De Gaitán a Echandía: El Rábula y su traición (parte III de III)

Rábula

Ningún análisis sobre Gaitán y el Bogotazo estaría completo si en ese se omite una mención –mejor aún- un análisis completo de lo que sucedió luego. Y no hay mejor punto de partida para acometer ese propósito que la denuncia del Rábula: Darío Echandía Olaya y su comportamiento obsceno ese 9 de abril de 1948 y los días posteriores.

Por: Urías Velásquez / twitter: @UriasV

Eduardo Umaña Luna, el sabio profesor de sociología de la Universidad Nacional, solía decir que el día del magnicidio de Gaitán el pueblo perdió la mejor oportunidad que tuvo alguna vez de alcanzar su emancipación. Y lo decía con algo de rabia.

Mi abuelo y el profesor Chacón, al igual que casi todas las personas que han profundizado en este acontecimiento, compartían esa opinión.

¿Pero por qué sucedió esto? ¿Fue el azar de una revuelta caótica? ¿Fue simplemente la decisión del destino que ya está escrito y que condena al pueblo colombiano a la mayor postración posible? ¿Fue un error de cálculo de quienes asumieron y protagonizaron los hechos?
Durante años me hice esas preguntas sin encontrar respuestas ciertas. Finalmente llegué a una conclusión que aquel fatídico 9 de abril de 1948 el pueblo colombiano no se emancipó definitivamente por tres razones fundamentales: la primera de todas: que la clase dirigente del país –el Criollismo Colombiano Hijueputa (CCH)- se comportó como siempre lo hacía, con violencia, mentiras y trampa; la segunda razón es que el pueblo que, en principio, se reveló como debía cometió el mismo error de siempre: confiar su destino en unos pocos que, infelizmente, estaban a la venta; y, la tercera razón – y a la larga quizás la única definitiva-: la traición de que aquellos que se erigieron como representantes del pueblo.

Las dos primeras causas serán motivo de otras columnas, por lo pronto nos concentraremos en la tercera: la traición. Y lo haremos enfocando nuestra atención en un personaje siniestro que se llevaría a la tumba la carga pesadísima de haber vuelto trivial el asesinato de uno de los hijos más ilustres que ha dado la patria: el doctor Jorge Eliecer Gaitán.

La traición del rábula.

Bien, lo primero que hay que decir es que la traición del rábula es un episodio que acuciosamente el CCH ha querido mantener en el más absoluto y sepulcral silencio, y cuando no ha podido, lo ha matizado imprimiendo en el perpetrador calificativos que, francamente, hasta los más avezados lambones del cerdo Capeto, al decirlos, se hubieran ruborizado: “autoridad moral, conciencia de la nación, mente serena”.

Define el diccionario el término rábula como: “abogado ignorante y charlatán”. Una acepción de la palabra que le vendría como anillo al dedo a “prestigiosísimos” juristas de la escena nacional actual, pero que el domingo 12 de septiembre de 1943 rastreramente le fue impuesta por el Ovejo a quien –digo yo- seguramente tenían en mente aquellos filólogos que definieron el vocablo siglos atrás: Darío Echandía Olaya.

Con una pequeña salvedad: más que rábula, lo que distinguía a Echandía era su propensión a renunciar, a huir, a evadir la responsabilidad: rasgo de su personalidad que quedó manifiesto flagrantemente esa tarde de abril cuando frente al acoso de uno de los gaitanistas de a pie en el sentido que se tomara el poder, el rábula respondió: “¿el poder para qué?”.

Pero no fue esa la única ocasión en que se observó la cautela, casi cobardía omnipresente, de Echandía, permítaseme mencionar tres episodios adicionales.

El primero, cuando declinó la candidatura ofrecida por un sector popular del Partido Liberal para suceder a López Pumarejo en 1938 dejando así el camino libre para que Eduardo Santos, un conservador encubierto e hipócrita que posaba de moderado en el Partido Liberal, se convirtiera en presidente.

El segundo, cuando y frente a la pugna irreconciliable por la candidatura del Partido Liberal entre el Turco Turbay y el “Negro Gaitán” fue sugerido como candidato de la unidad. Ofrecimiento que rechazó diciendo que no, que él “no deseaba dividir en tres lo que ya está dividido en dos».

Y, el tercero, cuando su hermano Vicente, y en razón del parecido entre ambos, fue asesinado en Bogotá. Razón por la cual renunció a su candidatura del 50, allanando así el camino de un genocida a la presidencia: Laureano Gómez, el popular Ovejo.

Pero vayamos a los acontecimientos de los días 9 y 10 de abril de 1948 que configuran una traición que no fue fruto de un momento de apremio o miedo –como algunos miembros de CCH de diferentes tiempos lo quieren hacer parecer- sino una colección de hechos cuidadosamente maquinados y ejecutados por un verdadero maestro de la conspiración.

