Crónica: El día en que conocí verdaderamente a Eduardo Umaña Mendoza

El día en que conocí verdaderamente a Eduardo Umaña Mendoza

Eduardo Umaña Mendoza fue un abogado colombiano, mártir de los derechos humanos algo al que asesinó el Estado Colombiano y cuyo crimen jamás fue esclarecido. Acompáñeme durante esta breve crónica a recordar el día en que lo conocí y me di cuenta que Umaña Mendoza Jamás moriría.

Por: Urías Velásquez Ospina /twitter: @UriasV

Hoy hace un frío descarado que hiela los huesos y consigue tremer los dientes. Son apenas la 6.48 de la mañana y yo estoy en Usme, extremo sur oriental de Bogotá, los húmedos vientos de abril y el sudor empañan las ropas de los niños que corren sin parar de lado a lado. Laurita, sin embargo, permanece quieta, entregada a la tarea de darle color a un dibujo de página entera, no es posible para un extraño el distinguir quién es el dibujado. Pero la niña, antes que se lo pregunte y como si fuera adivina, responde:

-Es el amigo Humberto Mendoza.

-¡No! -replica Dianita- Se llama Umaña Mendoza -y atacando con su dedito al enclenque cuaderno donde el dibujo intenta defenderse repite-: Eduardo Umaña Mendoza.

Laurita se molesta; cierra el cuaderno, lo lleva a su pecho y lo sostiene con las dos manitos, luego, se dobla como quien hace una venia y de repente abre más los ojos y grita:

-¡No toques mi cuaderno!

Intervengo y hago una pregunta que reenfoca la atención de las niñas:

-¿Y quién es Eduardo Umaña Mendoza?

– ¡Es el dueño del colegio!

Mete la cucharada otro de los niños, éste sí, el más diminuto de todos los que para el momento se nos han arrimado.

Nuevamente Dianita aclara:

-No es el dueño del Colegio, es un defensor de la vida y los derechos humanos que fue asesinado por el gobierno.

Yo, deseo seguir la conversa, infelizmente, ya es hora de ir a clases, así que los niñ@s se van, así no más, sin siquiera despedirse.

Me quedo allí, al frente a ese inmenso Colegio construido por el alcalde Lucho Garzón y que por orden del Concejo de Bogotá lleva el nombre de José Eduardo Umaña Mendoza.

La escena de la niña abrazando contra su pecho y dando auxilio al mártir me conmueve y sin que mi mente lo advierta mis labios autónomamente comienzan a recitar el poema de José Umaña Bernal, el abuelo de José Eduardo:

“Ahora es el momento para que el huésped llegue
y que el viento suene la llamada del ángel,
ahora es el instante de inclinar la cabeza
y decir las palabras que no ha de escuchar nadie”

De repente, la conciencia retorna el mando y entonces vuelve a mi mente la tarea por la que estoy allí y en la que invertiré todo el día: recordar a Eduardo Umaña Mendoza; el defensor de los derechos humanos, el amigo, el abogado del pueblo, el gigante del derecho, “alguien que no merece ser olvidado, porque él en vida jamás olvidó a nadie” como sentenció alguna vez su padre Eduardo Umaña Luna. Y por extraño que parezca lo siento allí, a mi lado, ahí presente, feliz viendo que su nombre ahora sirve de excusa para llevar a esos niños el conocimiento, sobre todo el conocimiento de sus “derechos legales positivos”’.

Ya son las 7:30 y debo dirigirme a mi siguiente destino: la oficina del abogado que se encarga del proceso del asesinato. El trayecto no es ni demasiado corto ni en extremo largo, casi 29 km de carretera calculados por Google, pero lo que lo hace infinito es el desorden del tránsito de Bogotá, la lluvia que ha inundado la vía y un retén del ejército que busca y se lleva jóvenes para prestar el servicio militar –redadas que, por lo demás, están prohibidas por ley 1861 del 4 agosto de 2017. Una ley por la que Umaña Mendoza también luchó y que de hecho constituyó una de sus propuestas cuando se presentó como candidato a la Asamblea Constituyente de 1991. Ley que, por lo visto, los militares no respetan-.

