Es hora de romper el mito de la “ausencia del Estado”

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Por: Álvaro Moisés Ninco Daza

A la familia de Alejandro Llinás, y en su memoria, con el corazón en la mano.

Después de tocar desesperadamente las puertas de la Policía Metropolitana de Santa Marta, la Alcaldía Distrital y la Gobernación del Magdalena con el fin de detener el avance de grupos paramilitares en la Sierra Nevada, dos personas armadas se acercaron la noche del jueves a la finca de Alejandro Llinás, líder comunitario, ambientalista y militante del Movimiento Colombia Humana, y lo asesinaron de manera vil y cobarde. A Llinás, y a la enorme mayoría de líderes y lideresas sociales no las está matando la tal “ausencia del Estado”, sino la presencia de un Estado secuestrado por poderes mafiosos.

Nuestro compañero acudió a todas estas instituciones con la expectativa de recibir una respuesta coherente con la Constitución del ’91 y la agenda progresista que abanderan las gobernantes de Santa Marta y el Magdalena, que permitiera establecer una acción efectiva en Pueblito Tayrona y sus zonas aledañas donde, él mismo denunció, que los paras son amos y señores de la entrada y la Junta de Acción Comunal, que Parques Nacionales Naturales de Colombia “por omisión han permitido la caza furtiva y con trampero, cosa que ponen en peligro de extinción, mucha de nuestra fauna (sic.)”, se establecieron dos peajes ilegales donde los mafiosos cobran el paso a turistas y residentes de las parcelas aledañas, una práctica que “han implantado en la mayoría de los grandes atractivos turísticos de la troncal del Magdalena”, y se realizó “una reunión convocada por los parapolíticos con presencia de autoridades policiales” para construir redes de vigilancia, todo bajo el control y la dirección de la mafia.

Para nadie en la región es un secreto que estas estructuras criminales buscan privatizar el enorme, majestuoso y poderoso ecosistema de la Sierra Nevada de Santa Marta, y que la han usado como ruta para exportar la cocaína que se huelen los mismos gringos que hoy le piden a Colombia arreciar la “lucha contra las drogas”: un eufemismo tras el que se esconde otra pata mas de la lucha de los súper ricos del norte contra la gente pobre latinoamericana. Además, en alianza con funcionarios de Parques Nacionales Naturales de Colombia, se han impulsado actividades turísticas paralelas a las oficiales en una dinámica extractivista, que expone al peligro a las turistas y cuyos rendimientos económicos terminan en cualquier lado menos en la zona y sus pobladores.

La respuesta de las autoridades ante la actitud colaborativa de Alejandro Llinás fue completamente opuesta a la que buscaba. “Tengo manera de demostrar y/o sustentar lo que digo. Solo pido que no pongan en riesgo mi seguridad”, expresó en su última misiva Alejandro, y lo único que pidió fue precisamente lo que incumplieron. Negligencia por parte de los gobiernos locales y departamentales, llamadas amenazantes y filtración por parte de la Policía Nacional de las denuncias a estructuras mafiosas, y finalmente el asesinato a manos de sus grupos paramilitares son elementos comunes que se conjugan en la mayoría de asesinatos de militantes de la Colombia Humana después de la campaña presidencial del 2018.

No estamos ante un problema de asesinatos aislados por la ausencia de nadie, como nos han querido convencer durante años los sectores tibios de la violentología tradicional pues alguien está apretando el gatillo con colaboración oficial. Lo que existe es una alianza macabra entre roscas enquistadas en las instituciones públicas como la Policía Nacional, mafias que operan el narcotráfico, que financiaron el fraude electoral que hizo Presidente a Iván Duque, y las roscas de la politiquería de siempre. El Estado uribista hace presencia a través de la metralla asesina, del extractivismo, la deforestación, y de la persecución a cualquier forma de oposición a la política de la muerte. Si no nos quitamos ese velo de los ojos, no vamos a poder cambiar este país jamás.

Las luchas de Alejandro Llinás, así como las de Maritza Quiroz y las de Luis Joaquin Trujilllo -también asesinados en el Magdalena- representaban una amenaza para quienes quieren hacer de nuestros ecosistemas su patio trasero y fuente de dinero fácil. Gente de a pie que, con coraje, valentía y determinación, se enfrentaron a poderes fácticos multimillonarios y armados hasta los dientes. Las únicas armas que levantamos para luchar han sido el amor incondicional por nuestra tierra, nuestra gente y la vida. Con eso ha sido suficiente para convertirnos en un peligro para ese viejo poder que gobierna a Colombia, y para hacerlo tambalear al punto en que la única forma que encuentran para enfrentarnos es el asesinato y el fraude. Sólo así pueden ganarnos.

Vale la pena anotar que nuestro compañero Alejandro Llinás ya había trabajado en campañas con Gustavo Petro desde cuando hacía parte del Polo Democrático Alternativo en San Jerónimo (Antioquia), desde donde fue desplazado por las amenazas de grupos paramilitares como respuesta a su actividad política y su trabajo en defensa del agua y el territorio.

“Seguimos con la misma definición de darle al país un nuevo rumbo para que nunca más tengamos que llorar a nuestros compañeros por el simple hecho de reclamar justicia, no vamos a ceder tal cuál como Alejandro nunca se doblegó”, son las palabras de nuestros compañeros y amigos en el Magdalena ante este hecho que lamentamos todas y todos los que le ponemos el corazón a defender la vida.

En un país democrático y que cuide la vida esto no pasaría, y Alejandro Llinás sería resaltado en todo el país como un defensor de la Sierra Nevada de Santa Marta. En su nombre, y en el de todas y todos los líderes sociales asesinados, construiremos ese país: la Colombia Humana.

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