Hecho uno: Echandía y su actuación fuera de la clínica:

Narran la mayoría de los que escribieron sobre el magnicidio de Gaitán más o menos lo siguiente: herido el caudillo y en estado de gravedad irrecuperable fue conducido a la Clínica Central, entre carreras cuarta y quinta a la altura de la calle 12, pocos minutos más tarde el cuerpo médico encabezado por el reconocidísimo doctor Pedro Eliseo Cruz confirma la noticia: el caudillo ha migrado hacia la eternidad y fijado su nombre, para siempre, en las páginas de la historia nacional. Entre todos los que oyen, uno destaca, Darío Echandía quien pide, reclama, recomienda e implora “cordura”, inacción, pasividad frente a los hechos por parte de una multitud que a diferencia del que habla sí siente y que enardecida y con razón reclama más justicia y menos silencio.

Hecho dos: Echandía se dirige a Palacio:

Más tarde, y como ya se dijo en la segunda parte de esta crónica, un grupo de prestantes “negociantes” del Partido Liberal” –sin ser invitados por el presidente Ospina Pérez- se presenta en Palacio cerca de las ocho de la noche. Su líder Darío Echandía. Y su único objetivo –más allá de cualquier duda razonable que podamos tener hoy en día-  negociar con el gobierno su respaldo a cambio de puestos.

Hecho tres: los liberales negociantes van enredando a los verdaderos liberales en la plaza de toros:

Echandía y Carlos Lleras Restrepo -el sátrapa que 22 años después se robaría en favor de Misael Pastrana nada menos y nada más que la presidencia del país- son acuciosos en mantener a raya los manifestantes acuartelados en la plaza de toros. Un comportamiento que demuestra a todas luces la intensión de estos personajes al acudir a Palacio. Pero, además, y una vez que salen de Palacio el 10 de abril no se van a la plaza de toros a informar a los revolucionarios de lo acontecido –como debiera ser si es que estos eran sus representados- sino al edificio de El Tiempo –sí, a El Tiempo, el periódico que como ninguno había esparcido su odio y desprecio en contra de Gaitán. Un hecho al que poco le dan trascendencia los libros de historia pero que es simbólico y concluyente.

Hecho cuatro: Admitiendo la designación:

Algunos dicen que Echandía, si de algo es culpable, simplemente lo es de aceptar el ofrecimiento de ser el Ministro de un gobierno de unidad nacional. Una unidad nacional que –otra vez- desconocía al pueblo, tal y como lo hizo siempre, comenzando por ese 21 de julio de 1810, cuando como premio a su destacada labor de determinador del éxito de la primera independencia nacional a José María Carbonell que encarnaba al pueblo se lo puso preso.

Yo lo dudo y me inclinó más por pensar que esa fórmula de compartir el gobierno fue propuesta directa del trásfuga Echandía quien desde antes de posesionarse como ministro del interior ya tomaba las decisiones en conjunto con el Presidente. No de otra manera se explica la conversa que en horas de la tarde del 10 de abril de 1948, y también en Palacio, tuvieron el rábula y el general Ocampo, este último un demócrata de verdad, liberal y fiel a sus obligaciones constitucionales que antes de sucumbir a los consejos perversos de Laureano Gómez de dar un golpe de estado prefirió consultar con el Presidente y, luego de que éste le ofreciera el Ministerio de Guerra, con el mismísimo Echandía.

Hecho cinco: la remoción fulminante del comandante de la Policía y su cúpula:

Una vez posesionado en el cargo la primera determinación de Echandía fue cambiar por completo la dirección de la policía. Muy al estilo del príncipe aquel, en la obra de Calderón de la Barca, que habiendo conspirado contra su padre, una vez asume el reino, manda a ejecutar a todos los que le ayudaron a urdir la traición ¡pues quiénes sino ellos podrían repetir luego el mismo procedimiento, solo que ahora en su contra!

Bien sabido era desde el mismo momento que se conoció la muerte del caudillo, que la Policía Nacional, en su gran mayoría, se había pasado a las toldas a las que siempre, y dada su naturaleza civil, debería pertenecer: las del pueblo. Una naturaleza civil que Echandía también detonaría y quizás para siempre, pero que ese 9 de abril todavía permanecía intacta, y era el combustible de la revolución cada vez que la radio nacional avisaba que nuevos policías se habían pasado a la orilla del pueblo.

Y Echandía lo sabía y lo temía. ¿Por qué? Pues porque era evidente su traición y no podía correr el menor riesgo de ser puesto en la palestra pública. A Echandía, como le sucedía a otro rábula famoso de la historia nacional: Camilo Torres Tenorio, lo único que le interesaba era estar bien con quien tuviera en sus manos el poder. Recordemos la escena de los dos cafres: Camilo Torres Tenorio y Francisco José de Caldas arrodillados frente a Morillo clamando por su vida y renunciando a los propósitos superiores de la Patria, propósitos que nunca tuvieron pues Don Camilo Torres simplemente era un avezado contrabandista por extensión y Caldas un simple conspirador.