A mí, la escena me confunde, por un lado, los rostros de los soldados enjutos, flacos y de mirada perdida, como sin sentimientos. Jóvenes que a la legua se nota que son del pueblo, probablemente muchachos que apenas unos meses atrás fueron víctimas de los abusos que ahora están cometiendo. Y, por otro lado, la sensación de que muchachos como esos pudieron ser los que dispararon contra Umaña Mendoza, o bien porque pertenecían a la Brigada XX, al Cuerpo Técnico de Investigación de la Fiscalía (CTI), a la seguridad de Ecopetrol, a los soldados del ejército que acribillaron por igual a los magistrados y guerrilleros en el Palacio de Justicia, a los integrantes del grupo La Terraza al servicio de alias ´Don Berna´ o bien porque pertenecían a todos esos grupos al mismo tiempo, que después de todo trabajaban para los mismos y siempre del mismo modo.

Entonces y mientras viajo, sentado en los asientos traseros de un Transmilenio, abro mis apuntes y reviso las hipótesis que del asesinato tengo:

La primera es que fueron los militares de la brigada XX, el CTI (La Fiscalía) y los encargados de la seguridad de Ecopetrol en retaliación por la defensa que Umaña Mendoza hacía de los miembros del sindicato de la Unión Sindical Obrera USO -uno de cuyos líderes; César Carrillo, permanecía todavía en cautiverio el día del magnicidio-.

La segunda es que fueron los militares investigados por la carnicería que cometieron para Retomar el Palacio de Justicia esos fatídicos 6 y 7 de noviembre de 1985, crímenes descritos por la Comisión de la Verdad y que a la postre llevarían a múltiples condenas, entre esas, la del célebre coronel Alfonso Plazas Vega, popular por su barbaridad y sus frases: una de ellas: “me lo llevan, me lo trabajan y cada dos horas me dan informe”, refiriéndose a uno de los inocentes que más tarde iba a ser torturado hasta la muerte.

Concretamente se dice que la gota que rebosó la copa de los militares fue la orden de exhumación de los cadáveres del Palacio enterrados en una fosa común en el Cementerio del Sur el día 9 de noviembre de 1985, por Orden del brigadier general José Luis Vargas Villegas comandante y juez de Primera Instancia del Departamento de Policía de Bogotá. Dicha exhumación fue determinante en la comprobación de qué, “en efecto, el ejército había retenido, torturado y ejecutado civiles en el proceso de retoma del Palacio, específicamente a los miembros de la cafetería” que Umaña Mendoza defendía.

La tercera es que fue el Estado directamente –me refiero a los políticos de turno- incomodados por las cuatro batallas jurídicas en que empeñó su vida Umaña Mendoza: la primera y la más importante la lucha contra la criminalización de la protesta social. La segunda, muy ligada a la primera, la aplicación de Justicia Sin Rostro a la protesta social –estrategia creada durante el Gobierno de César Gaviria para posibilitar el juzgamiento de los todo poderosos narcos y que consistía en que en los procesos, los jueces, los fiscales y los testigos fueran anónimos: sin rostro. Justicia sin Rostro que finalmente fue empleada únicamente para incriminar injustamente a sindicalistas, a defensores de derechos humanos y a sospechosos de pertenecer a las guerrillas-. La tercera lucha el tipificar la desaparición forzada en Colombia como causa penal ya que hasta el momento ese delito no existía, pues –en palabras del Secretario del Ministerio de Defensa de la época- “los desparecidos o eran personas que tomaban trago y se desaparecían de sus casas o eran personas que eran contratadas como celadores por la guerrilla”. Y, la cuarta de las luchas, la batalla contra los abusos derivados del fuero militar.

La cuarta hipótesis del asesinato, y tal vez la más actual, es la ofrecida a La Comisión de Acusaciones de la Cámara de Representantes en el año 2008 por Francisco Villalba alias ‘Cristian Barreto’ , cuatro meses antes de ser asesinado y presuntamente por dar esa declaración, en la cual se afirma que “el asesinato de Umaña Mendoza y el de otros defensores de derechos humanos entre los que se encontraban Jesús María Ovalle y María Arango Fonnegra, se decidió en una finca en San José de la Montaña (Antioquia), con presencia del jefe paramilitar Salvatore Mancuso, de un sargento del Ejército y de los hermanos Uribe” y que como sicarios habrían sido reclutados dos hombres y una mujer del municipio de Yarumal y perteneciente a la banda la Terraza. Esto último ha sido confirmado en varias oportunidades por miembros de la Terraza, uno de ellos llega incluso a afirmar “los matamos a ambos [a Umaña Mendoza, a Ovalle y a María Arango Fonnegra] con la misma pistola que conservamos”.

