente en el sur global. La lucha contra el neoliberalismo con sus consecuencias en la forma de la destrucción de nuestro planeta y la explotación de los cuerpos debe situarse en la cima de la agenda feminista.

La voz de la sociedad civil y sus organizaciones populares, con una postura crítica frente a las políticas neoliberales y reaccionarias que limitan el acceso de millones de personas al disfrute de los más elementales derechos es una necesidad inaplazable. La sociedad tiene la responsabilidad de ejercer el control sobre las decisiones que tomen los políticos en este sentido. Determinaciones que favorezcan a las grandes multinacionales, tendrán efectos catastróficos para el planeta.

 

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