CHÁVEZ UN ENCUENTRO CON LA HISTORIA DE LA PATRIA GRANDE

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Capítulo del Libro Multitudes por la Democracia. ¡Petro No Se Va! 

Por: José Cuesta Novoa

Días en que no se cansó de estudiar con sus protagonistas la experiencia de la Constituyente de 1991.

Hugo Chávez durante su primera visita a Colombia, junto a Gustavo Petro, José Cuesta y otros dirigentes.

 

En 1994 corrían tiempos duros para la democracia colombiana. La experiencia de paz más exitosa se encontraba en serios aprietos, pues la bancada parlamentaria de la Alianza Democrática M-19 pasaba de 23 congresistas a cero. En ese entonces era asesor del saliente representante a la Cámara Gustavo Petro y, mientras me aprestaba resignado a dejar esos fríos recintos, cayó en mis manos un ejemplar de la revista Cambio 16 con un artículo dedicado al coronel Hugo Rafael Chávez Frías, liberado a través de una amnistía decretada por el presidente Rafael Caldera, tras su frustrada rebelión militar.

En la crónica descubrí rasgos de semejanza política entre el movimiento liderado por Chávez en Venezuela y la agrupación en la que había militado durante 12 años. Entonces emprendí su búsqueda. Le escribí, lo llamé, dejé señales y recados, hasta que por fin Chávez devolvió el mensaje. Sin preámbulos lo invité, en nombre de la Fundación Cultural Simón Rodríguez, a conocer Bogotá. Su respuesta fue un sí sin ambages. Luego vino el regateo logístico: tiquetes, hospedaje y corrientazos, porque por primera vez trajimos a Chávez a Colombia, más con ganas que con recursos.

Salimos a esperarlo al aeropuerto Eldorado un día de junio de ese 1994. Luego lo alojamos en una pensión de la Juventud Trabajadora de Colombia (JTC), en pleno centro de la ciudad. Fueron ocho días con sus noches conociendo varias facetas de su personalidad. Era para resaltar su decisión de visitar Colombia como su primer destino político en el exterior luego del presidio al que fue sometido por el Estado venezolano, en virtud del famoso “por ahora” con el que culminó la primera fase de su proyecto de transformación bolivariana.

Ese fugaz paso por Bogotá fue definitivo en la forma como Chávez emprendió el camino hacia la configuración de un nuevo orden político en la patria del Libertador. No fue ingenua ni gratuita su aceptación de la visita. Quería aproximarse en detalle a la experiencia constituyente colombiana de 1991. Un movimiento que despertó en América Latina un marcado interés debido a la atractiva fórmula utilizada en Colombia para construir la paz negociada con la insurgencia y, de paso, ampliar la participación democrática gracias a la modernización institucional.

Por eso, con el hoy alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, diseñamos una cuidadosa agenda que le permitió a Hugo Chávez sumergirse en las honduras del proceso constituyente colombiano. Para tal fin, organizamos sendas reuniones con los tres copresidentes de la Asamblea Nacional Constituyente: Antonio Navarro, Horacio Serpa y Álvaro Gómez. Con Navarro compartió una sesuda reflexión de autocrítica sobre las timideces o incluso pusilanimidades exhibidas por la bancada de constituyentes de la Alianza Democrática M-19, encabezada por él mismo, al momento de encarar las discusiones cruciales en la Asamblea.

Por ejemplo, sobre lo que fue el más determinante de los dilemas: revocar el viejo poder constituido, como lo demandaba el clamor nacional, o simplemente abrir un pequeño paréntesis a la clase política y que después volviera con bríos a la arena parlamentaria para iniciar un proceso gradual de desmonte de la Constitución de 1991, como finalmente sucedió. El consejo de oro que Navarro le dio a Chávez fue aprovechar al máximo el poder constituyente para transformar de raíz el sistema político, sin otorgar una segunda opción a la vieja clase política, responsable de la postración democrática y de la corrupción del poder público. Es evidente que Chávez asimiló el consejo.

La segunda entrevista fue intrascendente, tal vez porque Horacio Serpa fungía como director de la campaña presidencial de Ernesto Samper y la dinámica electoral, absorbente por naturaleza, le imprimió un carácter de trámite formal al encuentro. En cambio, el diálogo con Gómez Hurtado fue sustantivo. Presenciamos a Gómez abierto al cambio, a la paz, en defensa de ampliar los márgenes de la democracia. Recordó su secuestro, no para avivar odios sino para valorar la reconciliación como el mayor plus en la construcción de la paz concertada, al punto de que después hizo causa común en la Constituyente con la bancada de la ADM-19.