La quinta hipótesis es que fueron todos, porque todos en el fondo eran los mismos y trabajan bajo la sombrilla paramilitar que como estructura global Umaña Mendoza fue quizás el primero en denunciar: El ejército; La Policía; La Fiscalía; el DAS recopilando información, haciendo señalamientos, chuzando teléfonos, amenazando y preparando la emboscada; siempre infiltrados por los paramilitares dirigidos por el psicópata Carlos Castaño; los paramilitares y los parapolíticos decidiendo quien debían morir, marcando y resolviendo dónde hacer la siguiente masacre, de dónde desplazar los campesinos para luego adueñarse de las tierras abandonadas; y, en los lugares donde mandaban, fusil en mano, obligando a la gente a votar por sus candidatos – tanto así que para el primer gobierno de Uribe se hablaba de que más del 60% del congreso era ocupado por Parapolíticos-.

El Transmilenio acelera y una hora más tarde y antecitos de las 9 consigo reunirme con Jorge Molano, un colaborador en vida de Umaña Mendoza y quien ahora lleva el caso del magnicidio. Molano es un hombre sumamente amable, de cabellos rizados, de gafas negras y de mirada trasparente y tranquila. Su oficina es limpia y austera. Apenas entro me sorprendo, contrasta ese paisaje minimalista con la abundancia innecesaria de las oficinas donde se defienden a los Paramilitares y a los Narcos y a las que por razón de mi afición periodística he entrado, son 4 escritorios, ninguno nuevo, un par de estantes, papeles al estilo de un juzgado y a mano derecha una pequeña sala a la que soy convidado, presidiendo el lugar un tablero lleno de garabatos, anotaciones judiciales, fechas de audiencias –supongo-. Se me ofrece una aromática de frutos rojos ¡deliciosa! Yo la acepto.

La reunión dura menos de media hora y los detalles que en ella logro valen la pena, por supuesto que Jorge es abogado respetuoso de la normas y del proceso y no me entrega información secreta, tampoco confirma la que tengo y recopilada por otros medios, en cambio, si me da tres datos interesantes y que describen la grandeza y la sencillez del Umaña Mendoza en el que me intereso: el primero, la amabilidad, el cariño, el respeto que mantenía por quienes con él trabajaban; el segundo, la razón por la cual nunca se fue del país “por qué dónde iba a conseguir costillitas de cerdo con papa criolla” Y, el tercero, su valentía desbordante escuetamente expuesta en su frase lapidaria de “sigo yo” pronunciada apenas conoció la noticia del asesinato de la líder del Partido Comunista María Arango Fonnegra dos días antes del su propio asesinato.

No son todavía las 10 de la mañana y, ahora, llueve intensamente, entonces me dirijo al Café Candelaria, 7 cuadras al sur y donde me encontraré con Jesús uno de los sindicalistas defendidos por Umaña Mendoza. Pido un café, poco después la mesera vuelve con ese y una galleta que jamás pedí y sin preguntar la deja en mi mesa y se marcha.

A los escasos cinco minutos llega Jesús, quien desde el comienzo me parece una persona sumamente agradable, bastante más alto que yo, pero tan flaco que de mi salen dos como él. Su rostro está curtido y es fácil identificar en su aspecto lo duro que le ha resultado vivir. Sus brazos son sólidos y fuertes y cuando da la mano se siente. De los colmillos para allá, en los maxilares superiores, le falta la dentadura. No obstante, su sonrisa es amplia y expresiva. Sus cabellos están pintados de blanco, pero es un blanco intenso, algo que solo pueden conseguir los químicos de los sufrimientos y el tiempo. “Gente de base” como los calificó el mismo Umaña Mendoza en 1993 en República Dominicana y cuando fue a informar sobre los cuatro periodistas detenidos arbitrariamente por el gobierno colombiano y a los que defendió y sacó libres.

Jesús se sienta en una silla desgastada que previamente usó como escalón para amarrarse el zapato, curiosamente –ahora que lo pienso- jamás se quitó ni la chaqueta que lucía sumamente mojada, ni la capa de bolsa plástica amarilla que lo empacaba y que lucía una pintura de Gustavo Petro con la frase “Podemos, por la vida PODEMOS”. Lo que si se sacó fue la gorra desgastada que vestía y en la que se podía leer:

Ge_eratio_ _ew York. “Yo le quité las enes, porque no me gustan los enes de los NO como respuesta -me dice y se carcajea-, mientras con su mano derecha la ubica en la mesa”.

-¿Con que usted fue defendido por Eduardo Umaña Mendoza?

Le digo a quemarropa.

