El olvido y el temor a los profes en Colombia.

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Por: Wilfredo Flórez Durango / @Wilflorez

Saber de la importancia que tienen los profesores en la construcción, desarrollo y crecimiento de una sociedad es casi que un axioma, y digo casi porque parece que un estrecho sector no lo entendiera de esa forma, no hay felicidad completa. Algunos podrán debatir sobre su efectividad, sobre su formación o cualquiera sea el asunto, pero nunca se podrá negar que las mejores sociedades del mundo tienen dentro de sus sistemas de educación una admiración por los profesores.

Siempre se toma como referente a Finlandia en ese camino, allá existe todo un proceso de confianza en quienes asumen estar inmersos en las aulas, no entienden el sistema de educación como una sección de la producción en la que hay que estar vigilando permanentemente a su súbdito. Esta breve reflexión tiene que ver con esos profesores que se olvidan en Colombia, no es que se olviden de ellos por mera espontaneidad del ministerio y los establecimientos educativos, parece que existiese un olvido intencional. Lo anterior tiene que ver con que los profesores que se olvidan son aquellos que llevan a Colombia al salón de clases, ubican a Colombia como el ejemplo preciso de todas las reflexiones y de las críticas, aquellos que ponen el plano central de su concepción epistemológica las tesis de Freire, Giroux y las de nuestros mismos paisanos como Zuleta y otros tantos referentes del pensamiento crítico.

El desconocimiento del pensamiento crítico y de su importancia en la esfera educativa pareciera que es el sueño dogmático en el que viven, sueño que vivió Kant en su momento, pero del cual pudo despertar como él mismo lo reconoce, y despertó para arrojarnos un gran legado intelectual. Sin embargo, en los planteles educativos y en el edificio del ministerio no han despertado y no despertarán, solo hasta que interioricen sobre: ¿qué quiere decir pensamiento crítico para una sociedad? ¿qué es ser ciudadano? ¿por qué no debe asumirse al estudiante como agente pasivo? ¿por qué no se deben discriminar sus capacidades de pensar? razón tienen aquellos que pelean desde las tesis del adulto-centrismo.

Hace algunos días leía muy cuidadosamente una columna de Julián De Zubiría, y decía algo que me dejó intrigado, sobre los buenos profesores, señalaba que “los buenos profesores no son aquellos que siguen ciegamente los lineamientos del MEN” siento que tenía razón, pero yo complementaría con decir que son buenos profesores aquellos que a pesar de enfrentarse a los lineamientos y no seguirlos, deben confrontar a quienes los siguen, entonces estamos ante dos problemas garrafales, las directrices del MEN y los “casi intelectuales” que  siguen y asumen de forma dogmática dichas tesis, pregunta válida para hacernos sería: ¿Quiénes son esos seguidores fieles? Quiero dejar esa pregunta para que ustedes la reflexionen.

Todo ello es un caldo de cultivo para que desde esos sectores se tome como referentes la moralidad y de lo que es ser un “buen profesor” a aquellos que: saben seguir, obedecer, acatar y bajar la cabeza. La consecuencia directa de lo anterior es olvidar a esos que llevan a nuestra Colombia al salón de clases. Dichos profes no se valoran y no se reconocen, no por que no existan diplomas y medallitas, sino porque les avergüenza el poder del pensamiento crítico en los jóvenes, en la forma en la que se puede ver esa otra Colombia, ese país que las escuelas  quieren maquillar, siendo los más fieles reproductores de la cuarta sociedad más desigual del mundo, es tanto el temor, que la misma escuela insinúa callar el debate que se puede suscitar en los estudiantes, desconocen el poder de construcción que tienen los disensos en las sociedades, entonces ese profesor que generó eso se percibe como un agente corrosivo, ¿solución? No le demos importancia, olvidémoslo.

En Colombia se vigila, se controla, los procesos carcelarios son hoy más vigentes que nunca en la escuela, la analogía de Foucault en vigilar y castigar no puede ser más precisa. Señalé al inicio el impacto de la educación en Finlandia, no solo por que se perciban como referentes, sino por la posibilidad que tienen sus profesores en ver a quienes dirigen la escuela y las políticas educativas, como grandes líderes, activos y preocupados por el crecimiento social, entienden que el crecimiento no solo es técnico, sino diverso, crítico, plural y dialéctico.

Por otro lado, y sumado a la miopía con la que se percibe al profesor y todas sus prácticas independientemente del saber que oriente, llega una pandemia que lo confina, lo arrincona. El Covid-19 es ese otro agente que sin ser vigilante logró reducir el mundo a la virtualidad, entregó otro reto al profesor, el de interactuar virtualmente, el contacto social se pierde, y las formas de enseñar se re configuraron en el mismo afán de no dejar de ser críticos, sin embargo, las prácticas de control siguen siendo vehementes y casi que desconectadas del mundo en si mismo, se supone que debe ser la escuela la que genere prácticas distintas en tiempos de crisis, pero no ha sido así, la normalidad se convirtió en la tesis dentro de la anormalidad que tenemos como seres humanos.

Quisiera terminar señalando que todos los factores anteriores, son elementos que han llevado al olvido a los profesores, los han sometido a la discriminación más cruel que puede sufrir una sociedad, la discriminación del saber. Profesores, la realidad del Covid-19 debe criticarse, desde esos factores que lo generan, que lo profundizan, nuestras conductas que alteran el clima, así como las prácticas escolares y sociales, no hacerlo sería fallarnos, pero sobre todo fallarle a aquellos que son nuestra esencia, los estudiantes. Profesores asumir la interpretación ontológica de la escuela y de quienes la rigen es un imperativo. Nuestra virtud intelectual debe estar al servicio y crecimiento de la sociedad y no al sometimiento pasivo de las ideas que se nos dan, aunque eso nos cueste el olvido.

 

 

 

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