UNA VERDADERA RENTA BÁSICA (PARTE I)

Por David Racero

¿Su familia podría vivir un mes con 240 mil pesos? ¿Y qué me dice con 160mil?

¿Puede un colombiano vivir un mes con 54mil pesos?

Para Iván Duque y la Alcaldesa Claudia López sí parece ser suficiente. Pues en eso consiste el dichoso apoyo que llega a los hogares beneficiarios del auxilio, que en promedio cuentan con 3 miembros, a través de los gobiernos nacional y distrital: 160 y 240 mil pesos respectivamente.

Pero esos montos no son más que un chiste muy cruel de cara a los gastos reales de las familias colombianas. Sólo para ilustrar el punto, el Banco Mundial traza la línea de pobreza extrema en 117 mil pesos POR PERSONA, no por familia, al mes. En nuestro país, para ser precisos, abundan los análisis que demuestran, año a año, la precariedad del Salario Mínimo Legal ($877.803) y su insuficiencia para dar un nivel de vida aceptable a las familias, como para que ahora pretendan mostrar que con menos de una cuarta parte del mismo es posible siquiera garantizar la alimentación de una familia.

Sin embargo, la motivación de estas líneas va más allá. Realmente, la indignación no surge por el auxilio per se, o por el irrisorio monto, lo que en últimas me parece un despropósito es que han intentado apoderarse tramposamente del concepto de Renta Básica para disfrazar un auxilio casi limosnero. Creo profundamente que tenemos que defender el concepto de Renta Básica Digna, porque quieren equipararlo con ese auxilio precario, que no es más que una segunda etapa de familias en acción, una política que ha demostrado a través de los años que no toca las raíces estructurales de la pobreza. Y eso sin adentrarnos en los miserables usos político-electorales que han ido de la mano de este programa a lo largo de su historia.

La Renta Básica, como idea, tiene sus orígenes en el Siglo XVI europeo. De la mano con el crecimiento de los esquemas de protección y seguridad social, la Renta Básica ha sido uno de los elementos más controversiales entre filósofos, políticos, economistas y sociólogos durante siglos. Sin embargo, la idea que está a la base de todas las controversias parece ser la misma: no es posible, ni ética ni económicamente, desarrollar el capitalismo sobre una base poblacional sin un poder adquisitivo digno. Precisamente, las crisis que llevaron al fin del feudalismo y del esclavismo, surgieron de analizar que una población sin recursos conlleva al estancamiento de toda la organización social.

No estamos hablando, pues, de un socialismo trasnochado, ni de un asistencialismo indiscriminado, estamos hablando de un desarrollo ético del capitalismo, que permita una distribución justa de recursos que son de naturaleza social. Los obscenos rendimientos del sistema financieros son, básicamente, rentas del aparato social que no son distribuidas; los ingresos por explotación de recursos naturales son, en últimas, un factor que debería ser equitativamente distribuidos en la población; los escandalosos recursos desviados por corrupción anualmente son otro indicador de que efectivamente nuestro país posee y genera los recursos necesarios para plantear una política distributiva que permita, ahora sí, una Renta Básica Digna para los colombianos. En la próxima columna intentaré esbozar los estudios económicos que están a la base de nuestra propuesta legislativa de Renta Básica.

¿Por qué hablar de Renta Básica ahora? Es innegable que el acaecimiento de la pandemia ha sido el detonante del debate nacional sobre el tema. Sin embargo, podemos decir con la frente en alto que somos quizá los únicos que desde su plataforma política propusimos, hace más de dos años, la Renta Básica como un eje de acción política en Colombia. En su momento, cuando hacíamos un balance prospectivo del país que vendría tras la firma del Acuerdo de Paz, consideramos que la siguiente lucha tendría que ser contra la desigualdad reinante y contra la inequitativa y delincuencial manera en que el establecimiento ha manejado los recursos de un país profundamente rico como el nuestro.

Lo peor es que normalizamos tanto la miseria y la pobreza, que algunos salen a decir – para aliviar su alma o para lavar la cara del gobierno- que es preferible dar algo a no dar nada. Que cualquier ayuda es un avance. Como si la dignidad humana fuera una cuestión de grados. Otros, más cínicos, pero más directos, dicen que eso es convertir al Estado en una fábrica de pobres y atenidos, que desestimula el esfuerzo individual.

Como decía Jaime Garzón, volvimos tan folclórica la pobreza, que hablar de una distribución justa de los recursos socialmente acumulados es tachado de asistencialismo o populismo. Y es que es muy fácil hablar de la pobreza cuando se tienen los tres platos calientes en la mesa.

Desempolvaron esa idea facilista y mentirosa de que el pobre es pobre porque quiere, y de que el éxito es sólo una cuestión de actitud. Aprendieron a hacer política con libros de autoayuda. Y para meter ese discurso, parten de la mentira de suponer que todos tenemos igualdad de oportunidades, y con eso se ahorran de taquito el debate profundo sobre la desigualdad.

En esa ficción de país en que vive la élite gobernante, las desigualdades derivadas del acceso a la educación o al crédito, no tienen sentido o explicación. Para ellos nunca ha sido un problema que la tasa de culminación de estudiantes de educación superior de no llegue al 20%, o que los esquemas de crédito popular se basen en el mafioso gota a gota. Según la OCDE, una familia pobre en Colombia tarda 11 generaciones en salir de la pobreza, y ese cálculo no lo hacen midiendo los niveles de “actitud positiva” de los pobres, sino factores económicos que evidencian la falta real de oportunidades de la población.

Cuando en campaña electoral, antes de que el COVID fuera nuestra realidad, puse sobre la mesa la idea de Renta Básica, muchos la tildaron de “ridícula”. Después, cuando la ciudadanía nos puso en el congreso, pasaron a decir que la propuesta era “peligrosa” y hoy, cuando la crisis muestra la profunda desigualdad y la miseria que esconde nuestro sistema económico, la idea se convirtió mágicamente en “audaz” y “progresista” al punto en que ya la discusión no es acerca de su conveniencia o necesidad, sino acerca del monto a distribuir, lo que considero un avance enorme para la discusión pública.

Y digo esto por dos cosas, primero, para resaltar que cuando hay una agenda social coherente y humana, poco importa que ahora muchos quieran montarse a este bus: bienvenidos todos. Y segundo, nos muestra la importancia de lograr posiciones de poder mayoritario que permitan que estas propuestas no sean desechadas por prejuicio o mezquindad, sino que sean debatidas y adoptadas con responsabilidad política, económica y social. Y lo resalto porque si queremos plantear el progresismo como alternativa real de poder, estos dos aspectos serán la clave para las elecciones del 2022.

Es el momento de hacer un esfuerzo adicional como país.  No hacerlo sería un verdadero crimen humano. Por eso, en el Congreso proponemos una renta básica digna. No de 160 o 240 mil pesos sino de mínimo 877 mil que cubra alrededor de 35 millones de colombianos. Tenemos que darlo todo para poder enfrentar esa que en palabras del Papa Francisco es “la peor de las pandemias”, la pobreza.

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