-Uhm –exclama, y como si el aire de repente no le fuera suficiente suspira un par de veces, luego admite-, ¿qué si lo conocí? ¡Claro que sí! Yo trabajé para Ecopetrol -sigue otro silencio que se antoja necesario para reunir fuerzas-. Sí, yo trabajé para Ecopetrol entre los años 1987 y 1994. Y si estuve varias veces en reuniones que él presidió. Desde el principio me pareció todo un doctor, fumaba mucho, eso es cierto y a mí el cigarrillo no me gusta, pero el hombre era un abogado verdadero.

Jesús no hace más silencios y de un solo ‘bolión’ me cuenta la historia:

—La cosa fue que el gobierno de Gaviria –se refiere al presidente Cesar Gaviria- decidió acabar con el Estado, venderlo todo. Bueno, en realidad, regalar las empresas productivas en beneficio de los privados –sus cómplices-, alguno dicen que por conveniencia propia porque él era y es un negociante, otros, en cambio, afirman que por cumplir con las doctrinas del consenso de Washington, de Friedman, de Hayek. Lo que sea, lo cierto es que su ministro de hacienda, Rudolf Hommes, fue implacable y en menos de cuatro años acabó con la poca clase media que había en Colombia y con un gran porcentaje de las compañías del Estado. Le faltaron, sin embargo, la ETB, Telecom y Ecopetrol, y eso porque la lucha de los trabajadores sindicalizados lo impidió.

Entonces el gobierno siguiente, el de Ernesto Samper, continuó con el mandato de Washington e incrementó la persecución contra los sindicatos y en diciembre de 1996 nos encarceló a 11 compañeros entre los que se encontraba Cesar Carrillo, el presidente del sindicato. Bien, en toda esa lucha el compañero Umaña Mendoza nos defendió a capa y espada y consiguió demostrar que nosotros no teníamos nada que ver con los atentados que el ELN hacía contra los oleoductos. Un montaje muy similar al que ya le habían hecho a los sindicalistas de la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (Telecom) quienes participaron en la huelga que dejó sin servicio telefónico al país durante siete días en abril de 1992, y cuyo encarcelamiento fue motivo incluso de una carta del Papa Juan Pablo II.

De tal manera que Umaña Mendoza se convirtió en una piedra en el zapato para el gobierno y los privatizadores, una piedra que había que sacarse como fuera. Y fue así como comenzaron las amenazas, algunas de ellas denunciadas y acatadas por Amnistía Internacional, dos de esos la UA 126/93 y la UA 324/91. Hasta que al final lo mataron.

Tres años después del asesinato regalaron [vendieron] por 853 millones a la empresa de telecomunicaciones a los españoles y, después, subastaron sin necesidad un pedazo de Ecopetrol […]

En plena conversación Jesús frena bruscamente, me mira fijamente y -tal vez inconscientemente- toma con sus largos huesos que le sirven de dedos mi mano derecha y me dice:

-Y pensar que con lo único que le pagué al doctor Umaña Mendoza fue con una ínfima cubeta de huevos que había traído mi sobrino de Duitama porque Ecopetrol me retuvo los salarios por más de dos años y cuando me pagó ya lo debía todo.

La conversación de Jesús es fluida y sumamente agradable, no cabe duda que sabe de lo que habla y que vivió con fervor todo lo que sucedió.

Yo, quiero permanecer allí por más tiempo, pero ya es tarde y en otro lugar de la ciudad me espera el profesor Roberto, un familiar de una de las víctimas de la toma del Palacio de Justicia y quién me va a contar sobre ese caso y la participación del Doctor Umaña Mendoza en la defensa de algunas de las víctimas.

Para cuando llego al lugar del encuentro, la carrera 7 con calle 20, la antigua Plazoleta de las Nieves, ahora bautizada también Eduardo Umaña Mendoza por el acuerdo 24 del 9 de diciembre de 1998 del Concejo de Bogotá, ya es medio día.

Justo en ese momento suena el teléfono, es Roberto, el hombre a quien espero:

—Se me presentó un imprevisto, pero le llego en una hora. ¿Hay algún problema?

—Por supuesto que no, pero hagamos una cosa, veámonos mejor en el Éxito que queda al lado del nuevo Palacio de Justicia.

Le contesto y apenas se confirma mi propuesta cuelgo el teléfono y aprovecho para sacar mis audífonos, enchufarlos y comenzar a oír unos documentales en youtube que me interesan. El primero es una entrevista al Doctor Umaña Luna, padre de José Eduardo, en la que claramente puedo comprobar la tesis de Obama, expuesta en su libro ‘A Origem dos Meus Sonhos’ y que reza que las personas no somos una sola vida sino y más bien las suma de muchas vidas, de muchos sueños. Y que aquello que alcanzaremos a ser o hacer en la vida comienza con lo que hicieron y fueron otros, principalmente, pero no únicamente, los padres.