Hecho seis: Acabando con los manifestantes de la plaza:

Ya hemos dicho que los patriotas acuartelados en la plaza de toros resistieron varios días. Y que no se pensaban rendir aún ante la inminencia de la derrota garantizada por las numerosas tropas que desde el 10 de abril el gobierno nacional movilizó hacia Bogotá, gracias, entre otras cosas, al tiempo que les hizo perder la comitiva que fue a negociar puestos a Palacio. Lo que no hemos dicho es que sobre esos patriotas el gobierno nacional ejerció una presión francamente desproporcionada, no solo con los aviones y el armamento pesado desplegado a diario sino y, después de la rendición,  con los consejos de guerra a los que los sometieron y la cárcel para algunos de los participantes. Es decir, Echandía fue implacable.

En conclusión, la traición del rábula definitivamente sepultó la opción de que el pueblo colombiano se emancipara ese 9 de abril de 1948, pero, además, garantizó la continuidad del régimen conservador por tres años más y hasta el “golpe de estado” de Rojas Pinilla en el 53. Continuidad que desató una violencia que les costó la vida a más de 300 mil personas, la inmensa mayoría campesinos desarmados, todas ellas, en su gran mayoría, base del Partido Liberal y seguidores de corazón del gran Gaitán.

Un genocidio que durante más de cincuenta años permaneció en la memoria nacional como el peor, hasta que claro, llegó el narcotráfico y el crimen organizado en cabeza de Álvaro Uribe Vélez al poder y los superó con creces tanto en relación al número de muertos como a la sevicia –a las víctimas de Uribe y su gobierno, los paramilitares les cortaban la cabeza delante de sus familiares y luego jugaban futbol con esas-.

Todavía en la Colombia de hoy se discute si fue o no traición el comportamiento de Darío Echandía aquellos dos días, el 9 y el 10 de abril del 48. Es mi profunda convicción interior que lo fue, y de marca mayor. Qué supiera el rábula las consecuencias de su estratagema. Probablemente, no, no al nivel de lo que resultó: y no solo por los muertos ya reseñados sino porque, además, y a partir de entonces la democracia colombiana fue rutinariamente secuestrada. Dos veces, entre esas, de manera francamente grotesca: la tumbada de la elección de Rojas Pinilla en el 70 en favor del sátrapa Misael Pastrana, y el robo de la elección presidencial de Gustavo Petro, el presidente legítimo que no dejó posesionar la mafia uribista y narcotraficante en el 2018 -suceso éste del que nos ocuparemos luego y en otra columna-.

Al profesor Chacón me lo volví a encontrar una vez en la Universidad Distrital, en la cafetería de la macarena, ambos éramos profesores de esa institución, él de historia y yo de ingeniería electrónica, nos sentamos a tomar un café mientras él me decía: no hay una palabra que defina mejor la historia de Colombia que el término traición.

Mi abuelo Rubhor Darhor también aseguraba lo mismo, pero era más detallado cuando decía: “mijo, si en realidad quieres entender la historia de Colombia estudie la traición de Inando a Waqtapay; la traición de Barbeo a Galán; la traición de Camilo Torres a don Antonio Nariño; La traición de Santander a Nariño y a Bolívar; la traición de López Pumarejo al partido liberal esa tarde que decidió defender a sus hijos ladrones pintándose prácticamente como el patriarca de una familia de limosneros en lugar de tomar la decisión de apoyar a alguno de los dos candidatos liberales: Gabriel Turbay o Gaitán; y, por supuesto, la traición del Rábula Darío Echandía contra Jorge Eliecer Gaitán”.

Eso sí, y tengo que ser claro y enfático en esto, el abuelo jamás mencionó la traición de Juan Manuel Santos a Uribe –que la hubo-, o la traición de Sergio Fajardo a sus electores en la elección del 2018 cuando dolosamente se fue a ver ballenas facilitando con eso –a propósito- el regreso de los asesinos y narcotraficantes en cabeza de Uribe al poder. Entre otras cosas, porque para esos años el abuelo ya llevaba cerca de 20 años de muerto.

Finalmente, Chacón, Eduardo Umaña Luna y mi abuelo se fueron de este mundo con un dolor profundo e inmenso: el haber sido testigos del asesinato de su líder; la muerte de su Gaitán del alma y la impunidad rampante que siguió al magnicidio. Pero los tres, léase bien, los tres mantuvieron siempre la convicción de que algún día Gaitán se convertiría en ese foro moral que alumbraría los caminos -por momentos tan oscurecidos y enrarecidos- de la Patria.

Primera parte de esta crónica en: Del asesinato de Mamatoco al magnicidio de Gaitán: cinco años de odio

 

Segunda parte de esta crónica en: El 9 de abril de 1948 no se mató a un hombre, se intentó asesinar a un pueblo (Parte II de III)

Todas las tres crónicas unidas en un solo documento la puede encontrar en: https://www.facebook.com/uriasvelasquezospina

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2 Comments on "De Gaitán a Echandía: El Rábula y su traición (parte III de III)"

  1. Excelente!!!

  2. Augusto David Rodríguez | 24 agosto, 2020 at 10:41 am | Responder

    Juan Manuel Santos no traicionó a Álvaro Uribe,y no lo traicionó porque no fue su candidato presidencial, que lo era Andrés Felipe Arias, alias «Uribito», pero como Nohemí Sanín lo derrotó en la consulta del partido conservador, no tuvo otra opción que apoyar, de manera muy pálida, a quien había sido su ministro de defensa.

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