Llegamos en forma puntual a la cita con el dirigente conservador, de inmediato fuimos atendidos por su secretaria, quien nos condujo a la biblioteca de la oficina, una sala cómoda, amplia, con una enorme cantidad de libros dispuestos en forma ordenada en sus respectivos muebles, en donde nos esperaba Álvaro Gómez Hurtado. Se paró de su silla, estrechándonos las manos con amabilidad a toda la comitiva. Tras los saludos protocolarios, el mismo Gómez Hurtado se encargó de romper el hielo, formulando el interrogante, ¿qué lo trae por Bogotá, coronel Chávez? A renglón seguido tanto Petro como el suscrito, intervenimos para explicarle los motivos del ciclo de entrevistas programadas con los copresidentes de la Asamblea Nacional Constituyente. Chávez ratifico el deseo de conocer a profundidad la experiencia constituyente colombiana, la que no dudaba en calificar como pionera de una corriente de participación popular, capaz de agenciar las transformaciones democráticas y pacificas en el sur del continente.

Después de ese corto introito, Gómez Hurtado tomo la palabra durante un tiempo considerable, tejiendo una reflexión que sorprendió al pequeño auditorio que lo escuchábamos con atención. “La Asamblea Constituyente fue una experiencia muy curiosa, por su configuración. En términos generales el cuerpo de delegatarios lo conformaron tres grandes fuerzas políticas: los liberales, los miembros del M-19 y el movimiento de salvación nacional. Sin olvidar la presencia del oficialismo conservador. Y digo que fue curiosa esa experiencia, porque cuando revisaba la composición por bancadas, formalmente entendía que existía una mayoría relativa de fuerzas dispuestas a defender la tesis del cambio  institucional. De un lado estaban los liberales con sus 25 constituyentes, de ellos siempre se presumirá que son una corriente ideológica abierta a las dinámicas de la transformación social; del otro, estaban los exguerrilleros del M-19 con 19 constituyentes, en mi opinión, ellos eran la representación más caracterizada de la emancipación política; finalmente estábamos nosotros con 11 constituyentes, se supone que éramos la fuerza más tradicional de las ya mencionada. Sin embargo en el momento de las discusiones trascendentales, en torno a temas candentes, cruzados por relaciones de tensión y agudas contradicciones sobre como reformar el régimen político colombiano, terminaba quedándome en un extraño escenario marcado por la soledad, asumiendo una paradójica condición de adelantado con respecto a quienes ostentaban el carácter vanguardista de la renovación”.

REVOCAR LO VIEJO PARA CONSTRUIR ALGO NUEVO O TRANSAR CON LO VIEJO PARA QUE TODO SIGA IGUAL

En ese encuentro se discutió, por ejemplo, sobre lo que fue el más determinante de los dilemas: revocar el viejo poder constituido, como lo demandaba el clamor nacional, o simplemente abrir un pequeño paréntesis a la clase política y que después volviera con bríos a la arena parlamentaria para iniciar un proceso gradual de desmonte de la Constitución de 1991, como finalmente sucedió. Con el objetivo de ilustrar esta crucial discusión llevada a cabo en el seno de la Asamblea Constituyente, es indispensable recordar que el camino escogido por los delegatarios fue el de una fórmula inocua, la más cercana al adagio popular ni chicha ni limoná, consistente en una aparente revocatoria del Congreso de la República y la inhabilidad de los constituyentes en ejercicio para presentarse en las siguientes elecciones parlamentarias, de las cuales debía resultar un “Congreso Admirable”, en términos de Bolívar, en tanto sería el encargado de adelantar los desarrollos legales de la recién aprobada Constitución política. En ese instante, los constituyentes eran de lejos los actores con la mayor legitimidad ante la opinión pública en el país. El resultado al final no pudo ser más desastroso para los deseos de renovación: en las siguientes elecciones parlamentarias triunfó la vieja clase política. La moraleja desprendida de esta amarga experiencia política nacional adoptó la forma de enseñanza parroquial. El consejo de oro que Navarro le dio a Chávez fue aprovechar al máximo el poder constituyente para transformar de raíz el sistema político, sin otorgar una segunda opción a la vieja clase política responsable de la postración democrática y de la corrupción del poder público. Es evidente que Chávez asimiló el consejo.