Entonces veo y oigo al maestro Umaña Luna el día del sepelio de su hijo y cada una de sus palabras entra como plomo derretido en vasija de sebo: “la muerte de José Eduardo Umaña Mendoza es culpa mía, exclusivamente mía, porque desde muy niño oyó palabras de combate contra la injusticia social, contra el policlasismo, contra la perdida de la soberanía nacional…”

El segundo es el documental Hagamos Memoria: Homenaje Eduardo Umaña y ahí puedo conocer en palabras de su esposa Patricia Hernández al Umaña Mendoza “tierno y detallista” y en palabras de su hijo Camilo al “padre amoroso y concentrado en su trabajo”. De su otra hija Diana Marcela Umaña y de su primera esposa Ana María Duffó, unidos en matrimonio por el padre Camilo Torres, si bien busco, nada encuentro.

Cuando ya va siendo hora me dirijo al nuevo sitio de encuentro, un edificio donde en 1985 funcionaba el almacén Tía y ahora funciona un almacén Éxito. Sin duda uno de los mejores lugares para haber escuchado los lamentos de los rehenes, tanto los del Palacio ardiendo como los de la Casa del Florero –contigua a donde estoy- siendo torturados por los militares. Entre los primeros, el Doctor Darío Echandía, Presidente de La Corte, clamándole el cese al fuego por la radio a un Presidente “indiferente y cobarde” –como lo diría categóricamente después el doctor Medellín hijo de uno de los magistrados asesinados- que se escondió y no le contestó al teléfono. Un Presidente que prefirió declamar poemas a aceptar la responsabilidad por lo que no había hecho.

Para cuando llego, ya Roberto me espera; es un hombre grande, fuerte y al saludar “abraza y estremece” –como dicen que lo hacía el mismísimo Umaña Mendoza-. Pero su fuerza real no se siente sino hasta que comienza a hablar, su voz es gruesa, sus ideas son claras y sus citas están rigurosamente documentadas.

De lo primero que me habla es de los civiles desaparecidos, varios de ellos empleados de la Cafetería del Palacio y a los que retuvieron, torturaron salvajemente y después desaparecieron. Me cuenta las torturas una por una y con un detalle que aterra, personas desnudadas y golpeadas hasta el desmayo, alfileres dentro de la uñas, colgadas por sus pulgares, ‘preparadas’ con choques eléctricos, mutiladas en carne viva, brazos cercenados por completo. Personas que por lo demás nada podían confesar porque nada sabían.

Y me cuenta como Umaña Mendoza durante horas y horas se dedicaba a escuchar a los familiares, a atar cabos, a coleccionar detalles, así fuera el más mínimo de ellos. Y, luego, con suma paciencia e inteligencia a interpretar los datos, a buscar más pruebas, a sugerir caminos. Pero al mismo tiempo me hace caer en cuenta de la solidaridad de Umaña Mendoza manifiesta en sus abrazos, en sus pacientes escuchas, en sus palabras de apoyo y de ánimo las víctimas. Entonces me relata en detalle el caso de Irma Franco y el dolor de su hermano Jorge Franco el reconocido político. Y me detalla como Irma salió viva del Palacio, como fue conducida a la Casa del Florero, torturada allí y luego montada en un Jeep y desaparecida.

Para cuando miro el reloj ya se ha ido una hora larga. Entonces Roberto pregunta si estoy con afán.

Le respondo que solo un poco, entonces él se ofrece a acompañarme hasta la carrera 10. Por alguna razón que todavía no entiendo, en lugar de bajar por la calle 11 derecho hasta la carrera 10 y emprender hacia el sur, como era lo obvio, tomamos la carrera 7 hacia el sur. Entonces a la altura de la calle 6, doblamos a la derecha, pero al llegar a la carrera 8, en la esquina noroccidental del Palacio de Nariño mí ahora compañero de andanzas me retiene por el brazo y exclama:

-¡Espera, espera!, nos tomará un minuto.

Y sin explicar o admitir interpelación, a paso de camello, que apenas consigo seguir, pasa la calle hacia el sur, atraviesa el batallón de infantería 37, avanza dos cuadras más, una de esas repleta de indigentes y en la calle 6a tuerce a la derecha para buscar el numero #8-42, que nunca encuentra, después se para frente a la puerta de la mitad de una casa de tres entradas en forma de arco y una vez allí: declara:

-Es aquí, aunque se hallan robado la placa, es allá adentro donde todo se planeó.

