La muerte del Uribismo

Por: David Racero

El uribismo está agonizando. El ocaso de Uribe, en una cárcel, es solo el símbolo de un proyecto en decadencia. Un desgastado Uribe termina enfrentando finalmente el tardío, pero firme, accionar de la justicia, aunque quizá desde esa jaula de oro de alguna de sus haciendas. Mientras tanto Duque sigue jugando a ser el presidente de papel, sin nada qué ofrecer, desconectado de la gente y, ahora, que ha quedado sin el reflejo del liderazgo de su mentor, vendrán los oscuros días en que pasará a ser un pastor sin rebaño. La corte uribista en el gobierno y el congreso, que a duras penas se amalgamaba en torno a la figura de su líder natural, ha quedado en la orfandad, y es muy probable que la desesperación que viene, donde cada uno buscará su salvación personal, no les permita sobrevivir.

Pero insisto, lo de Uribe es el símbolo, pero el hecho generador es que el uribismo, en el fondo, es un proyecto que no tiene nada que ofrecer, que agotó su discurso en tres o cuatro frases pegajosas, y que no se dio cuenta que el mundo cambió a su alrededor. Cuando la sociedad pedía a gritos una propuesta de país que mirara hacia el futuro, lo único que pudieron ofrecer fue una combinación de corruptelas politiqueras y mafiosas, porque ha sido el único modelo que conocen. Cuando la gente exigía construir la Colombia del siglo XXI, ellos se esforzaron en anclarnos a lo peor de los años 80s. El fin del uribismo es la consecuencia natural de una tensión entre los que buscamos el país del futuro y la resistencia ciega de un pequeño grupo que quiere seguir viviendo del pasado.

Pero cuidado, el hecho de que se estén quedando sin vida política no significa que no puedan seguir haciendo daño. El uribismo es como un zombi que está muerto, pero sigue caminando. Por eso es importante recordar que no es un momento para ingenuidades, y mucho menos para dejar que el episodio de la cárcel para Uribe nos haga perder el norte de nuestra acción política. Nunca hemos dependido de sus fallas para lograr nuestros aciertos, y ésta no será la primera vez.

Tampoco es propio de nuestros principios el develar mezquindades. Personalmente, no me alegro de la desgracia personal de nadie, sin que eso contradiga la satisfacción de ver, siempre y en todos los casos, la luz de la justicia. Creo que volver personales estos escenarios jurídicos, por justificado que pueda parecer, es darle tierra fértil a los que han querido poner mantos de duda sobre las decisiones de los tribunales. Nuestra fortaleza es, precisamente, entender en términos de justicia lo que el uribismo quiere entender, engañosamente, en términos de venganza.

Lo de Uribe es simplemente la consecuencia jurídica de su propio modo de actuar. Y nada más. Jurídicamente no cabe un discurso de amigo-enemigo, simplemente se trata de un asunto de justicia. Pero en el escenario político, al adversario se le debe ganar en las urnas. Porque es ahí cuando la sociedad entera expresa su deseo de cambio de página. Es en elecciones donde se certifica la muerte política de los líderes del pasado. Que las Cortes hagan lo suyo, nosotros haremos lo nuestro: acumular una gran mayoría político-electoral de tal magnitud, que, aunque nos quieran volver a robar las elecciones, no podrán.

Ahora bien, no pretendo con esto reducir el espacio de participación ciudadana al ámbito electoral, nunca he creído que sea así. De hecho, estoy convencido de que, en una democracia realmente participativa, la conexión entre ciudadanos y autoridades debe buscar ser tan fuerte y permanente que el ritual electoral será un mero apéndice. Sin embargo, también creo que en las condiciones actuales de nuestro sistema político es nuestro deber expresar electoralmente el cambio que YA estamos viviendo socialmente: una explosión de jóvenes, youtubers, opinadores alternativos, que han roto el cerco mediático tradicional; un gran cambio cultural y artístico que se está gestando desde espacios comunitarios e, incluso, desde el genio individual; la creciente sensibilidad social frente a los sectores más vulnerables y tradicionalmente invisibilizados; la nueva comprensión social del hombre como un agente esencialmente ecológico; la infatigable lucha estudiantil; y hoy, gracias a la coyuntura, la afirmación institucional de que NADIE ESTÁ POR ENCIMA DE LA LEY.

Estoy convencido de que esos nuevos escenarios tienen que encontrarse reflejados en los espacios de poder, local y nacional. De ahí que siempre defienda la idea de que la acción política debe ser una etapa del desarrollo de cualquier proyecto comunitario, sea cual sea su naturaleza. Sin creer con esto que se deban politizar todos los espacios de la vida. Los artistas se movilizaron, no para convertirse en políticos, sino por el bien del arte mismo; también lo han hecho los campesinos; lo propio hicieron los estudiantes; lo ha venido haciendo el gremio médico; en fin, una comprensión de la acción política como un estadio normal de cualquier proyecto grupal o personal que tenga una visión del futuro compartida. La consigna y la invitación son la misma: actuemos.

Estoy convencido que ha sido el fortalecimiento de las nuevas ciudadanías lo que ha hecho que estemos a las puertas de una verdadera inflexión histórica. Los signos han sido claros: la llegada al poder de actores alternativos a lo largo del país, la fuerza política del candidato progresista en 2018, la defensa ciudadana del proceso de paz, la movilización ciudadana de 2019, y mil ejemplos más.

Ha sido este movimiento ciudadano el que ha domesticado la derecha, y el que ahora trata de civilizarla. Ha sido este movimiento el que le ha puesto la agenda a los gobiernos, y el que ha logrado, día a día, persona a persona, la victoria política más importante de todas, la victoria sobre las conciencias y las formas de pensar. Y a su vez, ha sido este movimiento social el que, siendo tan poderoso, no se ha dejado embriagar por su fuerza y ha reconocido la primacía del Estado de Derecho sobre el Estado de Opinión.

Lo que nos lleva nuevamente al principio: el fin del uribismo es el resultado de una sociedad que comprendió que las instituciones son para ponerlas al servicio de la gente, y no de los mismos de siempre. El fin del uribismo es entender que la justicia es la base de la estabilidad y el orden social, y que debemos hacer todo lo posible por respetarla y defender su autonomía e independencia. Y en resumen, el fin del uribismo no es su eliminación, como algunos podrían malentender, sino precisamente su transformación en un actor democrático en igualdad de condiciones a todos los demás, sin ventajas ni privilegios de ninguna naturaleza; sin salvoconductos ni impunidades. Una tarea que venimos haciendo cada día, con cada acción, una verdadera revolución cultural de la que la victoria electoral será sólo una consecuencia natural, indudable, imparable.

Hoy la Corte simplemente ha hecho su trabajo, pero la historia la tenemos que hacer los pueblos, no los jueces.

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