ABAJO EL PETRÓLEO, ARRIBA LA COCA

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Por: Jairo Bautista

La caída de los precios del petróleo, que marcó la semana anterior un hito histórico al ubicarse en precios negativos (de la referencia WTI) quizás no signifique el fin de la era del petróleo (la cual tiene sus días contados) pero si es un paso enorme hacia el abismo de la industria petrolera global.

Desde 2008 el petróleo ha dejado de ser un negocio rentable, sus millonarias ganancias solamente han sido posibles gracias a los gigantescos subsidios recibidos por las políticas de expansión monetaria a las que se ha dedicado con ahínco la Reserva Federal, con la justificación de “rescatar la economía norteamericana”. Con tasas de interés en terreno negativo, y con los millonarios ríos de dólares que los diferentes gobiernos en los EEUU han destinado a industrias insolventes como la del fracking, el petróleo es un negocio irracional no solo por su rentabilidad, sino por su inviabilidad ambiental.

Ahora bien, todos sabemos que petróleo no es lo que se vende en los mercados, lo que se vende son futuros de petróleo, lo que a la larga no es más que una especulación de precios que vive permanentemente del aprovechamiento de las irracionales políticas financieras de los Estados Unidos (y en general de todos los países petroleros) que de manera constante han salido a salvar a los perdedores, a las grandes empresas que entran en crisis: en 2002 Enron y World Com, en 2008 a los poseedores de hipotecas, y hoy nuevamente en plena crisis del COvid 19 a los irresponsables especuladores de Wall Street.

Por ello, mientras la cifras de desempleo en los EEUU se encuentran en máximos históricos, los índices de la bolsa de valores se recuperan de maneras aparentemente milagrosas, la especulación financiera vive de los enormes rescates y salvamentos fiscales, que no llegan a la base de la población nortamericana, sino a los poderosos empresarios que rodean a Trump y en general al establismento. Es previsible no solo que el petróleo no aumente su precio antes de un año, sino que volvamos a ver futuros petroleros en terrenos negativos, la demanda mundial difícilmente se recuperará, en un contexto mundial caracterizado por la cuarentena total o permanente de la mayor parte de los países industrializados.

Para Colombia, este escenario representa una enorme calamidad económica, debido a su excesiva dependencia de las exportaciones de petróleo (que representaron en 2019 el 47,8% del total de exportaciones), y la dependencia de las finanzas nacionales y territoriales de la producción petrolera, pues tanto el presupuesto nacional se financia con las utilidades y transferencias de ECOPETROL, como los presupuestos territoriales de los recaudos de las regalías.

En este contexto, no todas son malas noticias, puesto que tenemos otro producto que usualmente pasa desapercibido en el análisis de los economistas oficiales, y que por esos días está viviendo unos precios de “ensueño”: la cocaína. Desde mediados de febrero de este año (justo cuando comenzaron las cuarentenas en Europa) el precio del gramo ha aumentado en promedio en un 45% en las calles de Madrid, París, Barcelona y Amsterdam.

No sería la primera vez que la cocaína se convierte en el salvavidas de la economía colombiana, ya hace unos años el hoy detenido y condenado exministro de Agricultura Andrés Felipe Arias, escribió un libro desde prisión en los EEUU en el que señaló que durante la crisis de precios del petróleo de los años 2014-2015 (con precios que rondaron los Usd35 por barril) la economía del narcotráfico se convirtió en el estabilizador macroeconómico del país.

Según Arias (quien debe saber de lo que habla) la exportación de cocaína representa entre el 3% y 4% del PIB nacional -casi tanto como el sector financiero- lo que en plata corriente son entre 35 y 43 billones de pesos al año (¡!) casi el total de recursos que se requieren hoy para paliar la crisis sanitaria y social creada por el COVID 19.

El problema es que la economía del narcotráfico está controlada por una pequeña élite de narcos que se mueven entre la luz y las sombras, debido a la ilegalidad del negocio, con la cual hemos convivido y nos hemos adaptado de manera muy eficiente, a tal punto que incluso familias prestantes -como la de Sanclemente- se atreven hoy a montar laboratorios, el narco ya no produce cocaína en las lejanas selvas, sino cerca a las grandes ciudades como Bogotá y Medellín desde donde se garantiza su exportación. La política económica oficial jamás interioriza la realidad del impacto del mercado del narcotráfico, la insistencia en su legalización solamente contribuye a presionar la frontera agrícola y el deterioro ambiental.

En este contexto, ¿no es hora ya de que tomemos la decisión de legalizar las drogas, permitiéndole al país aprovechar la bonanza, usando impuestos a le exportación, para financiar las enormes necesidades del país? Piénsenlo, ya no es un tema moral solamente, ahora se trata de un problema económico.

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