Tratando de ampliar la sugestiva discusión planteada por Antonio Navarro, en relación con este punto resulta útil preguntarnos por qué la bancada de la Alianza Democrática M-19 acogió esta fórmula política que dejó en manos de Herodes la responsabilidad histórica de proteger y fortalecer la inocencia de la núbil carta recién aprobada en representación de la soberanía popular. Es importante anotar que la voluntad política de esta colectividad era muy clara: revocar el Congreso de la República, que seguía actuando en forma paralela a la Asamblea Constituyente, e inhabilitar de por vida a la clase política tradicional, a la que se consideraba causante de buena parte de las desgracias que carcomían a Colombia. Con mayor razón cobra vigencia la pregunta acerca de lo que pasó para que los constituyentes liderados por Navarro realizaran tan peligrosa pirueta en el aire y participando de un consenso, a todas luces, frustrante; más grave aún, si se tiene en cuenta que la dirección nacional de la AD-M-19 había ratificado en forma previa la consigna de revocar e inhabilitar el viejo poder constituido.

Apelando a un análisis comprensivo, es pertinente aseverar que la iniciativa de cerrar el Congreso e inhabilitar de por vida a los congresistas tuvo un doble efecto en el país. En el país nacional fue recibida con júbilo y evidente beneplácito; por el contrario, en el denominado país político tal anuncio fue recibido con abierta oposición. Como de costumbre, Alfonso López Michelsen, convertido en el cancerbero de la vieja clase política tradicional, se apresuró a condenarlo, haciendo uso del argumento del chantaje representado en la amenaza de un golpe de Estado, con el que se intimida periódicamente la voluntad democrática de una sociedad cansada de la corrupción, los privilegios y las arbitrariedades cometidas por la oligarquía colombiana. Cuando esta sociedad, víctima de los abusos de la plutocracia, emprende procesos de renovación política, los defensores de la tradición exhiben el argumento del miedo, advirtiendo que esas reclamaciones, que ellos no dudaron en el caso que nos ocupa en calificar de “extremistas”, ponían en peligro la estabilidad institucional. Como buen exponente de esa lógica perversa, López Michelsen le salió al paso a los constituyentes que, a decir verdad, sumaban la mayoría y defendían la reforma sin ambages, advirtiendo en tono apocalíptico que esa vía terminaría por romper el hilo constitucional del sistema político colombiano.

Fueron ocho días en Bogotá que para Hugo Chávez contribuyeron a su histórico proceso de transformación política en Venezuela y buena parte de América Latina. Una semana en la que lo más sorprendente fue su capacidad de trabajo. Era de esos hombres a los que fácilmente les llegaba la aurora en el cumplimiento de sus tareas, luego de un sueño de menos de tres horas. Años después, en Caracas oí decir de labios de algunos de sus colaboradores más cercanos que esta era una constante muy marcada en su diario batallar.

En medio de la visita, alguien de su comitiva nos comentó que por esos días Chávez llegaba a su cuadragésimo cumpleaños. Así que preparamos una fiesta. La gente de la JTC aportó la torta y nosotros contactamos a un grupo de música llanera que orientaba un poeta amigo, el Negro Amín. Cuando el conjunto arrancó, Chávez pidió prestado el cuatro y, con la experticia de los oriundos de Barinas, empezó a tocarlo. Después retomó las letras de redención social escritas por el juglar de las favelas de América, Alí Primera. Y resultó tan buen intérprete como cantante.

La visita de Chávez terminó en el Puente de Boyacá con Gustavo Petro y algunos militares retirados. Hicimos el recorrido turístico normal, guiados por un patrullero de la Policía. En un momento inesperado, Chávez interrumpió el libreto de lugares, fechas y nombres de batalla de la campaña libertadora, expuesta por el agente, y sacó y leyó un documento que había escrito durante los días de su visita a Bogotá. Una especie de juramento, como el de Simón Bolívar en el monte Sacro, en el que nos destacó como el embrión de una nueva Latinoamérica.

Quién iba a creer que, cuatro años después, el otrora coronel Hugo Chávez se iba a convertir en el presidente de su país y que, con el correr de los años, iba a ser uno de los hombres más influyentes del continente y del mundo entero. Memoria eterna al presidente Hugo Chávez, inspirador de la segunda independencia nacional que avanza, sin descanso ni tregua, en la patria grande del Libertador Simón Bolívar.

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