Se refiere Roberto a la casa donde los guerrilleros del M-19, entre ellos, Irma Franco –de cuyo proceso de captura, tortura y asesinato fue también defensor Umaña Mendoza-, se alojaron y ultimaron los detalles del viaje –así le decían a sus familiares para despedirse los miembros de la guerrilla que iban a participar en la operación de toma del Palacio; “que se iban a largo viaje”-

Pasaditas las tres de la tarde, con algo de nostalgia, me despido de Roberto y tomo definitivamente hacia el sur.

Apenas 14 minutos me toma el llegar al Barrio Policarpa, ubicado entre calles 3 y 4 sur y carreras 10 y 13. Bautizado así en honor a la heroína Colombiana Policarpa Salavarrieta. Y en donde desde siempre han vivido algunos de los miembros de las guerrillas desmovilizadas, entre ellos, los de la UP y a quienes Umaña Mendoza también defendió.

Andrés Novoa, mi entrevistado, al principio se muestra parco y me confiesa “que la mayoría de periodistas que vienen a averiguar cosas por aquí, o son infiltrados de las Fuerzas de Seguridad del Estado o son periodistas que trabajan para Caracol, RCN, BluRadio, El Tiempo, entre otros medios de la oligarquía, y que solo buscan desprestigiar a los desmovilizados”. Entonces le advierto que soy independiente y que simplemente escribo sobre este caso por respeto y agradecimiento al señor Umaña Mendoza. Andrés parece entenderme, se relaja y me dice:

-Mi papá que no fue guerrillero pero si miembro de la Unión patriótica (UP) y el Partido Comunista Colombiano fue muy amigo del Doctor Umaña, incluso desde antes que comenzara el exterminio de la UP, lo conoció a raíz de la participación de Umaña Mendoza en el caso de ‘Toño’ –se refiere Novoa al asesinato y tortura de Jorge Marcos Zambrano ´Toño´ ocurrida en el Valle del Cauca y luego que fuera detenido por miembros del Ejercito el 22 de febrero de 1980. Su cuerpo brutalmente torturado por miembros de la Tercera Brigada apareció al día siguiente en las afueras de Cali-. Después y cuando comenzó la masacre de los 5 mil integrantes de la UP y Umaña Mendoza los empezó a defender se hicieron entrañables amigos. Por ejemplo, me acuerdo que un día mi padre fue a su apartamento y me llevó con él, Iban a dialogar sobre la masacre de Fusagasugá en la que decenas de militares fuertemente armados mataron indefensos y mientras dormían a siete personas, entre ellas, a Antonio Palacio Urrea, un hombre mayor que pertenecía a la UP. ¡Ah qué tiempos tan duros fueron aquellos! Tantos procesos, tantas luchas, tantos fracasos. Pero, en todo caso, Umaña Mendoza siempre estuvo ahí, siempre atento, siempre siendo la esperanza de todos. Recuerdo que mi padre solía decir que con Umaña pasaba lo mismo que pasa con los buenos remedios “que basta con que el médico los prescriba para que uno se alivie”.

Novoa me cuenta otras historias, me habla de las luchas de Umaña Mendoza contra políticos delincuentes como María Izquierdo, Santiago Medina y Fernando Botero. Y me habla de casos sin resolver como el del Bernardo Jaramillo Osa o el de Pardo Leal.

Ya son las seis de la tarde y el Sol ‘politiquero’ de Bogotá –Politiquero porque es ‘ratero’, es decir, sale por ratos- ya se está yendo y con él las esperanzas de cumplir mi siguiente cita que está planeada para media hora más tarde. Otra vez el teléfono los soluciona todo y me otorga una hora más de gabela. De inmediato tomo un taxi que vuela y me lleva hasta la carrera 8 con calle 74.

Para cuando entro al lugar, mi cita ya está sentada, pero al verme se pone de pie y me saluda. Lo primero que me sorprende es su enorme estatura. Además, Anita es delgada, elegante y muy esbelta, claramente para nada le han ´caído´encima los 25 años que lleva –según ella- trabajando en la Fiscalía.

La conversa comienza tranquila, pero cuando yo le menciono a Umaña Mendoza baja la cabeza y acepta “trabajo para una entidad de mierda”. Pero antes de decir alguna palabra adicional me invita a tomar el café. Yo lo solicito y mientras lo espero ella comienza:

-Por lo que he podido ver y entender este proceso es una catedra de delitos judiciales. Desde el principio se hicieron las cosas mal y muy seguramente a propósito, por ejemplo la recolección de evidencias fue completamente anti técnica, se contaminaron las huellas presentes en las cintas con que amarraron a la secretaria, no se investigó suficientemente al ‘Yanki’ –persona de la que el mismísimo Umaña Mendoza le había hablado a Pablo Elías González, director de CTI-, tampoco se investigó algo con respecto a la extraña visita del mayor de la Brigada XX a la oficina de Umaña Mendoza semanas antes del crimen. No se concluyó nada respecto a las dos llamadas de alerta que recibió tres meses antes del magnicidio el doctor Umaña y que dejó denunciadas y firmadas ante el propio director del CTI.

Pero lo más sorprendente de todo, y que infelizmente es más común de lo que se cree, fue la forma en qué desviaron la investigación, porque a quién se le ocurre darle credibilidad judicial a un testimonio espontaneo de un preso en la cárcel de Guaduas llamado Joaquín Gómez con indicios evidentes de daño mental.

Después, se observa claramente una obstrucción deliberada, por ejemplo, en la práctica de pruebas por parte de la defensa. Antes me parece mucho que se haya logrado en septiembre de 2016 la declaración del caso como delito de lesa humanidad.

Casi a las nueve de la noche la reunión termina. A la pregunta de si de ser necesaria alguna información adicional la puedo contactar, Anita responde “que no, que prefiere no participar más de esto, que no se me olvide que por casos como estos en Colombia a la gente todos los días la matan”

Yo, desarmado por la respuesta, simplemente me acerco, me empinó y le doy un beso en la mejilla. La que por cierto me pareció de hielo, como si perteneciera a alguien que ya está muerto. Todavía me falta una cita más y aunque estoy exhausto las fuerzas me dan para seguir desenrollando la madeja.

‘Tato’, como me pide mi siguiente entrevistado que le llame, es un ex convicto paisa que estuvo preso con un par de integrantes de la banda La Terraza en una Cárcel de Antioquia y que hace algún tiempo –según él- se encuentra rehabilitado.

Yo no le creo demasiado, por lo que cuenta y cómo lo cuenta, lo que me hacen percibir a un delincuente en pleno ejercicio. Ha aceptado hablar conmigo solo porque alguien -a quién conocí en la cárcel El Pesebre en Doradal Antioquia donde hice obra social con el Sacerdote y Capellán de la cárcel en diciembre del año 2014- le ha dicho que yo conozco del tema del BitCoin y él está interesado en saber de eso.

La entrevista es corta, yo le entrego una información técnica sobre el tema: qué es básicamente como el Bitcoin opera, y que tan volátil es invertir en esa criptomonedas, información que colecté del internet y él me cuenta cosas que para ser sinceros hasta ese momento yo no sabía “que la Terraza operaba nacionalmente y que algunos de sus ‘trabajos’ incluían matar defensores de derechos humanos. Además, me confirma que para el momento del magnicidio de Umaña Mendoza eran una estructura al mando de Diego Fernando Murillo alias ‘Don Berna’, el paramilitar al que se sindica de haber cogobernado junto con el exalcalde Sergio Fajardo.

Que la banda La Terraza, a pesar de que casi la acaba Castaño, todavía existe y que algunos de sus integrantes delinquen desde las cárceles. Y, en efecto, me ratifica que las personas que mataron a Ovalle, Arango Fonnegra y a Umaña fueron de esa banda. A mi pregunta de si el arma fue la misma, sonríe y afirma: “eso dicen pero vaya usted a creerles a esas gonorreas”

Abruptamente la reunión se termina cuando el celador del lugar donde estamos nos avisa que es hora de cerrar. Al salir a la calle me percato que la bruma que hace es de cementerio, la noche esta fría de más y yo tengo miedo. Entonces tomo por la calle 75 hacia la Caracas y a la altura de la 15 sigo al sur hasta encontrar la estación de Transmilenio, la de la calle 72. Allí abordo el articulado que me llevará a casa.

Justo una hora y quince minutos después ya estoy sentado frente a este vetusto mueble en donde a veces escribo poemas. “¿Por dónde comienzo?”, pienso y de inmediato me parece escuchar la voz de Umaña Mendoza diciendo: “En Colombia es mentira que haya impunidad general, hay impunidad para los de arriba y represión para los de abajo”. Entonces y lentamente en la pantalla del computador comienza a salpicarse una a una las letras.

A eso de la dos de la mañana el café es ex-tinto por lo que me voy hasta la cocina en el primer piso, mientras bajo las escaleras y por alguna razón que no adivino nuevamente mis labios se disparan y comienzan a quejarse:

-Hasta cuando los colombianos que somos buenos pero que no detentamos el poder permitiremos que nos sigan matando a los nuestros, a los que nos defienden, a nuestros voceros: a la Waqtaqpay Yalcona –mal llamada Cacica Gaitana-, al comunero Antonio Galán, al general Sucre, al general Uribe, a Jorge Eliécer Gaitán –el que más duele-, a Pardo Leal, a Antequera, a Galán, a Jaramillo Ossa, ¡a Jaime Garzón!

Minutos después el café ya deambula por mis venas y arterias, me renueva y en un par de horas más se completa la tarea que imprimo y leo.

De inmediato caigo en la cuenta que cuatro hechos trascendentales en la vida del mártir se me quedaron por fuera del escrito; la defensa que iba a comenzar Umaña Mendoza del caso de Gaitán y del que iba a solicitar reapertura. La defensa que comenzó por el asesinato y tortura por parte de militares, entre esos, el teniente coronel Luis Fernando Duque Izquierdo y el capitán Pedro Antonio Fernández Ocampo ocurrida el 28 de noviembre de 1990 en un tramo de la vía Valledupar-Bogotá en contra de Napoleón Torres, Hugues Chaparro y Ángel María Torres, representantes de la comunidad Arhuaca a la Asamblea Nacional Constituyente. Y la reseña del día de su asesinato.

El primer olvido lo reparo y escribo de inmediato, la segunda me toma un rato y mientras encuentro la carta que los Arhuacos le enviaron a la familia de Umaña Mendoza después de su asesinato y de la que a continuación copio el mismo extracto que cita Camilo Umaña en su libro ‘Altisonancias del Silencio’: “el dr Eduardo Umaña vino a cumplir su misión mandada por algún espíritu, vino, creció, cosechó y nos dejó a muchos su semilla, ahora nos corresponde a todos sembrarla y cuidarla, y alimentarnos, para que no desaparezca nunca (…) creemos que su espíritu descansará con nosotros en los picos nevados de la Sierra Nevada”.

Remediar el tercer olvido si me cuesta demasiado porque a esta altura ya me resisto a pensar que Eduardo Umaña Mendoza, el defensor de todos, esté muerto. Pero los hechos son los hechos y hay que contarlos:

Es el sábado 18 de abril de 1998, alrededor de medio día dos hombres y una mujer se anuncian en la portería de la carrera 39 #54ª24, se identifican como periodistas que van para el apto 101. Entran con cámara en mano, que se ve y fierro encaletado. Pocos minutos después salen tranquilos. Aparentemente todo ocurrió de acuerdo a lo planeado. Y así desgraciadamente es, porque detrás yace sentado frente al escritorio donde escribió tantas defensas el bueno de Umaña Mendoza, el gigante de los derechos humanos. Fue un “si vienen por mí, mátenme, porque yo de aquí no me voy para ningún lado” que se incrustó en el ambiente como la respuesta propia del más valiente entre los valientes, de alguien que no se rinde. Luego de eso, tres disparos sordos, tres argumentos de muerte. La esposa y el hijo minutos más tarde lo lloran, después su hermano German y luego los más de 39 millones de colombianos.

“Mucha atención han asesinado al defensor de derechos humanos Eduardo Mendoza”, avisan en la radio los noticieros. Pero eso no es del todo cierto, porque a un hombre como ese no lo matan con balas. Lo que ha ocurrido, aunque resulte difícil de entender, es que un hombre individual ha mutado en Colectivo perpetuo, “alguien que ahora y para siempre le pertenecerá al pueblo” tal y como me lo dirá Camilo Umaña tres días después en una llamada telefónica que le hago.

“Cada vez que matan a alguien bueno mis lágrimas brotan, pero no lo hacen únicamente por el muerto sino por la rabia que me causa el silencio de los buenos”, repito mientras guardo en alguna carpeta de mi computador el texto.

Son las 4 y 50 minutos, diez minutos para la cinco de la mañana, han trascurrido ya 24 horas averiguando sobre la vida del Doctor José Eduardo Umaña Mendoza y ya todo está consumado y la jornada me ha dejado exhausto, con cansancio en el cuerpo, pero, por sobre todo, con un dolor infinito en lo más íntimo del alma. Entonces y ya cuando estoy recostado en mi cama y con la luz apagada me quiebro y una lágrima gigante se me escapa y a la pregunta del “qué te sucede” de mi esposa respondo con un silencio ahogado. Después agrego:

-Nada, no me pasa nada, solo que me duele ver como en Colombia a los buenos nos los matan dos veces, la primera vez a tiros y la segunda cuando nos imponen sobre ellos el silencio.

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